La Marihuana y los seres humanos: una vieja historia de amor y odio

Publicado en Coordenadas el martes 30, agosto, 2016

Corre la década de 1670. Un grupo de marineros ingleses, exploradores de la costa de Bengala, en India, decide tomar un descanso. Embriagarse parece ser la elección natural, según el estereotipo. La mayoría de ellos sintió el alegre efecto de la bebida que compraron a los lugareños. Algún marinero lloró toda la tarde. Otro, aterrorizado, metió la cabeza en una jarra. Cuatro o cinco se sentaron en el piso y se elogiaron incansablemente unos a otros. El último se puso agresivo y peleó a puñetazos contra una columna.

Hasta aquí nada parecería extraño, es sólo un grupo de navegantes en medio de una borrachera. Sin embargo, hay que considerar que la embriaguez puede ser producida por numerosas sustancias diferentes del alcohol. De hecho, la anterior es la primera descripción escrita –de la autoría del jefe de la expedición, Thomas Bowrey– que registra la experiencia con una bebida a base de cannabis.

Se trataba del bhang, una mezcla de semillas secas de cannabis maceradas mezcladas con agua, según lo explica el periodista e historiador Richard Davenport-Hines en su libro La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas. Tan significativo considera este autor ese momento, que asevera: “Aquella fiesta marcó el inicio, para Occidente, del uso de sustancias medicinales con el fin de satisfacer la curiosidad y el deseo del olvido placentero”.

Para Davenport-Hines, así como para numerosos investigadores que han abordado el tema de la relación entre el ser humano y las sustancias psicotrópicas (psique, mente, y tropia, modificación), las drogas han estado presentes desde el inicio de los tiempos, ya sea como elemento en rituales de tipo religioso o simplemente como una posibilidad de ampliar la percepción del mundo.

Mariguana y humanos, viejos amigos

Si bien el opio fue la primera sustancia psicoactiva que el ser humano conoció, la planta de cannabis es también muy antigua y ha sido (continúa siendo) el alucinógeno más empleado en el mundo.

Como es sabido, el cáñamo o cannabis provee también fibras para confeccionar textiles. Es así que su cultivo se remonta a China, donde se han hallado los más antiguos restos de fibras, que datan de alrededor del año 4000 a. C.

Ya desde el siglo I a. C., en la India se conocía a la cannabis por sus efectos alucinógenos, aunque era usada con fines medicinales para curar la disentería y las jaquecas, según consigna el mismo Davenport-Hines. Históricamente también se ha usado para tratar ciertas enfermedades oculares, la fiebre, el insomnio y la tos seca.

De acuerdo con la investigación del ensayista español Antonio Escohotado, alusiones a la planta también se encuentran en un tratado chino de medicina del mismo siglo I a. C. “El cáñamo tomado en exceso hace ver monstruos, pero si se usa largo tiempo puede comunicar con los espíritus y aligerar el cuerpo”, cita en su libroHistoria elemental de las drogas (versión brevísima de su célebre Historia general de las drogas, un volumen de más de mil páginas).

Por su parte, el texto indio Atharva Veda narra que la cannabis brotó “cuando cayeron del cielo gotas de ambrosía divina”. La tradición brahamánica cree que agiliza la mente, otorga larga vida y potencia los deseos sexuales, y algunas ramas del budismo la consideraban útil para la meditación.

No todas (las drogas) son iguales

Prácticamente todas las sustancias psicoactivas han oscilado a lo largo de la historia entre la aceptación y la prohibición. Lo sucedido con la mariguana no ha sido distinto de lo ocurrido al opio, el tabaco, la hoja de coca, el alcohol, los barbitúricos, las metanfetaminas o la dietilamida de ácido lisérgico (LSD). Todas estas drogas han sido utilizadas de modo recreativo, han mostrado cierto efecto medicinal o terapéutico (en el sentido de terapia emocional, si se quiere) y se han prohibido debido al miedo a que la persona que las utiliza pierda el control sobre sí misma, que pierda incluso algo tan humano como la dignidad.

Diversas culturas han ensalzado algunas sustancias y satanizado otras, según los cánones morales o religiosos de una época determinada, para luego cambiar de opinión tiempo (a veces siglos) después. Entre los pocos productos estimulantes que han gozado de una aceptación más o menos estable en la historia están, tal vez, el cacao, el café, la guaraná y la hierba mate, por mencionar los más conocidos.

De acuerdo con lo investigado por Escohotado, los antiguos griegos consumían, además de bebidas alcohólicas como vino y cerveza, el cáñamo y otras plantas narcóticas como la belladona o la mandrágora, quemándolas en forma de inciensos.

Entre los romanos, sigue el pensador ibérico, el ordenamiento conocido como Ley Cornelia asentaba que: “droga es una palabra indiferente, donde cabe tanto lo que sirve para matar como lo que sirve para curar (…) pero esta ley sólo reprueba lo usado para matar a alguien”.

En el apogeo del imperio romano se fumaba mariguana en las reuniones para “incitar a la hilaridad y el disfrute”, sin embargo, cuando el cristianismo llegó a esta cultura cambiaron radicalmente los ideales que habían regido el uso de las sustancias psicoactivas (como la “ebriedad sobria”, es decir, el autocontrol, y la frontera entre moral y derecho).

Hierba omnipresente

Los libros sagrados del islam (el Corán y la Suna) no mencionan nada acerca del cannabis, pero a fines del siglo XIII se comienza a condenar su uso, así como el consumo de alcohol, posiblemente con el trasfondo de atacar a la rama sufista de esa religión, que consideraba esta droga como una vía para acercarse a la divinidad.

