¿Los ‘hipsters’ nos están tomando el pelo?

Publicado en Cultura el Lunes 16, Mayo, 2016

Pacifistas, ecologistas, abanderados del reciclaje y amantes de la vida ‘slow’ (comer despacio, beber despacio…). Así son los ‘hipsters’, una tribu urbana que, contra lo que pueda imaginarse por la definición, genera odios. El pasado septiembre, unos 200 manifestantes atacaban el establecimiento ‘Cereal Killer Cafe’ en Londres (Inglaterra). ¿La razón? Vender tazones de leche a 3,85 € y boles de cereales a 5,7 € en un barrio donde muchos de sus vecinos a duras penas llegan a fin de mes. Los acusan de formar parte de la gentrificación del este de la ciudad: la llegada de nuevos habitantes con mayor poder adquisitivo que acaban estrangulando al comercio tradicional, encareciendo los alquileres y, como triste broche final, expulsando a sus residentes. Similares movimientos se han vivido en Kreutzberg (Berlín) o en Brooklyn (Nueva York) y dentro de España, el barrio más emblemático es Malasaña (Madrid), plagado de establecimientos regentados por este grupo social. Es cierto que la elaboración artesanal, el comercio justo y de proximidad y el valor añadido de los locales con ambiente familiar cuestan dinero. Con razones o no, el asunto es que encarecen todo lo que tocan. A continuación, analizamos los casos más claros.

Cajas ‘recicladas’ sin reciclar
Las canastas de fruta de toda la vida se han convertido en un elemento de decoración más. Al principio eran originales. Ahora no hay restaurante, café o tahona con aspiraciones ecológicas que no tenga cajas de madera o palés reciclados en forma de estanterías, mesas o maceteros. De hecho, ya se venden muebles listos para usar fabricados con estas cajas. Con una salvedad: aquí no se recicla nada. La madera es rutilantemente nueva, tal como señalan en Decowood, donde por 75 € ofrecen una mesa articulada con cuatro cajas de frutero. Eso sí, de puro pino gallego, hecha a mano y con cuatro tarugos por patas. Las usadas se venden en Internet con precios desde 4 €. Viendo el negocio no es de extrañar que desde la Federación Española del Envase de Madera y sus Componentes (Fedemco) ya hablen una nueva tendencia: la ‘maderización’ de los envases para la distribución alimentaria con el fin de “imitar la apariencia de la madera natural en un intento por hacerlos más atractivos”. Tiembla, Amazonas.

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Unas simples semillas
Cuando en 2009 se publicó el libro ‘Nacidos Para Correr’, de Christopher McDoughall (2011, Debate), el mundo descubrió a la tribu mejicana de los Tarahumaras, famosos por correr (mucho) descalzos y energizados con un brebaje a base de chía. Pocos sabían qué eran esas semillas negras con alto contenido en proteínas, ácidos grasos omega 3 y antioxidantes. Y sin gluten. Ya no hay postre o batido que se precie en establecimientos modernos que no lleve granitos negros de esta planta herbácea de la familia de las lamiáceas, como la salvia. La bolsa de 250 gramos cuesta algo más de 5 €. Los expertos advierten de que hay que tener cuidado con dejarse engañar por estas modas, porque pueden resultar negocios muy lucrativos. El nutricionista del Centro de Investigación Biomédica del Instituto Carlos III, Manuel Moñino, contaba a BUENAVIDA: “No existe el superalimento como tal. En su lugar, más que de productos concretos, hablaría de superpatrones alimentarios”. ¿Está justificado su precio? En este caso, no nos han tomado el pelo, pues las semillas de chía gozan de unas propiedades (protegen el sistema cardiovascular, regulan el metabolismo de los azúcares y aportan triptófano, según la doctora Paula Rosso, nutricionista del centro médico Lajo Plaza) que mejoran a las del plátano (tienen el doble de potasio), los arándonos (aportan más antioxidantes) o la avena (duplican su cantidad en fibra), según Pedro Pineda, doctor en Clínica Hedonai.

