Nadie quiso a Lee Miller. Ni Man Ray (a cuyas fotos más famosas puso rostro y a quien inmortalizó con su cámara), ni Roland Penrose, pintor y marido estable (que acabaría engañándola), ni el egocéntrico Pablo Picasso a quien retrató con maestría durante muchos años y con quien se acostó en ocasiones, sin compromisos. El pintor hizo lo propio y la pintó en numerosos lienzos. Ellos y muchos otros pasaron por su carne deshinibida sin llegar a su corazón. Como la estatua que abre paso al otro lado del espejo, el papel que le dio el gran Jean Cocteau en The Blood of a Poet.

Ni nosotros, que no hemos hecho justicia (no a su alma) a su obra. Todos cayeron deslumbrados ante su belleza y su talento, su cuerpo libre, desnudo sin prejuicios, sexual, sin ataduras. No existe un biografía decente de Lee. Algo escribió su hijo, pero eso no basta por razones obvias. En ella todo es extremo. Dentro y fuera. Su historia siempre empieza en este punto. Unida a la carne. Una infancia de mierda, inestable, una violación a los siete atribuida a un amigo de la familia (aunque probablemente fue un tío o su propio padre). Su vagina llena de dicloruro de mercurio. Contra la gonorrea. Ella y su madre desnudas eran el tema favorito de su padre.

La fotografía como agresión y, a pesar de ello, como puerta de salida. Todo esto tiene que ver con esa foto en la bañera de Hitler. Es un clímax extraño, surrealista y hermoso como ella, bajo la mirada del tirano, en su espacio íntimo. En cierta medida es el final, pero antes hemos de volver al principio.

Una foto para Vogue, Lee es la segunda comenzado por la derecha. Edward Steichen, 1928

Una foto para Vogue, Lee es la segunda comenzado por la derecha. Edward Steichen, 1928

Antes vino la fama como modelo. Nueva York. El choque fortuito, el milagro, que cruzó a Condé Nast en su camino. Desde ese día decidió llamarse Lee y no Elizabeth. El todopoderoso editor la libró de morir atropellada y poco después aparecía en la portada de Vogue. Una historia tan hermosa que parece increíble. Algo que sólo ocurre en las comedias románticas. Su belleza rompió su corazón con la obsesiva presencia de su padre, pero también fue su salida. Vogue, el escándalo del primer anuncio de compresas en aquella timorata sociedad, Lee radiante, hermosa. Ya no posaba para el progenitor (llamaba a sus mujeres con una campanilla para que se desnudaran ante él) sino para el exquisito Edward Steichen, del que aprendió mucho. Un par de años después estaba ante la puerta del estudio de Man Ray en Montparnasse, a quien pidió que la adoptara como aprendiz. Se quedó con ella, fue su compañera, musa, ayudante, colaboradora. Man Ray no sería nada sin ella, la alegre Lee que enseñaba sus tetas pequeñas y firmes por las calles de Paris (de una de ellas tomaron el molde para las copas de champagne más famosas de la época) y que apoyaba la causa del amor libre defendida los surrealistas hasta que Man Ray se puso celoso porque, en el fondo, se refería a todas las demás mujeres; no a ella. No quería para Lee el mismo rasero de libertad sino el estatus de musa y ella acabó huyendo, perseguida por aquel hombre que se tornó posesivo y desquiciado.

Lee, siempre bajo la mirada de los hombres. Cuando la suya es tan intensa. Dice Juan Pedro Quiñonero, queriendo ser admirativo, en la primera línea de un texto dedicado a ella: “Qué cosa tan bella, la vida de Lee Miller”. No se puede ser más cruel. Es un ejemplo. Siempre ocurre con su presencia, incluso ahora, desde la distancia, es perseguida por la frivolidad. Haber sido modelo de Vogue y amante de artistas famosos es una cruz pesada. Llena, como su vida y su trabajo, de polos opuestos que se tocan. Los dos lados de la cámara, los del arte, los del cuerpo, los de la condición humana. El glamour de la vanguardia y los hornos de los campos de concentración con cuerpos calientes todavía en su interior.

