Tecuichpo-Isabel Moctezuma, la mujer guerrera del último emperador azteca

Publicado en Dulcineas el jueves 9, junio, 2016

“Se me trataba como un trofeo de guerra, a disposición del mejor postor”, narra Tecuichpotzin Ichcaxóchitl, Flor de algodón, la hija predilecta de Moctezuma Ilhuicamina, al recordar los días aciagos del gran pueblo mexica, durante y después de la encarnizada conquista española, dirigida por Hernán Cortés.

Tecuichpo, era hija de Moctezuma, el gran tlatoani de México-Tenochtitlan, de la cual nos llega noticia en tanto su condición noble y su protagonismo indiscutible en la trama de las relaciones de empoderamiento, que tanto aztecas como españoles, manejaban bajo principios compartidos de sociedades gobernadas por hombres.

isabel  mocyezuma

Desde los primeros avistamientos de los “cerros flotantes” (que así definieron los informantes a los navíos en los que los conquistadores llegaron al puerto de Veracruz); Moctezuma se llenó de miedo y con la idea de que los españoles eran la encarnación de sus dioses que venían a tomar posesión del imperio de los mexicas, comenzó a cometer errores garrafales que culminarían con el exterminio de su reinado y su cultura.

Es en medio de esta circunstancia que Tecuichpotzin Ichcaxóchitl, la hija predilecta de Moctezuma, a la par de atestiguar como el pueblo comienza a perder el respeto por su padre y en plena lucha por rescatar el imperio y expulsar a los extranjeros, comienza a recordar su vida como princesa bajo el poderío de uno de los últimos gobernantes aztecas.

La mujer del último emperador azteca nació dentro de los dos primeros años del siglo XVI, su nombre en náhuatl quiere decir “hija del señor”, muy acorde a su origen, en tanto, además de ser hija de Moctezuma, su madre Tezalco, era hija de Ahuizotl, el tlatoani de México, antecesor de Moctezuma, por lo cual, en Tecuichpo su nobleza se confirmaba en ambas ascendencias. La niñez de Tecuichpo trascurrió dentro de la corte de su padre y compartió la gloria del poderío alcanzado por él y sus predecesores, así mismo, gozó del especial cariño que le reservó y del cual existe testimonio, pero también, se sometió a los rigores de la severidad que la tradición y Moctezuma dictaban para la juventud de su nación.

En 1519, Tecuichpo tendría cerca de 18 años y era viuda, en tanto, la habían casado con Atliscaci, hijo de Ahuítzotl, su tío materno, hermano de su madre, quien ostentaba un alto rango militar y murió, probablemente, en víspera de la conquista. En este año, Cortés y sus hombres llegaron a Tenochtitlan, en donde permanecieron por siete meses, de noviembre de 1519 a junio de 1520, en ocupación relativamente pacífica, sólo alterada por la aprehensión de Moctezuma y finalmente, por la matanza que Pedro de Alvarado hizo de nobles aztecas en el Templo Mayor, que ocasionó el inicio de las hostilidades que llevarían al sitio de los españoles dentro del palacio en donde se albergaban, así como a la muerte de Moctezuma.

Cortés dejó constancia en documentos posteriores a esta fecha, que encontrándose Moctezuma herido, le pidió tomara a cargo a tres hijas suyas, que las hiciera bautizar, enseñara la doctrina cristiana, mencionando especialmente a la mayor, la cual, se piensa, se trataba justamente de Tecuichpo. En la huida de Cortes y sus ejércitos, Tecuichpo logró regresar con los suyos. En la ciudad el Consejo eligió como nuevo tlatoani a Cuitláhuac y decidió, al mismo tiempo, su matrimonio con Tecuichpo para legitimar su derecho al trono. La princesa tenía entonces alrededor de 19 años y se casaba, nuevamente, con un tío, ahora hermano de su padre, quien era tlatoani de Iztapalapa hasta entonces y líder del grupo que se opuso al recibimiento pacífico de Cortés y sus ejércitos.

Durante varios meses, desde Tlaxcala Cortés preparó el asalto a Tenochtitlan, Cuitláhuac, hizo lo propio para la defensa de la ciudad, pero lo sorprendió la muerte por viruela, enfermedad traída de España, qué arrasó con gran parte de la población originaria. Tecuichpo, quedó viuda por segunda vez, sin embargo, su protagonismo no terminó ahí, Cuauhtémoc fue elegido nuevo emperador y también legitimó su nombramiento, casándose con ella.

El 30 de mayo de 1521, Cortés le puso sitio a la ciudad, los mexicas y tlatelolcas resistieron los embates armados hasta el 13 de agosto, cuando Cuauhtémoc tratando de romper el cerco, fue sorprendido y aprehendido; iba acompañado por un grupo de leales y familiares, entre ellos, Tecuichpo, para la cual pide a su captores, le respeten la vida. Terminada la contienda, Cortés se estableció en Coyoacán y mantuvo con él a los principales cautivos, desde luego, a Cuauhtémoc y a Tecuichpo quienes fueron bautizados, él como Don Hernando Alvarado Cuauhtémoc y ella, Isabel Moctezuma.