Ya para el siglo XVI, consigna la Historia elemental…, la percepción sobre los psicotrópicos se ha modificado, en el contexto de la conquista de territorios de Oriente (donde había surgido el uso de cannabis y opio) por parte del Occidente. Por eso, “el uso de drogas distintas del alcohol (empieza a castigarse) con tortura y pena capital, tanto si es religioso como si es simplemente lúdico”.

Sin embargo, los alucinógenos hasta entonces conocidos, como el cáñamo y sus derivados (la mariguana y el hachís) siguen presentes, como la sombra que acompaña a la existencia de la humanidad. Esto da lugar a que, a finales del siglo XVIII, influida por el espíritu del movimiento de Ilustración, la sociedad deje de hablar de “plantas y brebajes de Satán” y resurja la legitimidad del uso lúdico (y también ceremonial) de las drogas.

La condena a la cannabis ha estado ligada a conflictos religiosos, comerciales o políticos. Al cristianismo se contraponía desde el punto de vista de que su uso recreativo proporcionaba placer, cuando lo deseable era el sufrimiento para agradar a Dios. A las grandes potencias europeas que imponían su ley sobre sus recién adquiridas colonias se confrontaba al representar la subsistencia de las culturas locales a pesar de la ocupación. Así, por ejemplo, el entonces general Napoleón Bonaparte prohibió, en el año de 1800, el consumo de hachís en todo Egipto.

Nada de esto terminó con el uso de la cannabis. A mediados del siglo XIX los propios médicos europeos tuvieron que reconocer que la planta, a la que consideraban propia de medicinas primitivas, tenía propiedades analgésicas, hipnóticas y antiespasmódicas, señala Escohotado.

El uso lúdico tampoco se ha extinguido para ese momento, como deja claro la conformación del famoso Club des Haschischiens (o Club de los Comedores de Hachís), integrado por los escritores Théophile Gautier, Charles Baudelaire, Gérard de Nerval, Eugène Delacroix, Alexandre Dumas, Honoré de Balzac y Víctor Hugo, quienes escriben sobre sus experiencias bajo el influjo de la droga.

Un siglo de prohibición

El fenómeno global de rechazo a la mariguana y otras drogas comienza con el siglo XX y coincide con la ideología puritana que se instala en los círculos de poder de Estados Unidos. Además de oponerse al estado de embriaguez por relacionarlo con la degradación (en 1919 se instaurará la ley que prohíbe la venta y consumo de alcohol), hay una dosis importante de aversión hacia los grupos de nuevos inmigrantes. “Las distintas drogas se ligan ahora a grupos definidos por clase social, confesión religiosa o raza”, afirma Antonio Escohotado, y explica que en el caso de la marihuana, se la condena por estar ligada a la “irrupción” de los mexicanos en la nación.

Esta ideología verá su expansión a la par que crezca el dominio de Estados Unidos sobre otras naciones, potestad que se consolida con la participación de este país en las dos guerras mundiales. De hecho, es unos días antes de la Gran Guerra (1914) que se firma la Convención de La Haya, el primer documento global sobre el control de drogas, el cual propone a todas las naciones “controlar la preparación y distribución de opio, morfina y cocaína”.

Aunque la mariguana no está contemplada en este tratado, culturalmente ya se ha difundido el rechazo a su consumo.

Cabe recordar que en esa misma década se desarrolla en México el movimiento de revolución, donde que la yerba juega un importante papel entre las tropas. Así lo consigna la novela Tropa vieja, del general Francisco Urquizo, quien en su relato reconoce que tanto la mariguana como el alcohol (mezcal, para ser exactos) están prohibidos en los cuarteles, pero igual los soldados los consumen.

En su texto, Urquizo ilustra el sentir de uno de esos reclutas, quien en medio de su ensueño cannábico, clama: “¡Yerbita libertaria, consuelo del agobiado, del triste y del afligido! Has de ser pariente de la muerte cuando tienes el don de hacer olvidar las miserias de la vida, la tiranía del cuerpo y el malestar del alma… Sacudes la pesadez del tiempo, haces volar y soñar en lo que puede ser el bien supremo. Eres el consuelo del infeliz encarcelado, bálsamo del corazón y de las ideas. Humo blanco que se eleva como la ilusión; música del corazón que canta la canción de la vida del hombre inmensamente libre” (citado por Froylán Enciso en su libro Nuestra historia narcótica).

Pero ni el uso cotidiano (lúdico y medicinal) ni la afición que dicen que uno de los presidentes del México revolucionario sentía por la mariguana modifican la presión política que hace que México suscriba todos los tratados internacionales que en materia de drogas se han dictado desde entonces.

 Historia sin fin

El debate del siglo XXI sobre la legalización de la mariguana ha llegado. Muchos de los argumentos giran en torno a la seguridad pública; otros se centran en los efectos sobre la salud. Sin embargo, la discusión no está completa si no se reconoce la tendencia humana a buscar experiencias sensoriales (o psíquicas) que satisfagan su curiosidad. Como afirma Antonio Escohotado en su obra, “la alternativa no es un mundo con o sin (drogas). La alternativa es instruir sobre su correcto empleo o satanizarlo indiscriminadamente: sembrar ilustración o sembrar ignorancia”.

*Publicado en la edición de febrero del suplemento Letra S del periódico La Jornada

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