La mexicanidad: fiesta y rito, de Leonardo da Jandra (Fragmento)

Publicado en Cultura el martes 16, mayo, 2017

I. Identidad, globalidad, sacralidad

 

Por la herida profunda y mal curada que ha abierto en el cuerpo hispánico la pregunta obsesiva por la identidad, supuran resentidos y quejumbrosos algunos de los más desesperados intentos de universalidad. Yo no sé si mi manera de vivir y pensar la Hispanidad –es decir, de sufrirla y gozarla inevitablemente– sea más mexicana que castellana o gallega; ni tampoco logro asimilar que deba seguir habiendo más universalidad en las urbes que en el campo, cuando las ciudades son cada vez menos diversas; de lo que sí estoy seguro, es de que en mí la intuición desborda siempre a la razón, y donde la razón celebra lo universal yo suelo ver particularidad orgullosa y ciega. Y no es por necia contrariedad, sino por natural antagonismo.

Para mí el pensamiento global que antepone lo económico y lo político a lo ético y lo espiritual es igual de intrascendente que la democracia televisiva, los mundiales de futbol o las bolsas de valores; y las mentalidades que asumen como un triunfo el ser globalizadas de esta manera me recuerdan en su optimista domesticidad el universalismo sin alma de las abejas y las hormigas, donde todo se hace por mandato irrevocable de una fuerza desconocida, instintiva e impla­cable.

Por eso es que a la hora de buscar autenticidades, mi predilección remonta la corriente y se regodea en hallazgos rotundos y anacrónicos como éste que estampó Gregorio Marañón al frente del Epistolario de Clarín: “Porque se da la paradoja, entonces y siempre, de que los hombres en ver­dad universales son los más radicalmente castizos; como los que presumen, por oficio, de ciudadanos del universo, son gente pueblerina”.

Las culturas, como los imperios, no reciben los golpes mortales desde afuera; su verdadero peligro está adentro, en las perversiones que amenazan a su autenticidad. Los nacionalismos fundamentalistas y los integrismos de todo signo sólo encuentran terreno propicio en la descomposi­ción interna; son enfermedades sórdidas que parasitan el espíritu de los pueblos y que terminan pudriendo de raíz lo esencial de toda cultura: su sacralidad. El patriotismo exacerbado es mucho más que el último refugio de los sin­vergüenzas; es impiedad y egolatría, intolerancia y amura­llamiento, es la lucha por la identidad entendida al revés: yo sólo soy yo negando a los demás.

Pero aquí estamos lejos de la ritualidad degradada que pone a la plebe a los pies del tirano. La visión es otra: se trata de remontar la estrechez del concepto de patria hasta su existencia universal como cultura, conscientes de que la identidad plena, por su autenticidad, es el más sólido ba­luarte contra lo global.

Se ve ya sin necesidad de mayor énfasis, que la cultura y su núcleo sagrado es lo único que los pueblos pueden oponer fluidamente a la amenaza globalizadora. Y al decir “oponer fluidamente” no pienso en un toro embistiendo a la carrera, sino en una voluntad y en una razón que, al asu­mir su pequeñez y su diferencia, trascienden todo delirio de hegemonía. De nada nos sirve ya la razón patriarcal y autoritaria que condena todo lo que no sea explicable en la estrechez de sus límites. Y negarse a ver esta manía absolu­tizadora de la razón, su tendencia irremediable a señorear toda forma de vida, es también negarse a reconocer que las peores masacres y abominaciones han sido consecuencias de su tiranía.

Uno de los más grandes errores de la cultura occiden­tal, ha sido incluir en el ámbito de la patología psiquiátrica todo lo que implica una ruptura con el ordenamiento ra­cional. Sin embargo, más allá de la razón no sólo está la mentalidad escindida, sino también, y sobre todo, la más profunda sacralidad, la creación pura y el conocimiento sin palabras. Sin tomar muy en serio los límites que Kant le impuso a su pretensión omniabarcadora, la razón occiden­tal decidió buscar apoyo en la soberbia de la ciencia y desde allí arremetió de frente contra todo lo que no reconocía su dominio. Por eso tenemos que enfatizarlo: con el criterio profano de la racionalidad tecnocrática –como sucedió con la Ilustración y la dialéctica hegeliano marxista– todo en­foque que tenga que ver con lo sagrado, lo mítico o la ima­ginación creadora es considerado culpable del delito infame de irracionalismo.

Como genuino producto humano, la razón es esencial­mente contradictoria. Por un lado –al asumirse como lo más divino de lo animal–, rechaza la inseguridad de toda ruptura y acepta, de mano con el conservadurismo religioso, compartir y asegurar el ordenamiento cósmico. Por el otro, al poner al descubierto la naturaleza perversa de todo ex­ceso de poder, se convierte en la llama que prende el deseo de rebeldía y desencadena el desorden revolucionario. Esta dualidad marca como un estigma todo cuanto es humano, y lejos de admitir respuestas definitivas o superaciones abso­lutas requiere una actitud comprensiva que le dé a la rígida apariencia de los contrarios la fluidez potenciadora de los complementarios. Sólo así se puede entender que lo iden­titario y lo global, lo profano y lo sagrado, lo apolíneo y lo dionisiaco sean las dos caras insustituibles y definidoras del mismo todo.

En la fluidez de las confrontaciones, se podrá enfatizar un aspecto sobre otro, que lo que en un momento histórico es determinante en otro sea determinado, y vice­versa; pero jamás ninguna determinación podrá absorber o anular definitivamente a su complementaria sin que ello im­plique al mismo tiempo la transformación caótica del todo.

El existir de los complementarios, la dinámica interna que les da vida, debe superar la negatividad inicial del desacuer­do para acceder a un estado de alternancias que garantice la continuidad de la relación. En rigor, los complementa­rios se necesitan aunque aparenten negarse; y en la totali­dad que conforman, ninguna de las partes puede evitar la dependencia y la mutua contaminación. Contraponer, por tanto, y de manera irreconciliable, el mundo cotidiano al mundo festivo, sería convocar inapelablemente a una rup­tura radical del orden social.