En la fallida expedición a las Hibueras que Cortés encabezó en 1524, sabido es, que ejecutó a Cuauhtémoc, tras acusarlo de conspirar contra él, quedando viuda Isabel por tercera ocasión. Cortés regresó a México el 19 de junio de 1526, retomó sus puestos solamente por ocho días, porque acusado de varios cargos fue sometido a un juicio de residencia. Como último acto de gobierno, Cortés hizo donación de tierras a las hijas de Moctezuma, concediendo a Isabel y sus descendientes los beneficios e ingresos del reino de Tacuba, así como de varias poblaciones más pequeñas. Esta donación sirvió, al mismo tiempo, como dote y arras de Isabel en el matrimonio que Cortés determinó con Alonso de Grado, mismo que se llevó a cabo el 27 de junio del mismo año, otorgándole al novio el cargo visitador general de la Nueva España, con la tarea de garantizar la cristianización de los indios y su buen trato, ordenada por el rey español. Tarea que le ganó la animadversión de aquellos españoles que no cumplieron con el precepto y dio lugar a sospechar un acto criminal en su muerte, ocurrida a pocos meses de su nombramiento en circunstancias poco claras, incluso, algunos autores recientes afirman que Cortés conspiró para matarle.

Isabel nuevamente quedó viuda, pero no libre, su alta condición la convirtió en pieza clave en la configuración de las fuerzas del poder del país en ciernes, se le consideraba la heredera de Moctezuma, tanto por los indígenas que se refugiaban en este menguado residuo de autoridad tradicional, como por Cortés, que la utilizó para ejemplo de sometimiento y control de los vencidos y así, la llevó a vivir a su casa y la hizo su concubina

De esta relación, Isabel quedó embarazada, pero Cortés no estuvo dispuesto a reparar la honra tomada, por lo que la casó con Pedro Gallego de Andrada, un extremeño llegado a Veracruz con Pánfilo de Narváez, quien aceptó cargar con el paquete y con la herencia. Nació una niña, Leonor de Cortés Moctezuma, quien fue entregada por su padre, Hernán Cortés, a su primo Juan Altamirano, que cuidó de ella hasta su matrimonio.

Hacia 1529, nació en Tacuba un hijo varón de Isabel y Pedro, Juan Gallego Moctezuma. Un año después, Pedro Gallego murió de “muerte natural”, como se decía entonces, para descartar cualquier muerte violenta. Cortés no estaba en México, quizá por esto, en esta ocasión, no intervino en la selección del nuevo marido de Isabel: Juan Cano de Saavedra quien era natural de Cáceres en 1502, quien llegó a la Nueva España también con Pánfilo de Narváez, tomar el partido de Cortés y participar en la toma de Tenochtitlan y de otras provincias. Por sus servicios recibió una pequeña encomienda. El casamiento se realizó en la primavera de 1532, Isabel tenía alrededor de 30 años y es significativa su elección para marido de un español sobre un connatural sin presión alguna registrada.

No hay datos de Isabel a partir de este año, solo sabemos del nacimiento de cinco hijos con Juan Cano: Juan, Pedro, Gonzalo, Isabel y Catalina. En julio de 1550, Isabel murió de “muerte natural, por su testamento quedó constancia de su conversión al cristianismo, al menos de manera oficial, al declarar “En nombre de la Santissima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, tres personas e vn solo Dios verdadero que vive e reyna por siempre sin fin, amen. Y a honor y gloria y alabaca de Nuestra Señora la Virgen Maria a quien tengo por mi señora y abogada”.

Isabel al morir tenía cerca de 50 años, de los cuales, 20 correspondieron a su primera vida y 30 a la segunda, conservando estatus y riqueza; tal circunstancia la obligó a someterse a un proceso de aculturación, que al igual que millones de indígenas a lo largo del siglo XVI y aún después, lo vivieron y lo sufrieron, los más sucumbieron en el camino, algunos de ellos arrastrados involuntariamente a su muerte, otros optando por ella, despreciando la derrota y la subsecuente integración como única alternativa de vida; y otros, los menos, lo que sobrevivieron a la conquista, por su fuerza o por su suerte, sobrevivieron, así mismo, al tránsito histórico, dando paso al mestizaje constitutivo de nuestra idiosincrasia actual. Tecuichpo-Isabel se inscribe en esta última categoría, y como muchos más, requirió de un riguroso y doloroso proceso de adaptación para lograrlo. Un pasado detenido, y una nueva esperanza para el futuro… otra historia.