Espartaco: El esclavo que hizo temblar a Roma

Publicado en Cultura el Lunes 2, Mayo, 2016

La historia de “Espartaco” de Howard Fast no es como la de cualquier libro, editado con la calma que exige una claridad mental suficiente como para crear de la nada una obra maestra. Fast lo concibió desde la cárcel donde estuvo recluido tres meses después de una serie de intimidaciones y acosos por parte del FBI, debido a su negativa a colaborar en una investigación del tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas para ubicar a los exiliados después de que el fascismo liquidó el sueño de la República en España.

La publicación de “Espartaco” no fue sencilla: la obra de Fast estuvo en la “lista negra”, un grupo de manifestaciones artísticas de toda índole que según el Comité del Senado de los Estados Unidos “pretendían atentar contra los valores democráticos, de igualdad y libertad que rigen a esta gran nación”. Edgar Hoover, director del FBI, se encargó de restringir su publicación hasta en ocho ocasiones. Una vez publicado por los propios medios de Fast, Hoover prohibió su difusión por correo y lo vetó de las bibliotecas públicas del país.

“Espartaco” cuenta la fascinante historia de un hombre que nació esclavo y de padres esclavos. Un tracio, identificable fácilmente por sus rasgos, una mirada mansa y la nariz quebrada producto de la violencia de un capataz. Un hombre que amó profundamente la vida y la libertad.

El amor por la vida está presente en toda la obra de Fast. La historia inicia en el 71 a.C. durante la República, precisamente en la escuela de gladiadores de Capua, propiedad de Léntulo Baciato, un lanista (así se les llamó a quienes administraban el circo romano, comprando y vendiendo esclavos fuertes en los que veían aptitudes para luchar y a los cuales alimentaban y cuidaban con el fin de que dieran un espectáculo digno, batiéndose a muerte para diversión de los patricios romanos) que recibe a dos jóvenes patricios, adinerados y con deseos de ver el circo en privado. La alta suma que ofrecen exige lo mejor del bestiario humano en posesión de Baciato, quien avisa a sus esclavos una noche antes.

“El negro, Draba, despierta esa mañana, y en su propia lengua dice: «Día de la muerte, yo te saludo».
Yace en su jergón y piensa en su mujer. Medita sobre el hecho extraño de que todos los hombres, por desdichados que sean, tienen recuerdos de amor, de caricias, de besos, de juegos, de alegrías, de canciones y danzas, y que todos los hombres tienen miedo a morir. Hasta cuando la vida carece de todo valor, se aferran a ella. Aún cuando están solos y lejos del hogar y desprovistos de toda esperanza y toda perspectiva de regresar a su hogar, y están sometidos a todas las indignidades y penas y crueldades y son alimentados como si fueran simples bestias y se los adiestra para que otros se diviertan, aun en esas circunstancias se aferran a la vida”.

Espartaco es uno de ellos. Entrena todos los días junto con los demás gladiadores, quienes a pesar de no ser amigos (por el viejo adagio “Gladiador, no hagas amistad con gladiadores”), se rinden respeto y tienen un especial agrado por él. Su amo le ha concedido una esposa, Varinia, como premio por su fiereza en la arena y ese instinto humano que le aferra irremediablamente a la vida, que adquirió desde su infancia cuando encadenado del cuello, casi desnudo y desprovisto de una historia, negado en el presente y sin ningún porvenir, trabajaba sin descanso en las minas de Nubia antes de ser comprado por el lanista.

Varinia comparte la celda con Espartaco, quien desde el primer momento en que la vio en harapos, golpeada, con los ojos morados y la mirada quebrada, producto de la resistencia que puso ante el intento de violación de Baciato, procuró de ella. La esclava germana ama a Espartaco y llegada el alba del día en que Espartaco saldrá a la arena a luchar por su vida contra los de su clase, está temerosa de que nunca más vuelva a verlo.

