Stalin, Tarzán y el deshielo soviético

Publicado en Cultura el miércoles 27, julio, 2016

por Javier Bilbao

 

Funeral de Stalin (DP)

Funeral de Stalin (DP)

La colección de películas de Tarzán sola hizo más por la desestalinización que todos los discursos de Kruschev juntos. (Joshep Brodski, Premio Nobel de Literatura)

Cierta noche Stalin reunió en su dacha a las afueras de Moscú a su grupo de colaboradores para una fiesta en la que, como tantas otras, corrió generosamente el vodka. Le gustaba beber pero sobre todo le gustaba que los demás bebieran, para poder acceder a lo que realmente pensaban y detectar posibles traidores. Animado, el jefe de la temible policía secreta (NKVD) Lavrenti Beria escribió en un trozo de papel la palabra «polla» y lo pegó en la espalda del abrigo de Kruschev, quien se lo puso sin haber advertido la broma. Todos los presentes estallaron en carcajadas para mayor escarnio suyo, en una humillación que no olvidaría. Algunos años después Kruschev ordenaría el asesinato de Beria… Pero no adelantemos acontecimientos.

Desde que ascendió a secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1922 hasta su muerte en 1953, Stalin cambió de arriba a abajo el país mediante una vertiginosa industrialización y resistió la invasión nazi, aunque con un coste atroz. Durante su largo mandato ni sus mayores críticos pueden negarle que ejerció siempre el poder rechazando cualquier trato de privilegio o nepotismo: bajo su régimen todo el mundo podía ser fusilado por igual. Aunque las cifras al respecto han variado mucho según quién las contabilizase, se estima que en ese periodo hubo algo más de cuatro millones de detenciones bajo la acusación de delitos contrarrevolucionarios, en torno a ochocientos mil fusilamientos y 1,6 millones de muertos en el gulag (incluidos presos comunes) de los que un tercio fueron presos políticos. De acuerdo a uno de sus principios fundamentales «un hombre debe ser valiente físicamente pero cobarde políticamente», por lo que su régimen aplastó cualquier tipo de disidencia por leve o lejana que fuera, incluso creando regímenes satélites alrededor de la URSS para sentirse más protegido. Pero lo más curioso es que su mayor amenaza siempre estuvo en el propio Kremlin.

Como si de una profecía autocumplida se tratase, su cerval desconfianza hacia todos los que le rodeaban y su falta de escrúpulos para aniquilarlos al menor indicio de deslealtad, generó entre sus más estrechos colaboradores un odio tan profundo como secreto hacia su figura. Ni en Washington, Londres o Berlín llegó a haber tan furiosos antiestalinistas como entre sus cortesanos. Como dijo Beria tras su muerte: «¡Olvídese de ese hijo de puta! ¡Stalin era un sinvergüenza, un salvaje, un tirano! Nos tenía sometidos por el miedo, era una sanguijuela; también para el pueblo. Ese era todo su poder. Por suerte, ahora nos hemos librado de él ¡Que la serpiente se pudra en el infierno!». Tantos años juntos y ese era el recuerdo que le guardaba.

Kruschev por su parte años después incluyó en sus memorias tal ingente cantidad de insultos, desprecio y rencor hacia Stalin (y también hacia Beria de paso) que parece que nunca llegó a reponerse de haber estado bajo su mando. No le faltaban razones, desde luego, pues por ejemplo en cierta ocasión le preguntó si tenía antepasados polacos, poco tiempo después de que un grupo de «saboteadores» de dicha nacionalidad en Moscú hubieran sido fusilados. Aunque nunca estuviera del todo claro cuándo era una amenaza o una broma pesada: «se entretenía viendo a la gente que lo rodeaba en situaciones embarazosas e incluso vergonzosas». Según una anécdota que se cuenta en Testimonio de Solomon Volkov (aunque la veracidad del libro ha sido cuestionada, por otra parte) la afición de Stalin por el cine le llevó en cierta ocasión a querer ver una película junto a su director, dado que sostenía que sus observaciones serían beneficiosas para el director y su obra. Cuando este le oyó susurrar la palabra «basura», aludiendo en realidad a un informe que le había proporcionado su secretario durante la proyección, creyó que estaba refiriéndose a su película… lo que le hizo mearse encima y perder el conocimiento. Suponemos que le alegró el día su anfitrión.