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Pan a precio de oro
Hace no tantos años el pan duraba todo el día tierno, no solo unas horas. La industrialización del mercado ha reducido el precio de este producto básico a costa, como es natural, de su calidad. La respuesta que dan las panaderías de los barrios de moda es elaborarlo con mimo, eso es innegable, pero sus alicientes no siempre aportan beneficios: ni el cereal ecológico convierte el pan en un producto más sano ni la leyenda ‘sin gluten’ tiene valor para el que no sea celíaco. Otras cosas sí suman, como el modo de elaboración (un largo proceso de fermentación natural y una cocción lenta favorecen la formación de una corteza gruesa y dura que mantendrá el pan comestible durante varios días, según cuentan en el obrador El Árbol del Pan). Conclusión: el aumento de precio está justificado… pero no tanto (hay pan ‘hipster’ que alcanza los 9 euros el kilo). La competencia barata la ponen los grandes establecimientos, donde pueden encontrarse barras, en muchas ocasiones descongeladas, por poco más de 0,35 €. Tampoco es ese el camino. Un pan con Indicación Geográfica Protegida, como es el pan de Cea, cuesta 2,15 euros la unidad.

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Bicicletas para no montar
El ‘hipster’ es un animal urbano que no utiliza el transporte público. Es más de ir en bicicleta. O empujándola, seña de identidad en el barrio de Malasaña, como bien retrataba el periodista Rafael de Rojas en un hilarante artículo publicado en la revista ‘Traveler’: “Un malasañero de corazón nunca saca la bici del barrio ni se sube a ella muy a menudo, porque, total, son dos pasos”. Es raro ver a un barbudo dándole al pedal en el anillo ciclista madrileño (una vía que circunvala la capital) y mucho más madrugando un domingo para entrenar en la Casa de Campo, pero proliferan como setas en otoño las bicicletas plegables aptas para guardar en minipisos compartidos (unos 120 €) y las eléctricas (desde 500 €). Ningún barrio ‘hipster’ se libra de esta moda. El negocio de las bicicletas para gente que no va en bicicleta está en auge. Juzgue usted si es o no una tomadura de pelo.

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‘Cupcakes’… ¿o magdalenas?
Junto al pan elaborado con los saberes de antaño, en las panaderías ‘hipsters’ ocupa un lugar privilegiado el ‘cupcake’: una magdalena de tamaño XL, a ser posible de harina integral, coronada con un sombrero de pasta de azúcar de colores. Mientras una bolsa de esos entrañables manjares de repostería tradicional en el supermercado viene a costar poco más de un euro la docena, un ‘cupcake’ se encuentra entre los 1’80 y los 3 €. ¿Caros? Depende. Según Mikel Iturriaga, periodista especializado en gastronomía autor de ‘El Comidista’, este postre sí supone una diferencia frente a la magdalena tradicional: la de siempre no pasa de ser un bizcocho clásico y el ‘cupcake’ se acerca más a una tarta individual, con masa más esponjosa y jugosa.

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Cervezas artesanas
Entre 2008 y 2015 las microfactorías cerveceras españolas han crecido un 1.600%, según la Agencia Española de Seguridad Alimenticia y Nutrición (se ha pasado de 21 microcervecerías a la friolera de 361). La Cibeles, La Virgen, Axarca, Arcadia, Vujlturis, Quana Beer, La Sitgetana, Mad Brewing, Four Lions, Cerveza Grana, Origen o Picard son solo algunas de ellas. Frente a esta moda de elevado precio (alrededor de 3 euros la botella de 33 cl), una caña de rubia de barril en un bar corriente, según la ciudad y en medio de una guerra de precios entre los grandes fabricantes, puede costar solo 0,80 €. Desde Cerveza Artesana, una empresa especializada en la implementación de microcervecerías, se justifica el coste por la producción artesanal a pequeña escala y “por su exclusividad, ya que solo puede consumirse en un lugar determinado”. También se quejan de que los ‘precios de referencia’ son inusualmente bajos debido a esa guerra entre las grandes marcas que pueden permitírselo.

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Fuente: El País

Por: Salomé García