Soundtrack literario para el Ocaso de Europa

Publicado en Arte el jueves 6, octubre, 2016

 

Fue Cioran quien lo dijo: “En Europa la felicidad terminó en Viena”. Viena fue -en su fin-de-siècle- la síntesis perfecta de su imperio, un cosmos plural y complejo que, si bien formaba parte del mundo germánico -Robert Musil no reconocía otra “comunidad nacional” que la comunidad lingüística-, estaba caracterizado por una matizada jovialidad y una relativa indolencia, frente a la rígida concepción del mundo prusiana. No es extraño sino enteramente concorde con este distinto tono vital que la tradición filosófica austriaca se desarrollase como respuesta al idealismo alemán (los conceptos über alles) y oscilase entre el formalismo y el empirismo: “Hay un número incalculable de proposiciones empíricas que, para nosotros, son ciertas. Que aquel a quien se le ha amputado un brazo nunca le volverá a crecer es una de estas proposiciones”, escribió Ludwig Wittgenstein.

Musil

La estructura política que vertebraba este mundo -este difícil equilibrio- fue la monarquía imperial-real (kaiserlich-königlich), la Kakania de Musil: un destartalado imperio que constituyó “un caso particular y particularmente revelador del mundo moderno”. El imperio austrohúngaro fue, en su versión postrera, el resultado de un compromiso -Ausgleich- al que se llegó, en 1867, tras la derrota de Sadowa frente a Alemania, que puso fin a las pretensiones de hegemonía que los Habsburgo tenían sobre el mundo de lengua alemana y reorientó la política de Viena hacia oriente. Este compromiso dividió el imperio en dos zonas -una, germánica, bajo el dominio directo de Viena, y otra, al este, bajo el dominio magiar-, y supuso el inicio de una era liberal instaurada por la Constitución de diciembre de aquel mismo año, que garantizó el derecho de libertad de conciencia, lo que hizo posible, a su vez, una masiva afluencia de judíos, que, en sólo tres generaciones, pasaron de ser poco menos que mendicantes a constituir la casi totalidad de las minorías intelectuales y económicas. El caso de la familia Wittgenstein es paradigmático. Como también lo es la dedicatoria que el historiador François Fejtö puso al frente de su libro Réquiem por un imperio difunto, publicado en 1988: “A la memoria de mi padre, liberal, francmasón y ciudadano leal de la monarquía austrohúngara”.

 

Una larga cita de Joseph Roth -tomada de La cripta de los capuchinos- da la clave de lo que fue el imperio: “En nuestra monarquía en el fondo no hay nada extraño. Sin los idiotas que nos gobiernan, ni siquiera en su aspecto externo habría tampoco nada extraño (…) Sin embargo, debo decir también que, en esta Europa insensata de los Estados nación y los nacionalismos, las cosas más naturales aparecen como extravagantes. Por ejemplo, el hecho de que los eslovacos, los polacos y rutenos de Galitzia, los judíos encaftanados de Borislan, los tratantes de la Bácska, los musulmanes de Sarajevo, los vendedores de castañas asadas de Mostar se pongan a cantar al unísono el Gott erhalte (himno del imperio compuesto por Joseph Haydn) el 18 de agosto, día del aniversario de Francisco José, en eso, para nosotros, no hay nada de singular”.

 

Paradójica Viena. Como paradójico es que, cada 1 de enero, la misma ciudad en la que el formalismo alcanzó su expresión musical más alta y acabada con Mahler, Schönberg y Webern, difunda al mundo las notas de la música hermosa, optimista y placentera de los Strauss, compuesta y estrenada muchas veces en momentos en que ya apuntaba la decadencia y la crisis de la sociedad en la que surgía. El vals por antonomasia -El Danubio azul- fue escrito pocas semanas después de la derrota de Sadowa, y el estreno de la más famosa de las operetas de Johann Strauss -El murciélago- tuvo lugar a los pocos días del derrumbe de la bolsa acaecido el 9 de mayo de 1873, el viernes negro de indeleble memoria para los burgueses vieneses. No en vano escribió Broch que Viena fue entonces una ciudad al borde de “un alegre apocalipsis”. Quizá se pueda pensar, por ello, que la alegre música vienesa que acompaña las primeras horas de cada año tiene algo de música para un ocaso.

 

Cafe-Griensteidl

Pero no hay tal ocaso: de aquella Viena nos queda -en palabras de José María Valverde- un legado permanente: la revisión de la idea que el hombre tiene de sí mismo, o sea, “el darse cuenta de que pensar no es sino hablar, es decir, que toda la vida mental ocurre precisamente en forma de lenguaje, con tendencia a él, y aceptando su humilde limitación -aunque los metafísicos se hagan la ilusión de que están por encima de él-“. De ahí la importancia axial de la palabra de cada persona en su individualidad: una palabra que alcanza su máximo valor cuando es libre; en el bien entendido de que la palabra libre es sólo una, por lo que debe decirse en público lo mismo que se dice en privado; y, si no se tiene coraje para ello, entonces hay que callarse. En consecuencia, ante cualquier situación o problema y en cualquier circunstancia, siempre nos quedará la palabra libre. Esta es la esencia de Europa: palabra libre. Y para la palabra libre no hay ocaso.