“Muy suavemente, lo más suavemente posible, Varinia lo toca y roza su piel, su carne y sus miembros, mientras yace en la obscuridad. (…) Suave y cuidadosamente, todo su gesto es como un susurro. Varinia se aprieta contra él, de modo que su carne se una cada vez más a la de él, sus largos miembros apretados a los suyos, sus pechos en plenitud estrechándose a él, y finalmente su rostro tocando el suyo, mejilla contra mejilla, sus dorados cabellos desparramados cual dorada corona sobre él, mitigado ahora su terror por los recuerdos y por el amor, porque no es fácil que el temor y el amor aniden juntos”.

El sol cae a plomo y los cuatro gladiadores elegidos realizan el ritual con religiosa humildad. Los dos jóvenes que han desembolsado una fuerte cantidad están ansiosos por ver correr la sangre de gladiadores. Son el reflejo de la decadencia de la sociedad romana, entregada al hedonismo y a los placeres vanos, roída desde dentro en ambición y cuya grandeza fue forjada sobre la base del trabajo esclavo. Los gladiadores se preparaban en la sala de espera antes de salir a la arena. Las miradas se desviaban y el silencio nervioso era presagio del cruel designio. Habrían de luchar por su vida y caer asesinados o bien “triunfar” pírricamente sobre alguno de sus iguales. En el fondo sabían que las batallas a muerte estaban destinadas únicamente para las bestias en la naturaleza.

Entonces ocurrió el hecho que estuvo a punto de cambiar la historia de las civilizaciones y la suerte dela civilización más gloriosa que jamás haya visto el mundo, motivo de orgullo y cuna de la cultura occidental, motivo de inspiración de frases que hasta ahora utilizamos como proverbios y cuya grandeza del Nilo al Ebro, es innegable a través de la historia: Espartaco y Draba, el africano, serían la primera pareja que saltaría a la arena. Posteriormente, cuando hubieran retirado los restos materiales del perdedor, un tracio y un judío protagonizarían la segunda parte del acto.

“—Y entonces el africano le preguntó:
—¿Crees en los dioses?
—No.
—¿Crees que hay otra vida después de ésta?
—No.
—Entonces, ¿en qué crees, Espartaco? —preguntó el africano.
—Creo en ti y creo en mí.
—Tú y yo —dijo Polemo, el joven y bien parecido tracio— somos carne en la mesa de la carnicería del lanista.
—¿En qué más crees, Espartaco? —preguntó el negro (…)
—Te diré lo que expresé antes —declaró suavemente el negro, resonante y apesadumbrada la voz que le salía de lo profundo del pecho— y te diré lo siguiente: estoy demasiado solo y muy lejos de mi hogar y muy amargado a causa de esta lejanía. No quiero seguir viviendo. No te mataré, camarada.”

Los gladiadores, conscientes de su fuerza y superioridad en número, tomaron una acción tan atrevida como necesaria, tan irreal que hoy después de más de dos milenios se sigue contando y siendo fuente de inspiración. Hay días que contienen siglos de historia. Y aquella tarde bajo el sol de Capua, en la escuela de gladiadores de Léntulo Baciato, inició una de las más increíbles luchas por la liberación del hombre de las que se tenga registro. La campaña creció y estalló frente a los ojos de Roma, que vio caer primero a dos legiones intentado sofocar la creciente rebelión, que pronto contó con 70,000 esclavos. Los poderosos y disciplinados ejércitos de los cónsules Léntulo, Gelio y Arrio fueron derrotados por el polvorín que para entonces sumaba más de 120,000 hombres, que vencieron posteriormente a los ejércitos de Pompeyo, Lúculo y Longino, mientras Roma se desbarataba desde dentro, desde la esencia misma de su grandeza.

“Espartaco” es una oda a la vida y a la libertad. Una magistral obra que únicamente requiere del sentir más humano para contagiar esa vitalidad que lo aferró a no perecer, a luchar por la liberación de los esclavos con tanto amor como coraje. La historia de Roma, forjada en batallas épicas y bustos de gloriosos gobernantes, fue atravesada por un idilio, por uno de esos instantes tan cortos en el tiempo como un pestañeo en los que la voluntad de un grupo de hombres decididos a transformar su realidad se impone. La historia de Espartaco es la historia del hombre que puso en jaque al Imperio más poderoso que el mundo jamás ha conocido.

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Fuente: Cultura Colectiva