Toda esa combinación de desconfianza, crueldad y soberbia sobre sus subordinados tal vez fue lo que precisamente terminase costándole la vida. El 28 de febrero de 1953, tras una de esas fiestas en su dacha que había terminado a las cuatro de la mañana, Stalin se acostó y a lo largo del día siguiente nadie se atrevió a entrar en su habitación para despertarle. Tuvo que ser una doncella ya en plena noche la que lo encontró tirando en el suelo medio inconsciente. Inmediatamente sus escoltas avisaron a Beria, aunque este pese a la gravedad de la situación no quiso avisar a los médicos hasta cuatro horas más tarde. Como si quisiera asegurarse de que Stalin no saliera de esta pero guardando las apariencias, más adelante de hecho se atribuyó el mérito de haber acabado con él. La agonía duró varios días, que les sirvieron a su círculo de colaboradores para preparar la transición.

XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (DP)

XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (DP)

Tras un aparente acuerdo entre los principales cargos del régimen, solo quedaba esperar el feliz desenlace. Se cuenta que Beria, situado junto al lecho de muerte, estaba tan impaciente que creyéndolo muerto exclamó: «¡Camaradas, qué hora tan maravillosa! ¡Somos libres!, por fin ha muerto el tirano», reculando poco después al observar que seguía vivo. Pero el momento no llegaría hasta la tarde del cinco de marzo, según la descripción de su hija (quien por cierto también se hizo antiestalinista y acabaría emigrando a Estados Unidos):

La cara se le deformó y ensombreció. Se le pusieron los labios negros y los rasgos irreconocibles. Murió literalmente ahogado mientras lo mirábamos. En lo que pareció el último momento de todos, de pronto abrió los ojos y dirigió una mirada a todos los que nos hallábamos en la estancia. Fue una mirada terrible, demente, o quizá indignada y llena de miedo a morir (…). De repente alzó la mano como si señalara algo arriba y nos echara una maldición a todos (…) Al instante, tras un último esfuerzo, el espíritu se desprendió de la carne de un tirón.

Para muchos soviéticos que no lo conocían de cerca supuso sin embargo una gran pérdida. Tres décadas de intensa propaganda habían hecho su trabajo, aunque también fuera de la URSS algunos quedaron afligidos. Como fue el caso del poeta Rafael Alberti, que le dedicó un sentido panegírico. Su cuerpo fue expuesto al público y recibió miles de visitantes en tal avalancha que en torno a un centenar de personas murió aplastada. La Plaza Roja fue el escenario del funeral y en ella se oyeron discursos de recuerdo y continuidad, pero en realidad los oradores ya tenían la mente en otro sitio. El que parecía el más claro aspirante a sucederle, Beria, fue nombrado viceprimer ministro y, al frente de un Ministerio de Asuntos Internos dotado de nuevas competencias, inició rápidamente una serie de reformas dando comienzo a la desestalinización: rebajó el control soviético sobre los países satélites, ordenó revisar juicios amañados, dictó una amnistía para presos comunes y políticos, dio fin a las prácticas de torturas a los detenidos, acabó con los trabajos forzados y cerró el sistema de gulags transformándolo en un sistema penitenciario convencional. De los 580.000 prisioneros «contrarrevolucionarios» que había a comienzos de ese año, se pasó a 11.000 seis años más tarde.

Pero tanta iniciativa política puso en guardia a Kruschev, que comenzó a conspirar contra aquel antiguo compañero de juergas poniendo al partido en su contra. El 26 de junio, apenas tres meses después de la muerte de Stalin y en pleno proceso reformista del régimen, Beria fue detenido durante el consejo de ministros que se celebraba en el Kremlin. El mismísimo mariscal Zhúkov, héroe de guerra que logró derrotar a los invasores nazis con su habilidad estratégica, fue quien le ordenó que pusiera las manos en alto. A continuación lo llevaron a una sala contigua, donde le quitaron el cinturón y el botón del pantalón para entorpecer su huida y finalmente lo encerraron en un calabozo. Unos meses después se organizó un simulacro de juicio contra él y finalmente fue fusilado. Kruschev se había salido con la suya en ese juego de tronos. Más adelante también se quitaría de en medio a los otros rivales en la lucha por el poder aunque mediante métodos menos cruentos:Kaganovich fue encargado de dirigir de una fábrica en los Urales, Molotov fue enviado como embajador a Mongolia y a Malenkov se le destinó a dirigir una central hidroeléctrica en Kazajistán.