 

AUSTRIA-HUNGRÍA: EL PUZLE CULTURAL DE CENTROEUROPA

 

Aunque en realidad no hubo solución de continuidad entre los periodos históricos que separan el Sacro Imperio Germánico del Imperio Austriaco, la entidad política que se consolida en la región del Danubio tras las guerras napoleónicas y el Congreso de Viena presentaba desde sus orígenes unas características muy específicas al renunciar definitivamente a sus pretensiones de hegemonía sobre los territorios germanos occidentales que desde finales del siglo XV se había esforzado por controlar. De hecho, a lo largo del XVIII, gracias a su expansión hacia el este en el tramo medio del Danubio, la política de Austria había ido encaminándose hacia una cada vez mayor autonomía del resto del antiguo Imperio. Este proceso fue potenciado aún más por la consolidación de Prusia como nueva potencia dominante en la cuenca renana. Así,  Austria, durante el larguísimo reinado del emperador Francisco José, llegó a convertirse en la cabeza de una entidad política y cultural compleja, multiforme, y en muchos sentidos experimental, que finalmente, las convulsiones de la I Guerra Mundial demostraron ser inviable.

 

El Impero austriaco, por más que formalmente se presentase como una diarquía y el propio jefe del estado fuese el emperador-rey austro-húngaro, estaba, en realidad, organizado en torno al núcleo de posesiones alemanas de los Habsburgo vieneses que habían encabezado la defensa y reacción frente a los turcos y que habían intentado durante siglos controlar el Sacro Imperio. Se trataba, pues, de una sociedad profundamente germánica y bien integrada a finales del siglo XVIII en la cultura europea de la Ilustración. Con el tiempo, el Imperio Austriaco fue capaz de integrar también otra cultura mucho más autónoma y periférica, la húngara, vinculada a Europa desde el siglo XI, pero que había estado a punto de desaparecer en el XVI tras la ocupación turca. De la colaboración entre la élite germana que controlaba el poder central y la poderosa nobleza húngara, dueña de inmensos territorios en la cuenca central del Danubio y que exigía un trato de respeto e incluso de cierta igualdad en la organización del Imperio, surge la verdadera originalidad política de éste. Esta bicefalia, tan característica como atípica, parecía resuelta de forma favorable en la segunda mitad del siglo mediante importantes concesiones a la autonomía húngara pero, al mismo tiempo, las tensiones nacionalistas, tan propias del Romanticismo, se extendieron a otros espacios culturales autónomos, sobre todo eslavos, tanto en el norte del Imperio –checos, eslovacos…-, como en el sur –croatas, bosnios…

 

A finales del siglo, el Imperio se había convertido en un puzle de razas, lenguas, costumbres y religiones difícil de resolver pero, al mismo tiempo, de una riqueza cultural incomparable en el resto de Europa, donde el éxito de los procesos nacionalistas había desembocado en la uniformización generalizada de cada uno de los estados. Por el contrario las últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del siglo XX resultaron ser una auténtica Edad de Oro para una cultura austriaca caracterizada por la modernidad y la diversidad. Viena se convirtió en un cuenco receptor de todo el Imperio y una especie de laboratorio de nuevas posibilidades creativas, solo comparable con París. Es la época de Klimt y de Kokoschka, de von Hofmannsthal y Zweig, de Mahler y Bruckner, de la Secesión y de Sigmund Freud.

 

1 guerra

Aunque, como puede verse por el listado anterior, casi todos los grandes creadores austro-húngaros son de origen germánico, la riqueza cultural de la Viena de fin de siglo se difundió por todo el Imperio incluso más allá de la I Guerra Mundial, hasta los años 30. Por ello, esas décadas son trascendentales como época de formación de otros grandes artistas europeos procedentes de todos los rincones del Imperio, como Egon Schiele, Arnold Schönberg, Franz Kafka, Rainer María Rilke, Alban Berg, Zoltán Kodály o Béla Bartók, que vieron, al poco de entrar en su madurez, cómo desaparecía para siempre el mundo en el que se habían formado, arrasado por la hecatombe de la Gran Guerra.

 

La derrota de los imperios centrales en 1918 supuso el final del Imperio Austriaco y su desmembración –Austria, Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría, Polonia, Rumanía- dejó a toda esta zona sin un referente cultural de relevancia. Aunque Viena siguió teniendo un gran prestigio regional, su decadencia fue rápida y el Anschluss de 1938 no fue más que el acta de defunción de Austria tras una larga agonía. La vida y la obra de Franz Kafka (1883-1924) o la peripecia vital de Egon Schiele (1890-1918) pueden servir como ejemplos de este viaje hacia ninguna parte al que se vio condenado el Imperio Austriaco por su incapacidad para dar sentido a una estructura política y cultural tan compleja y tan poco acorde con los modelos de prestigio establecidos en esa época en el resto de Europa.