A 18 años sin Octavio Paz, México adolece de intelectuales

Publicado en Cultura el Miércoles 20, Abril, 2016

“El culto a la vida, si de verdad es profundo y total,
es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar a la vida”.

(Octavio Paz)

Hace 18 años, el 19 de abril de 1998, murió a los 84 años en la Ciudad de México Octavio Paz, poeta, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura en 1990 quien recomendaba a los políticos que leyeran poesía, porque “los hombres son más complejos que las formas económicas e intelectuales, los hombres son hombres de pasiones; la gente se enamora, se muere, tiene miedo, odio y amigos. Todo ese mundo de las pasiones aparece en la literatura y, de modo sintético y puro, en la poesía”.

El año anterior al de su muerte, cuando fue creada la Fundación Octavio Paz en diciembre de 1997, Paz habló sobre México como un país solar, pero también oscuro, aunque prevaleciendo más el optimismo: “Estoy seguro que se preparan nuevos días para México y que esos días serán de luz, con sol y amor”.

¿Qué diría sobre el México de hoy el autor de “El laberinto de la soledad”?

Gracias a la extensa biblioteca que su abuelo poseía, Paz entró en contacto con la literatura de forma temprana. Publicó su primer libro “Luna silvestre”, el único que firmó con sus dos apellidos (Paz Lozano) en 1933 y sus primeros poemas en la revista “Barandal”.

Durante la década de 1920-30, descubrió a los poetas europeos Gerardo diego, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, quienes influyeron en sus primeros escritos. Para 1937 ya era considerado el poeta más joven y prometedor de México.

El maestro Octavio Paz, quien llegó a decir sobre su relación con Televisa: “He usado a Televisa como Televisa me ha usado a mí”, murió dos semanas después de haber cumplido los 84 años, en su casa de Coyoacán, ubicada en una de las calles más hermosas de todo México, Francisco Sosa.

El escritor había sido trasladado ya enfermo a esta casa ubicada en la calle Francisco Sosa # 383, en el barrio de Santa Catarina, por la presidencia de la República en enero de 1997, luego de que un incendio destruyó su departamento y parte de su biblioteca, ahí murió el 19 de abril de 1998.

Posteriormente la Casa Alvarado fue sede de la Fundación Octavio Paz y ahora es la Fonoteca Nacional.

Calle Francisco Sosa en Coyoacán

“Todos Santos, Día de muertos”

(Fragmento)

El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados.

Nuestro calendario está poblado de fiestas. Ciertos días, lo mismo en los lugarejos más apartados que en las grandes ciudades, el país entero reza, grita, come, se emborracha y mata en honor de la Virgen de Guadalupe o del general Zaragoza. Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona con los más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente en donde pasado y futuro al fin se reconcilian.

Pero no bastan las fiestas que ofrecen a todo el país la Iglesia y la república. La vida de cada ciudad y de cada pueblo está regida por un santo, al que se festeja con devoción y regularidad. Los barrios y los gremios tienen también sus fiestas anuales, sus ceremonias y sus ferias. Y, en fin, cada uno de nosotros —ateos, católicos o indiferentes— poseemos nuestro santo, al que cada año honramos. Son incalculables las fiestas que celebramos y los recursos y tiempo que gastamos en festejar. Recuerdo que hace años pregunté a un presidente municipal de un poblado vecino a Mitla: “¿A cuánto ascienden los ingresos del municipio por contribuciones?”. “A unos tres mil pesos anuales. Somos muy pobres. Por eso el señor gobernador y la Federación nos ayudan cada año a completar nuestros gastos.” “¿Y en qué utilizan esos tres mil pesos?” ” Pues casi todo en fiestas, señor. Chico como lo ve, el pueblo tiene dos Santos Patrones.”

Esa respuesta no es asombrosa. Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia de pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esa dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas substituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, el week end y el cocktail party de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos.

“Todos Santos, Día de muertos” forma parte del libro “El laberinto de la soledad”

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