Nikita Kruschev era un hombre de orígenes rurales, de escasa cultura y, según un informe de la CIA, «tendía a hablar demasiado incluso estando sobrio», lo que sugiere que su estado habitual era otro. Pero como vemos no le faltaba astucia política y coraje para desafiar el orden establecido. Como demostraría en el siguiente paso que dio para continuar con la desestalinización iniciada por Beria: el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética celebrado en 1956. Su objetivo era muy claro, aprovechar la reunión para denunciar ante el mundo los crímenes estalinistas, y los motivos que le impulsaban a ello —además de cierto sentido de la verdad y la justicia— eran dos. El primero es que él era sincera y hondamente comunista y temía que la historia al juzgar ese periodo previo terminase tirando al niño leninista junto con el agua sucia del estalinismo (aunque, paradójicamente, culpar al individuo para salvar al sistema es una idea muy poco marxista). El segundo, algo más interesado, era que si él no se adelantaba a denunciarlos, otros lo harían después e inculpándole también a él: «Si no decimos la verdad en el Congreso, nos veremos en la obligación de decirla en el futuro, y entonces posiblemente no seremos quienes hagamos el discurso; no, entonces seremos los que estén bajo investigación».

Así que una vez inaugurado el XX Congreso del PCUS ante 1.436 delegados, tras varios días de intervenciones con la habitual retórica bostezante y triunfalista que era de esperar, llegó el momento decisivo el día de su clausura, el 25 de febrero, durante una reunión a puerta cerrada que duró más de cuatro horas en la que tuvo lugar la célebre intervención de Kruschev (que pueden leer aquí). El impacto que supuso sobre sus oyentes y posteriormente sobre sus lectores es difícil de exagerar, pues sin ir más lejos al presidente polaco, que ya tenía una salud muy débil, el discurso le provocó un infarto que acabó con su vida. En él se denunció sin medias tintas el «carácter despótico y caprichoso» de Stalin que «procedió con una violencia salvaje (…) exigiendo una sumisión absoluta» empleando «los más crueles métodos de represión», de manera que «las detenciones y las deportaciones en masa de muchos miles de personas, las ejecuciones sin previo juicio y sin una investigación normal del comportamiento de los acusados, engendraron condiciones de inseguridad, temor y aun de desesperación». Así mismo, denunció su cobardía e inoperancia durante la guerra, ridiculizó su vanidad y el culto a la personalidad que instauró en el país y, por fin, Kruschev pudo dar rienda suelta a todo el rencor que había acumulando en silencio contra su superior durante tantos años, en un reproche no ya político sino puramente personal:

Stalin era un hombre desconfiado, enfermizamente suspicaz; nosotros lo conocíamos, porque trabajábamos con él. Podía mirar a un hombre y decir: «¿Por qué están tan esquivos tus ojos hoy?» o «¿Por qué vuelves los ojos hacia otro lado y evitas mirarme de frente?». Sus enfermizas sospechas creaban en él una desconfianza general que envolvía aun a los más destacados miembros del Partido que conocía desde hacía muchos años. En todas partes veía enemigos, agentes dobles y espías. Puesto que poseía un poder ilimitado, daba rienda suelta a su carácter voluntarioso, asfixiando moral y físicamente a las personas.

En conclusión, Kruschev se quedó a gusto ese día. Aunque fue pronunciado a puerta cerrada, en los días posteriores el discurso se leyó en fábricas, granjas y centros de enseñanza ante millones de personas. No tardó en filtrarse también a Occidente, donde sería publicado en el New York Times. Lo que antes eran rumores o acusaciones que los más acérrimos comunistas negaban como mera propaganda derechista, ahora había pasado a ser la verdad oficial en todo el mundo. Un hecho cierto independientemente de la ideología que se profesara.

