Affaire Shelley-Byron: La noche en que nació Frankenstein hace 200 años

Publicado en Dulcineas el Miércoles 11, Mayo, 2016

Madrid, España.- Borges formuló la duda razonable. Existen en la vida coincidencias y sucesiones de acontecimientos en las que resulta inevitable apelar a una instancia diferente de la coincidencia. Escribió: “Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas”. Aunque aludía a otros sucesos, podría haberse referido a los acaecidos en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, a un grupo de extranjeros la noche del 16 de junio de 1816, hace casi 200 años.
En una mansión alquilada por Lord Byron, al que Inglaterra ha idolatrado antes de crucificarlo por haber tenido un hijo incestuoso, se reúnen por azar con el gran poeta su colega Percy Bysshe Shelley, dos jovencitas que le acompañan -su novia Mary y una hermana de padre de ésta, Claire- y John William Polidori, médico de Byron y aprendiz de escritor, además de algún invitado ocasional como Matthew Lewis, autor de ‘El monje’.

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La concentración de talentos en Villa Diodati, unos ya reconocidos y otros por descubrir, sólo es comparable con la que aglutina en la otra orilla del lago Madame de Staël, por cuyo palacete se dice que han desfilado por aquellas fechas 600 de las personalidades más deslumbrantes de la Europa de la época.
En la misma Villa Diodati que vería el alumbramiento de dos de los mitos más perdurables de los tiempos modernos -‘Frankenstein’ y ‘El Vampiro’- se había alojado en 1638 el autor de ‘El paraíso perdido’, John Milton, a su regreso de un viaje a Italia para conocer a Galileo; allí habría podido nacer su ‘Lucifer’, como adelanto de lo que vendría. La casa la ocuparon también, en momentos distintos, Rousseau y Voltaire, grandes enemigos que sin saberlo estaban trabajando en el objetivo común de socavar el Antiguo Régimen.

Todas estas coincidencias atropellaron hasta obsesionarle al escritor colombiano William Ospina (Padua, Tolima, 1954), que tuvo que volcarlas en ‘El año del verano que nunca llegó’, publicado por Random House. El libro oscila entre la novela, el ensayo y el diario de viajes, los del propio Ospina para seguir el rastro de estos personajes memorables en cuya red de correlaciones él acaba por sentirse incluido.
En conversación con EL MUNDO, el poeta y novelista confía en que pueda “ser las tres cosas a la vez” y considera ‘El año del verano que nunca llegó’ una indagación sobre si algo más poderoso que el azar gobierna lo que vemos como arbitrario y caprichoso.
Para que Byron y compañía pudieran coincidir en Villa Diodati, y para que la visita de Shelley y sus jovencitas se alargara tres días, tuvo que ocurrir nada menos que la erupción de un volcán en los Mares del Sur, que provocó un ‘tsunami’ en las costas de Bali, inundó vastas extensiones de China, llenó los cielos del mundo entero de ceniza y azufre y, en última instancia, trajo a la lejanísima Europa el verano más frío del milenio.

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“William Turner pintó en sus cuadernos de viajero atardeceres como muros ensangrentados, con manchas de morado y de barro”, escribe Ospina para traer a la imaginación el tiempo gélido y tormentoso que se cernía sobre el lago junto a Ginebra en unas fechas en que el verano, sobre el papel, estaba a la vuelta de la esquina.
Hace tanto frío que los jóvenes poetas han encendido un fuego en la sala principal de la casa. Para pasar el tiempo hablan de Wordsworth y Coleridge, que habían sentado en sus rodillas a Mary Shelley en casa de su padre ácrata, de los paseos de Rousseau por las cercanías, “de los poderes que habitan en las entrañas de la tierra, de la electricidad que Benjamin Franklin acababa de arrebatar a los cielos” y de las investigaciones con cadáveres del doctor Dippel en el castillo de Frankenstein, cerca de Darmstadt (Alemania).

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A esas alturas de 1816, cuando a la primavera no sucedió el verano sino un nuevo invierno, Europa es una extensión de campos cubiertos por los esqueletos de soldados que han luchado en las guerras napoleónicas, y los buitres abundan como nunca en los cielos del continente.
Entre el clima exterior y el de terror creado dentro de la casa por la costumbre perversa de Byron de leer cuentos de terror, el grupo se halla en un estado de excitación y miedo sobrevolado por oleadas de feromonas. Byron, que había elegido a Polidori como médico más por su atractivo físico que por la maestría en su oficio, se divierte jugando con sus sentimientos y denigrando sus intentos por escribir mientras mete mano a las camareras y deja embarazada a Claire; Shelley, compañero sentimental de Mary, siente deseo por su medio hermana.
Entre el aristocrático e impostado Byron y el angelical Shelley sólo había una relación intelectual, leemos en ‘El año…’, “cruzada por relámpagos de admiración y de perplejidad”. “Y no es difícil que Matthew Lewis -continúa Ospina- se sintiera atraído por Polidori”.
En pleno asedio por las tormentas, los excitados jóvenes llegados de Inglaterra leen juntos un volumen de historias alemanas de fantasmas, ‘Phantasmagoriana’, que ha traído consigo Polidori. Byron declama con tal intención que las piernas de alguno comienzan a temblar. No contento con eso, propone que cada uno escriba durante la noche su propio relato de terror.
Cualquiera hubiera esperado el prodigio de manos de Byron y Shelley, que eran junto con John Keats los popes de la poesía inglesa de entonces, pero, como indica el poeta y narrador colombiano, “la vida se burla de las convenciones. En esa noche que duró tres días, los grandes poetas fueron apenas instrumentos para que la imaginación visitara a quienes de verdad concibieron las oscuras leyendas de nuestro tiempo”.
Acaso fue porque el miedo hace prodigios y Byron era menos impresionable de lo que le gustaba aparentar, mientras Shelley sencillamente no sintonizó en aquella ocasión la onda correcta. El caso es que nada ha perdurado de lo que los artistas consagrados escribieron esa noche y, entre tanto, como en un aquelarre hecho de frío, cenizas, miedo y erotismo, Polidori alumbró al Vampiro y Mary, a Frankenstein.

