Francia y los árabes: la venganza mil años después

Publicado en Coordenadas el viernes 15, julio, 2016

Antonio Aguilera / @gaaelico

Paradójicamente, uno de los personajes más temerarios de la historia, que en su tiempo utilizó el miedo y el terror para hacerse con el poder de su pueblo, para después gobernar con total puño de hierro y una sed de poder implacable, además que representó para muchos países una figura de terror, por sus acciones despiadadas y sangre fría, fue el francés Napoleón Bonaparte, quien legó a la humanidad –entre muchas otras cosas- una frase que ahora es lapidaria para sus conciudadanos: “Aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla”.

Bonaparte le enseñó a la humanidad que para entender las consecuencias jamás hay que perder de vista las causas que las generaron. Su historia es un capítulo aparte de lo que nos atañe, pero es necesario entender que para responder la pregunta ¿por qué Francia es un blanco privilegiado de los yihadistas islámicos?, es necesario que se miren en el reflejo de la historia y entiendan el peso simbólico de lo que representan para la humanidad, en especial para los países occidentales.

La masacre acaecida el pasado viernes 13 en París (una paradoja que es paralela a ésta historia), no es presentada por los centros de pensamiento occidentales como un capítulo más de una guerra mundial entre el bien y el mal, la democracia y la barbarie.

Hoy por hoy, los países de herencia cristiana, ven en los países árabes y musulmanes, la representación misma del anticristo, el enemigo que sintetiza todos los peligros y riesgos para la existencia y la seguridad de las naciones occidentales. Muchos intelectuales –que en lo recóndito de sus pensamientos, suelen reverenciar al mismísimo Hitler o incluso a Stalin- como el estadunidense Samuel P. Huntintong, acuden a la fórmula que el asesinato a mansalva de ciudadanos de una nación libre, tolerante y de primer mundo como Francia, se circunscribe en un nuevo capítulo del choque civilizatorio entre Occidente y el Islam, entre la Democracia y la Barbarie.

Esta interpretación, aunque esquemática, permite que cada uno se acomode según su gusto ideológico: los hay quienes piden una devolución guerrera en términos de ojo por ojo, como quienes explican magnánimos que los grupos extremistas apenas representan una ínfima porción de la comunidad musulmana.

Pero, es necesario descubrir en quid del problema –que a pesar de encontrarse a miles de kilómetros de nuestra realidad mexicana, no puede por ello menospreciarse- radica en que el problema se deriva de un conflicto donde la sociedad francesa, y por extensión la europea y/o occidental, fue víctima de un ataque externo, de un “otro” barbárico, incomprensible, ajeno.

Desde la perspectiva más crítica, los atentados que éste año ha sufrido Francia, iniciando con la redacción del semanario parisino Charlie Hebdo y los sucedidos el viernes pasado en diferentes puntos de París, pone en evidencia la crisis de identidad al interior de la sociedad francesa, así como el efecto boomerang de la política exterior de Europa contra los países del medio oriente.

El extremismo islámico –que no se diferencia mucho del extremismo capitalista o el extremismo cristiano de la Edad Media- ve en Francia el culmen de todo lo que representa la cultura occidental, que junto con la judía, es interpretada por la rama más radical del Islam, como infieles, como la representación de todo lo contrario a lo que ellos consideran divino. Ergo, para ellos también nuestra civilización es la representación de lo demoniaco.
Francia se ha plegado como ninguna otra nación a los dictados supranacionales de Estados Unidos, y ha desplegado actividades antiterroristas en el norte y en el centro de África, así como en medio oriente.

Asimismo, la cultura francesa, una de las más liberales del mundo, no congenia con las concepciones sociales manifestadas en el Corán, en especial en lo que se refiere a las mujeres y el uso del velo integral islámico en el espacio público, conocido como el burka o el niqab.

En el 2011, durante el desastroso gobierno de Nicolás Sarkozy aprobó una ley que obligaba a las musulmanas el uso del velo, u otras prácticas que son orientadas por sus creencias religiosas.

Otra razón de los ataques es porque el país galo tiene sus fronteras abiertas, no hay controles para entrar o salir de un Estado de la zona Schengen, por lo que los terroristas tienen un fácil acceso y una rápida vía de escape.

Por donde se le quiera ver, la República francesa aún no ha logrado construir un modelo de sociedad multicultural. Nunca los ultranacionalistas de Marine Le Pen han estado tan cerca de entrar al Elíseo, y un gran número de franceses hijos de inmigrantes sienten que su país no les brinda oportunidades.

Lo más grave para ellos, es que la mayor parte de los lobos solitarios del Estado Islámico, que destrozaron la vida de centenares de familias galas, son precisamente ciudadanos franceses, que viven día con día la discriminación de sus creencias y de su cultura, y la frustración de no poder crecer en el país que creó los derechos humanos.

Por ello, así como sucede con el crimen organizado en México, para el Estado Islámico es fácil buscar entre los jóvenes frustrados, a quienes insuflan en las ideas del fanatismo, para abandonar su carrera por la libertad y la democracia, para formarse en las filas del fundamentalismo coránico.
Pero aquí es necesario regresar a la historia:

Raimundo de Aguilers, cronista de la Primera Cruzada, relatando los hechos acontecidos tras la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099: “Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias”.

En 1248, el rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas (la séptima y la octava) mediante las cuales Europa buscaba recuperar los territorios perdidos en Jerusalén, cuestionaba a sus capellanes: “¿Quiénes son los malos y quienes los buenos?. Nosotros traemos la espada y ellos también, nosotros matamos a nombre de dios y ellos también. Nosotros decimos que ésta tierra es santa y ellos también. Al final sólo dios dirá quien tenía la verdad”.

Hoy por hoy, a 800 años de distancia, sigue sin resolverse el trasfondo de la otredad, porque lo que los fundamentalistas árabes nos ven como infieles, nosotros los vemos como a ellos cultura de la “barbarie”. Se supone que la ciencia y la razón son la base de la civilización occidental, pero jamás se pone en práctica una introspección sobre nuestra propia “civilización”.

Francia tiene una larga tradición en realizar una operación político-ideológica por la cual convierte en un conflicto “externo”, lo que en verdad está ardiendo sin solución dentro suyo.

Es necesario entender y hacernos entender que existe un problema social, político, económico y, en último término, religioso al interior de las sociedades europeas, y no fuera de ellas, en algún “oscuro rincón del mundo”. El problema está en Europa y por ende en toda la civilización occidental de la cual México toma parte.

Hoy, una vez más ellos y nosotros velamos las armas y se vuelven a afilar las espadas. Pareciera que en los albores del siglo XXI se está tejiendo el escenario de la Novena Cruzada, en donde la marcha de los cruzados pasará lamentablemente por una alfombra forjada por la sangre de inocentes.