Guardias vencidos pidiendo clemencia (Buchenwald, 1945) Lee Miller

Guardias vencidos pidiendo clemencia (Buchenwald, 1945) Lee Miller

Y su propia mirada. Esta imagen es un ejemplo. De la moda a la guerra. El compromiso. La integridad. La necesidad de entender la naturaleza humana en aquel contexto devastador. Existe un texto (en francés), titulado Las guerras íntimas de Lee Miller, escrito por la historiadora Marianne Amar, en el que pone de manifiesto un hecho relevante en la obra de la fotógrafa a partir de esta fotografía concreta, su punto de vista: “En la inquietud de esas miradas que imploran piedad, temerosas de lo que vendrá, muestra la magnitud de sus crímenes y entreabre la puerta al sufrimiento infinito de las víctimas”, traducción que tomo prestada de este artículo de Virginia Martínez. Su visión artística, incluso en ese momento horrible.

El horror, los cuerpos esqueléticos amontonados, las primeras venganzas. Vogue publicó un reportaje con sus fotos titulado ¡Créanlo! para que todas las mujeres acomodadas de su país se hicieran una idea de aquella realidad tan lejana de sus preocupaciones superficiales. Un guardia esperando ser ejecutado, después de ser apalaeado por los moribundos supervivientes. Otro ejecutado, flotando en el agua. Termina un horror y comienza otro. Del campo de Buchenwald al de Dachau y allí la hermosa joven alemana obligada a suicidarse por sus padres antes de que entraran las tropas aliadas.

Y antes, tras la ruptura, el acoso, los insultos y el descrédito de Man Ray (que, por cierto, se quedó la gloria de inventar la solarización cuando en realidad fue un error de Lee) la huida a Alejandría con Lawrence Durrell y el encuentro con un antiguo amante Aziz Eloui Bey, millonario egipcio, con quien se casó y con aguantó hasta hasta que se cansó de las fiestas y de los hermosos paisajes del desierto. Sobre la arena llega la madurez a sus fotos, libre de la estética surrealista. El Retrato del espacio, que inspiró El beso de Rene Magritte.

Portrait of Space, frame 4, final version, 1937. Lee Miller

Portrait of Space, frame 4, final version, 1937. Lee Miller

Y en 1939, de vuelta a Paris, se une el pintor surrealista inglés Roland Penrose. Otro pastoso con buenos amigos, Max Ernst y Picasso entre ellos, con quien acabó instalándose en Londres, y que pese a ser un pacifista declarado no pudo ya frenar el interés de Lee por la guerra. No logró ser acreditada por ningún medio británico para aproximar su objetivo al campo de batalla y se quedó trabajando para la edición de Vogue y fotografiando Londres, imágenes que finalmente se editaron en un libro que lleva por título Grim glory, pictures of Britain under fire. La entrada de Estados Unidos en la guerra le permitió desembarcar con las tropas aliadas y colarse en Saint-Malo y en París el día de la liberación, aunque la fama como primera reportera de guerra recae en Margaret Bourke-White. Y llegamos al principio de este texto. Y al final.

László Bardossy, Fascist ex-Prime Minister of Hungary, Facing the Firing Squad, Budapest, Hungary 1946

László Bardossy, Fascist ex-Prime Minister of Hungary, Facing the Firing Squad, Budapest, Hungary 1946

La ejecución del colaboracionista primer ministro húngaro Laszlo Bardossy. Y el fin de la guerra, de la droga de la realidad salvaje, del café, las noches sin dormir; el momento de los retratos por encargo, la traición del amor, el alcohol y el retiro. A mediados de los 50 Lee Miller abandona la fotografía, se niega a ser entrevistada y a que se muestre su trabajo y se dedica a la cocina.

Algún día se hará justicia a la mujer que se bañó bajo la atenta mirada de Hitler.