El indigente que construyó su cámara fotográfica y llevó sus fotos a los grandes museos del mundo

Publicado en Arte el lunes 6, marzo, 2017

Miroslav Tichý, fue un vagabundo solitario que recolectaba basuras de todo tipo acumuladas entre la mugre y los bichos que esta acarrea, en su pobre domicilio en la ciudad checa de Kyjov. Pero su ingenio, creatividad y don para la fotografía lo llevaron a exhibir sus imágenes en las principales salas de museos del mundo.

Tras la Segunda Guerra Mundial comenzó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Praga. Sin embargo en 1948, cuando por instrucción de las autoridades cambiaron las modelos que posaban para los estudiantes por obreros vestidos con traje de faena, abandonó definitivamente la Escuela. Se convirtió durante décadas en un vagabundo e indigente.

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La historia de Tichý podría parecerse a la de muchos artistas que terminaron en el submundo, pero su historia no concluye ahí, pues el genio de Tichý comienza a hacer algo sorprendente. Desde su rol de indigente, empieza a recolectar toda clase de desechos, latas de sopa, cajas, vidrios, y con ellos construye una cámara fotográfica. Resulta increíble pero cierto: una pequeña caja metálica es cubierta con brea para impedir el paso de la luz sobre la película; un tubo de cartón o metal, con unos vidrios pulidos por él mismo que hacen de lente, un botón de disparo improvisado con otros elementos hechos con fragmentos de basura. Como bien lo saben los fotógrafos, la cámara en sí misma tienen unas herramientas que el fotógrafo adapta a ciertas necesidades particulares, y de tal condición se percata Tichý; multiplica su ingenio en la creación de otra serie de cámaras, cada una de ellas con características diferentes: tubos más largos para el lente, entre otros componentes.

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Sus fotos cuentan historias de mujeres que caminaban, descansaban en el parque, tomaban el sol en la piscina o subían a un autobús. Sus fotografías, que revelaba descuidadamente en su chabola, tienen un aspecto borroso, a veces sobrexpuestas, con rayaduras, impresas sobre papeles rasgados a mano, enmarcadas en ocasiones con simples cartones coloreados. Son características que lo ligan a lo pictórico. Tienen el encanto y el embrujo de lo imperfecto, de lo manual; también se nota la carga sensual en la mirada de este voyeur, ladrón de momentos fugaces e intrascendentes.

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Hacia el año 2000 un crítico de arte, Harald Szeemann, le descubre y organiza su exposición en la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla en 2004. A partir de ese momento gozó de gran prestigio y sus trabajos recorrieron las salas de Madrid, Palma de Mallorca, París (en el Centro Pompidou) o en el prestigiosoICP de Nueva York. 

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Vivió hasta el año 2011. Recibió un poco de reconocimiento, aunque jamás fue a la inauguración de ninguna exposición de su propia obra, según relata Buxbaum. Pero cuándo se le enseño un catálogo de una exposición sus ojos se alegraron, como si hubiese alcanzado un cierto grado de felicidad. Quizás ésta sea el mejor homenaje que podamos hacerle, recordar ese momento de este ser, de este ser perdido en si mismo, perdido en la sociedad, perdido en su misma época, perdido en su ciudad.

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[Vía Upsocl]