Hungría, 1956. (DP)

Hungría, 1956. (DP)

Paralelamente, la sociedad civil había ido evolucionando durante aquellos años. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial las autoridades consentían que los cines proyectaran con gran éxito de público algunas películas estadounidenses. Con faldas y a lo loco, Los siete magníficos o las películas de Tarzán son ejemplos reseñables, así como las canciones de Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y Elvis Presley fueron influyendo en el público y distanciándolo del discurso oficial rígidamente antiamericano. Como decía el escritor Vasili Aksenov: «Para nosotros representaban una ventana al mundo exterior a la que podíamos asomarnos desde el hediendo cubil estalinista». Estados Unidos estaba comenzando a ganar la guerra cultural (en una tendencia que terminaría siendo imparable) gracias a productos que apelaban más al hedonismo y a agradar al público que a adoctrinarlo.

En el ámbito de la literatura también ganaban adeptos autores anglosajones como Steinbeck, Hemingway ySalinger mientras que los autores autóctonos estaban dispuestos a salirse de los caminos trillados que el discurso oficial les marcaba. Si Stalin consideraba que un escritor era «un ingeniero del alma humana» y por tanto parte de la maquinaria del régimen, un gran número de intelectuales soviéticos creyeron que con su muerte se abriría paso a una nueva época de mayor libertad de pensamiento y expresión. No solo de pan vive el hombre, de Dudintsev, sobre el enfrentamiento de un hombre sencillo contra una burocracia asfixiante y absurda o El deshielo (que terminaría dando nombre a la época) de Iliá Ehrenburg, sobre el jefe despótico de una fábrica que podía ser fácilmente identificado con Stalin, lograron pasar el filtro y ser publicadas, pero otras terminaron yendo demasiado lejos. El caso más conocido resultó ser el de Doctor Zhivago, la célebre novela deBoris Pasternak. Al menos célebre en Occidente, donde fue un éxito inmediato desde su publicación (con la colaboración de la CIA, dicho sea de paso), le valió un Premio Nobel de Literatura que tuvo que rechazar por presiones del régimen y finalmente contó con una memorable adaptación al cine protagonizada por Omar Sharif.

De forma que Kruschev había abierto algunas compuertas, pero se cuidó mucho de que la situación se desbocase. El control del pensamiento continuó en la URSS post-Stalin aunque ahora en vez de mediante fusilamientos y gulag consistió en la llamada «profilaxis», por la que un funcionario del KGB se reunía con algún disidente o sospechoso y le advertía de lo equivocado de su postura, que podía llegar a convertirse en lo que denominaban un «crimen contra el Estado». De reincidir entonces el acusado podía ser encarcelado o ingresado en una institución psiquiátrica. Pero el ejemplo más palmario fue el de Hungría. El entusiasmo que desató el discurso en el XX Congreso hizo creer a muchos que la política soviética respecto a sus países satélite daría un giro, permitiendo que cada uno siguiera particular camino. Una revuelta estudiantil que tuvo lugar en octubre de ese mismo año reclamó reformas democráticas (como acto de protesta tiró abajo una estatua de Stalin, como vemos en la imagen superior) ante la inicial pasividad de Moscú. Pero el miedo a que tuviera un efecto dominó terminó provocando una sangrienta intervención militar soviética que se saldó con más de dos mil setecientos muertos y unos treinta y cinco mil húngaros condenados a prisión y a campos de internamiento. De manera que Stalin fue sin duda un caso extremo y patológico, pero por mucho que Kruschev lo señalase no logró exculpar a un sistema que seguía mostrando una inevitable inclinación hacia la arbitrariedad y la opresión.

Escena de Tarzán de los monos de Metro Goldwyn Mayer.

Escena de Tarzán de los monos. Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Bibliografía:

Kruschev, el hombre y su época, Willian Taubman

Un imperio fallido, Vladislav M. Zubok

El siglo soviético, Moshe Lewin

Historia de Rusia en el siglo XX, Robert Service

Posguerra, Tony Judt