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Durante mucho tiempo, ya en el siglo XX, fue la criatura de Mary Shelley la que más juego proporcionó a creadores de todo signo, en especial a los cineastas. La creada por Polidori experimentó un auge a partir sobre todo de la década de 1990, con películas como ‘Entrevista con el vampiro’, y ha dado lugar a una de las sagas literarias y cinematográficas más populares de los últimos años, ‘Crepúsculo’.
El pobre Polidori careció de paciencia para aguardar a que su novela obtuviera la aprobación y la gloria. Le habría salvado la vida conocer que Goethe, gran admirador de Byron, proclamó que ‘El vampiro’ -atribuido en una primera edición al poeta por una negligencia que él se demoró deliberadamente en corregir- era lo mejor que había escrito Byron.
El azar que tanto perturba a Ospina quiso también que la hermana menor de Polidori se casara con el exiliado italiano Gabriele Rossetti, con quien concibió a buena parte de la Hermandad Prerrafaelita: Dante Gabriel, Maria Francesca, Christina Georgina y William Michael Rossetti.
Iba a tener razón Borges al aventurar que algo diferente del azar rige cosas como que Claire Clairmont, la única habitante de Villa Diodati que permaneció ajena a la atmósfera mágica del verano que nunca llegó y que sobrevivió largamente a los hechos, acabara encarnándose en la protagonista de otra obra cumbre de la literatura: ‘Los papeles de Aspern’, de Henry James. Una nueva vuelta de tuerca lo habría llamado el neoyorquino.
William Ospina se demora en recrear la génesis de ‘Frankenstein’ en el seno de Mary Shelley. Ver desde niña los grabados de Blake, que como tantas celebridades frecuentaba la casa de sus padres, haberse criado entre proclamas de anarquismo y feminismo, ser hija de la Revolución Francesa y sus carretones de la muerte, haber sabido de los experimentos del doctor Dippel… todo eso se fue agolpando en el interior de Mary hasta precipitar, esa noche del 16 de junio, en un ser hecho de fragmentos de cadáveres.

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Todos los hombres que moraron en Villa Diodati murieron en el transcurso de los ocho años siguientes. Polidori, que tenía 21 cuando escribió El vampiro, se fue envenenando de la iniquidad de Byron y de la incomprensión de los editores hasta que, a los 25 años, puso fin a su vida bebiendo ácido prúsico, que había inventado precisamente el doctor Dippel, acaso en el castillo cuyo nombre tomaría Mary Shelley para su ‘Frankenstein’.
Mary murió a causa de un tumor cerebral 35 años más tarde de aquel verano que no fue de 1916. Claire sobrevivió 63 años, “cuando ya ‘Frankenstein’ era una de las sombras familiares de este mundo -consigna Ospina-, y el vampiro balbuciente de Ginebra había reencarnado, si el verbo es tolerable, en un conde transilvano”.
La historia de quienes ya eran celebridades antes de recalar en Ginebra adopta los perfiles de una amistad profunda. Byron y Shelley se admiraban vagamente antes de conocerse a orillas del Lemán, pero a partir del encuentro sus vidas cambiaron por completo. Byron, todo pirotecnia, se dejó empapar de la complejidad y la seriedad clásica de su colega; Shelley conoció el espíritu de aventura y la audacia al contacto con la “vida incandescente” de su nuevo amigo.
En uno de los pasajes más bellos de ‘El año del verano que nunca llegó’, William Ospina conjetura que “no sólo se dieron uno al otro una vida nueva, sino que (…) también se dieron la muerte”. Shelley murió en la bahía de La Spezia al aventurarse a una excursión acuática a la que Byron, mucho más calculador de lo que aparentaba, no se arriesgó.
Pero Shelley, el lector sedentario y de convicciones firmes, consiguió convertir a Lord Byron, el aventurero histriónico, el revolucionario de salón, en un héroe real que se decidió a luchar por la independencia de Grecia hasta morir en los pantanos de Missolonghi “convertido en el símbolo de una generación heroica”.
Quizá Byron debía haber muerto en el naufragio y Shelley en el campo de batalla, pero su amistad alcanzó una dimensión legendaria tal que cada uno terminó por morir de la muerte del otro.

Fuente: El Mundo