Libro pone en evidencia las violaciones en la dictadura argentina

Publicado en Cultura el martes 16, mayo, 2017

– ¿Cómo que te violó? ¿Te puso una pistola en la cabeza? ¿Te pegó?

Jorgelina reaccionó con desconcierto.

– No… no fue así.

Enmudeció. Titubeó un poco, bajó la cabeza y salió del camarote.

Sola, indefensa, ¿a quién iba a contarle lo que le había pasado, si sus propias compañeras no la escuchaban, ni entendían?

Jorgelina Ramus, detenida en la ESMA

“Todos los sobrevivientes son traidores, era la acusación velada cuando llegaban al exilio salidos de los campos. Y las mujeres que sobrevivían, además de traidoras, eran putas. Eso está extraído directamente de la ideología de los propios genocidas, que en los campos de concentración crearon la figura del traidor. Fue una construcción deliberada de ellos”.

Elena Isabel Alfaro, El Vesubio


Putas y guerrilleras es el libro de Miriam Lewin y Olga Wornat. Sus páginas transitan el calvario por el que pasaron las detenidas/desaparecidas durante la última dictadura militar en los centros clandestinos de detención y fuera de ellos. Tortura psicológica y física, picana y violación, fue la norma en esos lugares y formaron parte de un accionar sistemático. Como explican sus autoras, las mujeres secuestradas eran llamadas putas y guerrilleras por sus captores, habían roto el mandato de la mujer clásica, expresaban una libre sexualidad, militaban, estudiaban o simplemente no eran sumisas. Salían a la calle y ponían el cuerpo. Había que disciplinar esas almas. Como método de tortura sus cuerpos eran vejados. Ellas no valían nada.

En las relaciones de poder, éste nunca es simétrico; en los centros clandestinos lo detentaba sólo una porción: los torturadores. Después de eso no se puede hablar de libertad de acción en lugares donde la norma imperante fue hacer perder a las personas que pasaron por ahí de todo rasgo de humanidad. Frente a la tortura y la muerte, las autoras nos preguntan: ¿quién dudaría de las estrategias de supervivencia? ¿Se puede criticar a alguien por intentar salir del infierno viva? Sí, se puede y así sucedió. Fueron estigmatizadas por haberse “acostado con militares”, sin considerar que, en la situación que atravesaban, no había posibilidad de libre albedrío. Fueron violadas, en el abuso no hay consenso.

Putas y guerrilleras se explaya en el antes, durante y después de las detenciones ilegales. ¿Qué pasó cuando estas mujeres secuestradas volvieron a la vida, cuando por mero azar, casualidad, suerte del destino, fueron dejadas en libertad? Se les exigía a los militares que lxs devuelvan con vida, pero una vez fuera de los centros, se les cuestionó socialmente el porqué de esa supervivencia. Por qué ellas habían sido liberadas y el resto no. Qué habían hecho para lograr evadir la muerte. Eran unas putas. Se habían acostado con los torturadores. Sus compañerxs dudaban de ellas y las cuestionaban, eran acusadas de colaboradoras y traidoras. Ellas debían estar muertas. Eran culpables de haber sobrevivido. Inclusive se narra a través de lxs testigxs que se llegó a extremos de condenarlas a muerte o llevarlas a juicio dentro de los mismos partidos perseguidos por la dictadura. La victoria sobre los cuerpos de las mujeres también fue una victoria sobre sus compañeros de lucha.

Durante el juicio a las juntas en el año 1984 los crímenes sexuales no fueron tipificados como delitos independientes, tendrían que pasar años para que se empiecen a denunciar las violaciones y que se los considere como delito en el marco de terrorismo de Estado. Primero fueron pocas las mujeres que durante el juicio a las juntas contaron el martirio que vivieron, muchas habían callado años enteros, incluso a su círculo más íntimo, se trataba de olvidar el dolor. Otras mujeres denunciaron las reiteradas violaciones e innumerables veces recibieron el silencio y hasta el desprecio de sus familias que se sintieron deshonradas. Otras no se animaron a hacerlo y todavía callan. Muchas mujeres que podrían dar sus testimonios están desaparecidas.

La idea de que las detenidas en los campos podían negarse a los avances de sus captores sin riesgo de su vida, fue una concepción compartida por varios sectores, entre ellos los partidos donde militaban parte de las detenidas al momento de su secuestro. Las autoras nos interpelan: “Mujeres indefensas, desnudas, encerradas, privadas de todo derecho, estaban a merced de quienes eran dueños de su vida y de su muerte. ¿Cómo no prever que iban a darse situaciones de violencia sexual extrema?”. Hablar de un abuso se hizo doblemente difícil. Y esta forma de tortura es única del sexo femenino; los hombres no tuvieron que dar casi cuenta de estas vejaciones, y mucho menos explicaciones. La cultura machista imperante en nuestras sociedades hace que este hecho sea castigado y que una mujer violada deba probar que efectivamente así sucedió. En palabras de Pablo Parenti y textual del libro: “Cuando se da una relación sexual en un contexto de secuestro, en un centro clandestino de detención, nunca podemos aceptar que hubo consentimiento, porque no existe la posibilidad del consentimiento en un contexto concentracionario”.

El horror no fueron sólo los delitos sexuales a los que fueron sometidas, hubo abortos y apropiaciones de bebés. En el libro se leen historias de reencuentros con hijxs luego de 30 años que hielan la sangre, al mismo tiempo que las protagonistas nos hablan de abortos producto de violaciones.

El terrorismo sexual se utilizó para disciplinar y someter a las presas por su sexo, pero también dio un mensaje claro a toda una sociedad. Ellos tenían el poder de someter a sus esposas, hijas, hermanas… Un fragmento de “Putas y guerrilleras” cuenta cuando el represor Scheller reveló en una entrevista que el Tigre Acosta había dado la orden expresa y clara a los oficiales de la ESMA de que tuvieran relaciones sexuales con las detenidas. Tuvieron que pasar años y años para que las violaciones sean consideradas crímenes de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles.