El sueño de Rosa

Publicado en Dulcineas el miércoles 9, marzo, 2016

En octubre de 1918, Alemania se enfrentaba a la mayor de sus encrucijadas: desde hacía cuatro años morían por cientos de miles sus soldados en los fangos de las trincheras en Francia, Rusia y los Alpes austriacos; eran los últimos días de vida del poderoso imperio de los Hohenzollern, la dinastía de los Kaisers, y en el seno de uno de los imperios más rancios, belicistas y marciales de la historia, se gestaban un gran movimiento social y obrero que tuvo una sola protagonista: Rosa Luxemburgo.

Cuatro años antes, el pueblo alemán se entrega a los brazos de la fiebre bélica azuzada por el nacionalismo. Los germánicos reclamaban un lugar en la historia y en el reparto colonial del mundo, empresa a la que llegaron trescientos años tarde. Por ello, espoleados por el parricidio que desataron los disparos del serbio Gravilo Princip en contra de la humanidad del Archiduque Francisco Fernando. Aquel atentado aguijoneo el alma y los rencores nacionalistas y como efecto dominó abrió los frentes de guerra en todo el continente europeo.

Sin embargo, en Alemania no todos estaban de acuerdo con la fiebre belicista. Por entonces, se desarrollaron grandes manifestaciones contra la guerra, tanto en Alemania como en el resto de Europa, organizadas por partidos socialistas. Rosa Luxemburgo, teórica marxista de origen polaco y portavoz del ala izquierdista del partido, llamó a la desobediencia y a evitar la guerra en nombre de todo el SPD. Poco después fue arrestada por este motivo.

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Los sucesos se desarrollaron en cascada: el 4 de agosto de 1914, Alemania declaró la guerra a la Rusia zarista. La decisión fue tomada en el seno de la Asamblea del Parlamento Alemán (Reichstagssitzung) por unanimidad del grupo parlamentario socialdemócrata, con sólo dos abstenciones. En la reunión, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) votó a favor de la concesión de los créditos de guerra que había pedido el gobierno del Káiser y que le permitieron a éste lanzarse a la guerra. También la oposición interna del partido (los futuros espartaquistas), en un intento de ponerse de acuerdo, votaron a favor de los créditos. Lo hicieron conforme a la denominada “paz ciudadana”, un modelo de cooperación entre partidos opositores que ya se había probado en otros países. Se comprometieron, además, a no hacer públicos los conflictos internos del partido durante el tiempo que durara la guerra.

Para el 5 de agosto de 1914, Kart Liebknecht, fundó, junto a Rosa Luxemburgo, Franz Mehring y otros miembros de la izquierda del partido, el Grupo Internacional (Gruppe Internationale) que mantenía las resoluciones del SPD previas a la guerra. Más tarde, en 1916, pasaría a llamarse la Liga Espartaquista (Spartakusbund). Pusieron el nombre en honor a Espartaco, líder de la rebelión de esclavos más grande de Roma.

En marzo de 1916 se produjo la ruptura formal en la fracción parlamentaria del SPD, que llevaría a la escisión del partido en enero de 1917 con la fundación, más tarde, del USPD (Unabhängigen Sozialdemokratischen Partei; Socialdemócratas Independientes). Hasta entonces, los espartaquistas se mantuvieron en el SPD con la esperanza de reconquistar el partido. Por entonces, la guerra se encontraba empantanada en las trincheras y los frentes no se movían un centímetro.

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En 1918, ya con la perspectiva de la derrota a cuestas, estalla la revolución en Alemania. El 28 de enero se declara la huelga general en numerosas ciudades alemanas y comienzan a formarse los Consejos de Obreros. El 31 de enero la huelga es prohibida y se declara el Estado de Sitio, extendiéndose la represión.

29 de octubre de 1918: se producen los primeros motines en barcos de la marina de guerra. Las tropas cansadas de las guerras y la población desilusionada del gobierno imperial esperaban el “pronto” fin de la guerra, que no llegaba. Mientras tanto, en Kiel, el Comando Alemán de la Marina (Marineleitung) planeaba un último ataque. Esta decisión provocó enseguida un amotinamiento entre los marineros involucrados y después una revolución general, que se extendió por todas las ciudades de Alemania. Los marineros fueron reprimidos y encarcelados.

El 3 de noviembre la revolución había comenzado con el motín naval en Kiel. 40.000 marineros y estibadores surgieron a través de las calles y un consejo de trabajadores y marineros asumió el control de la ciudad. El 4 de noviembre la revolución se extendía: las banderas rojas ondeaban en cada barco. El 6 de noviembre, consejos de marineros, soldados y trabajadores tenían ahora el poder en Hamburgo, Bremen y Lübeck. El 7 y 8 de noviembre Dresde, Leipzig, Chemnitz, Magdeburgo, Brunswick, Frankfurt, Colonia, Stuttgart, Nuremberg y Munich les siguieron. No fue hasta el 9 de noviembre cuando se estableció el Consejo de soldados y obreros en la capital, Berlín, anterior centro de la revolución ¡En el Cuartel General del Ejército!

La cabeza del gobierno, el Príncipe Max von Baden se acercó al ministro Ebert y le preguntó: ‘Si yo logro persuadir al Kaiser, ¿Le tengo a usted a mi lado en la batalla contra la revolución social?’ Ebert contestó: “Si el Kaiser no abdica, entonces la revolución social es inevitable. No la quiero – de hecho la odio como el pecado.”

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Pero el Kaiser estaba determinado a esperar. Él había perdido completamente el contacto con la situación y hablaba de la impertinencia de los súbditos hacia su Rey y la necesidad, si fuera necesario, de reprimirlos con ‘¡Bombas de humo, gases, o escuadrones de bombardeo y lanzallamas!’ El general Groener le dijo a secas: “Sire, usted ya no tiene ejército”.

Los soldados armados vagaban por las calles silenciosas de Berlín pero el Kaiser titubeaba, y rehusaba abdicar. La clase dirigente tuvo que actuar rápido cuando el SPD, bajo presión, dimitió del recién nombrado gobierno. Sin retraso, el Príncipe Max, anticipando la respuesta de Kaiser, anunció la abdicación del Rey. ¡Guillermo II quedó asombrado al oír las noticias de segunda mano!

La ola revolucionaria que estaba barriendo Alemania era similar a los sucesos de febrero de 1917 en Rusia. Los trabajadores, los soldados y los marineros tomaron el poder en sus propias manos y los consejos [soviets] espontáneamente formados se hicieron cargo de la situación. Pero el pueblo no diferenciaba entre las diferentes capas de socialistas rivales.

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Las manifestaciones de masas armadas que convulsionaban Berlin, ahora obligaron al aterrorizado Max von Baden a actuar sobre la base de situar a Ebert como Canciller (Primer Ministro).

Poco tiempo más tarde, cuando Scheidemann estaba ocupado en comer sopa en el restaurante del Reichstag oyó ruidosos gritos de las masas afuera. Corrió para el balcón y espontáneamente anunció que Ebert era ahora Canciller. Entonces, como si se le acabara de ocurrir, gritó ‘¡ Larga vida a la Gran República Alemana!.

El 11 de noviembre, los espartaquistas formalmente cambiaron su nombre de Die Internationale Group por el de Liga Espartaquista y se habían marcado nuevos rumbos en las negociaciones con los sindicatos revolucionarios y el USPD. Aunque tenían una influencia mucho mayor que lo que reflejaba su afiliación, los espartaquistas tuvieron un muy limitado papel en los consejos, que se redujo principalmente a Brunswick y Stuttgart – no tenían a nadie en el Ejecutivo de los consejos en Berlin.

A últimos de noviembre, el Alto Mando Alemán en connivencia con Ebert, planeó ocupar Berlin con tropas leales para establecer un gobierno fuerte. El general Groener más tarde explicaba: “Diez divisiones van a marchar a Berlin para arrebatar el poder de los consejos de obreros y soldados. Ebert estaba de acuerdo con esto … desarrollamos un programa para limpiar Berlin y desarmar a los espartaquistas”.

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Las tropas de Groener comenzaron a llegar a la capital, bienvenidas por Ebert. Pero en un pequeño espacio de tiempo comenzaron a fraternizar con los trabajadores radicalizados de Berlin. La clase dirigente se vio forzada a esperar pacientemente su momento.

El 23 y 24 de diciembre hubo choques entre el ejército regular y los marineros amotinados en Berlin. El gobierno había exigido que el 80% de las tropas navales fueran licenciadas y su cuartel general evacuado. Su negativa condujo al gobierno a usar a las tropas contra ellos, lo que resultó en 67 muertos.

A finales de diciembre, bajo el impacto de la Revolución Bolchevique, la presión interna de la Liga Espartaquista la obligó a transformarse de una organización federal autónoma en un partido comunista centralizado.

En Berlin, a principios de enero, existía un estado de crisis. Los tres ministros del USPD acababan de dimitir del gobierno. Habían comenzado a circular rumoress sobre un golpe, la campaña de la ultraderecha contra los Espartaquistas estaba en plena actividad, y un ambiente de ansia y frustración comenzaba a desarrollarse entre los trabajadores avanzados. Después de su formación, el Partido Comunista de Alemania comenzó a dirigir una campaña implacable contra el Gobierno Social Demócrata y por la necesidad de extender y completar la revolución socialista.

El 15 de enero Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fueron arrestados por oficiales reaccionarios del Freikorps. Ambos fueron llevados al cuartel general de la División de Guardias de Caballería para “una investigación”. Liebknecht fue el primero en ser ‘escoltado’ afuera y en ser disparado, supuestamente tratando de escapar. Luego Rosa Luxemburgo fue conducida afuera. Según ella dejó el edificio, un oficial usó la culata de su rifle para hacer pedazos su cráneo. Su cadáver fue tirado en el Landwehr Canal, donde no fue descubierto hasta el 31 de mayo. Los oficiales responsables de los asesinatos, con excepción de dos breves condenas, quedaron virtualmente impunes.

Ese 15 de enero de 1919, el culatazo del fusil de un soldado del viejo ejército del Káiser ponía fin a la apasionada y apasionante existencia de una de las figuras más destacadas del movimiento socialista europeo: Rosa Luxemburgo.

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La noche del 15 de enero de 1919 en Berlín, fue detenida Rosa. Uno de los soldados que la rodeaban, le obligó a seguir a empujones. Ella alzó su frente ante la multitud y miró a los soldados y a los huéspedes del hotel que se mofaban de ella con sus ojos negros y orgullosos. Aquellos hombres  se sintieron ofendidos por la mirada desdeñosa y casi compasiva de Rosa Luxemburgo, “la rosa roja”.

Ellos odiaban todo lo que esta mujer había representado en Alemania durante dos décadas: la firme creencia en la idea del socialismo, la democracia, el feminismo, el antimilitarismo, la oposición a la guerra, que ellos habían perdido en noviembre de 1918. En los días previos los soldados habían aplastado el levantamiento de trabajadores en Berlín. Ahora ellos eran los amos. Y Rosa les había desafiado en su último artículo:

«¡El orden reina en Berlín! ¡Ah! ¡Estúpidos e insensatos verdugos! No os dais cuenta de que vuestro orden está levantado sobre arena. La revolución se erguirá mañana con su victoria y el terror asomará en vuestros rostros al oírle anunciar con todas sus trompetas: ¡Yo fui, yo soy, yo seré!».

La empujaron y golpearon. Rosa se levantó. Para entonces casi habían alcanzado la puerta trasera del hotel. Fuera esperaba un coche lleno de soldados, quienes, según le habían comunicado, la conducirían a la prisión. Pero uno de los soldados se fue hacia ella levantando su arma y le golpeó en la cabeza con la culata. Ella cayó al suelo. El soldado le propinó un segundo golpe en la sien.

La noche del 15 de enero de 1919 los hombres del cuerpo de asalto asesinaron a Rosa Luxemburgo. Arrojaron su cadáver desde un puente al canal. Al día siguiente todo Berlín sabía ya que la mujer que en los últimos veinte años había desafiado a todos los poderosos y que había cautivado a los asistentes de innumerables asambleas, estaba muerta. Mientras se buscaba su cadáver, un Bertold Brecht de 21 años escribía:

La Rosa roja ahora también ha desaparecido.

Dónde se encuentra es desconocido.

Porque ella a los pobres la verdad ha dicho

Los ricos del mundo la han extinguido.

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