Un ballet holandés rinde tributo a Mata Hari, la pionera del erotismo

Publicado en Dulcineas el miércoles 13, abril, 2016

La Haya, Holanda.- Margaretha Geertruida Zelle amaba los uniformes militares, en especial por las casacas azules de los oficiales. Pero especialmente estaba enamorada del Kronprinz Guillermo de Prusia, último heredero del Imperio Alemán.

Durante su proceso judicial ante la acusación de haberse acostado con la milicia de media Europa y espiar para los alemanes en las elegantes casas de cita de París. Frente a sus acusadores, la que pasaría a la historia como el nombre de Mata Hari, defendió sus debilidades carnales: “Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico”.

No es de extrañar que su matrimonio con el capitán Rudolf McLeod apareciera ante sus ojos como la antesala de un sueño, que muy pronto se tornaría en pesadilla. La joven Zelle tenía entonces 18 años y muchas ganas de zafarse de la vigilancia de su tío en La Haya, con quien se había refugiado tras escapar del colegio.

Una mañana de 1895 encontró este anuncio salvador en el periódico Her Nieuws Van Der Dag: “Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales”. Sólo se pedía una carta con referencias, pero Margaretha añadió una fotografía, convencida de impresionar al capitán.

La cita galante tuvo lugar a la puerta del Rijsmuseum de Amsterdam un día de marzo de 1895. Él tiene 39 años, apostura marcial, un bigote prusiano típico de la época, galones, chaquetilla y sable. Ella, 18, y es una insólita holandesa, morena y de ojos profundos. Resultó inevitable el coup de foudre. Después del almuerzo, el deseo los condujo a un coche de punto.

Nada cuesta imaginar una pasión incendiaria, un enredo de brazos y piernas y, más tarde, unas cartas ansiosas que sellan el amor iniciado. “Qué suerte que los dos tengamos el mismo temperamento ardiente”, escribiría Margaretha en esos días. Tanto ardor acabó en un embarazo y en una boda precipitada sin los fastos que había soñado el pomposo padre de la novia.

En las Indias Orientales holandesas se fraguará la aventura de Mata-Hari. Mac Leod es nombrado comandante del primer batallón de infantería en Java y allí se trasladan ambos esposos con su hijo Norman. Allí nació Louise y empezaría Margaretha a interesarse por las danzas nativas, que le iban a proporcionar largas horas de placer ante el espanto del comandante que empezó a acusarla de disoluta y viciosa.

Lo que antes era hechizo, ahora era perversión, y se desató el infierno conyugal. En una ocasión Mac Leod se quejó a su hermana justificando la animadversión hacia su consorte: “¿Cómo puedo hacer para quitarme de encima a esa maldita sin perder a mis hijos?… ¡Ay! Si tuviera dinero para comprar su consentimiento, pues la maldita hace todo por dinero”.

Ella, por su parte, le tachará de borracho y violento, y le culpará de la muerte del hijo, acaecida en circunstancias extrañas. Años más tarde, Mata-Hari declaraba que no mostraba sus pechos totalmente desnudos porque su ex marido, en un ataque de furia, le había arrancado el pezón izquierdo de un mordisco.

El caso es que en 1902 se separaron. La pequeña Louise se quedó con el padre, y la señora Mac Leod se esfumó sin dejar rastro, hasta que reapareció en París convertida en la danzarina hindú Mata-Hari.

“Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora'”, contaba impávida. Decía que en la pagoda de Siva aprendió los sagrados ritos de la danza.

Con este currículo completamente amañado, unas contorsiones sensuales y misteriosas, y un cuerpo hermoso prácticamente desnudo, a excepción de las cúpulas de bronce que cubrían los senos, se dispuso Mata-Hari a conquistar el mundo desde el Museo de Arte Oriental de París, en una función promovida por el coleccionista Guimet.

Basta con leer la crónica del 18 de marzo de 1905, de La Presse, para saber que los parisinos quedaron fascinados: “Mata-Hari es Absaras, hermana de las ninfas, de las Ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios.”

Ella, entretanto, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía. Tuvo protectores ricos y contratos suculentos en las grandes capitales europeas, aunque fue rechazada para bailar en el teatro Odeón de París, que dirigía el célebre Antoine. Tampoco pudo encajar nunca el desprecio de Diághilev, que no se molestó en recibirla, a pesar de que Mata-Hari lo intentó con insistencia.

Tuvo la mala suerte de estar actuando en Berlín cuando estalló la guerra del 14. Y lo que es peor, tuvo la mala suerte de ser por esas fechas la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Amsterdam y jefe del espionaje de su país. Los franceses no se lo perdonarían.

Lo cierto es que Kraemer piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses. A cambio, naturalmente, de sumas considerables. Tras el regateo, Mata-Hari acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstante en sus afectos, y tal como había hecho siempre con los amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble. Ni corta ni perezosa se ofrece en París al capitán Ladoux, a quien sabe al frente del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés.

A partir de ese momento, Ladoux se dedica a seguir todos sus pasos y a vigilarla de cerca. Una mujer que no puede pasar desapercibida, resulta ser una pésima espía. Si además es propensa a la mentira, al embrollo y a acostarse con cualquier apuesto caballero con tal de que tenga un par de galones, las cosas pueden complicarse mucho.

Pese a estar muy enamorada por aquel entonces del oficial Vadim Masslov, varios años más joven que ella, sus intrincados asuntos de alcoba entre Madrid, Amsterdam y París, acelerarán su caída y su detención acusada de espionaje. En el interrogatorio se volverían contra ella sus últimas andanzas con la milicia: “Desde junio de 1916 habéis entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París.

Así el 12 de julio habéis almorzado con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio habéis vivido con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salisteis con el comandante de Montenegro, Yovilchevich. El 3 de agosto con el subteniente Gasfield y el capitán Masslov. El 4 de agosto os citabais con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzabais con los oficiales irlandeses, Plankette y O’Brien, y el 24, con el general Baumgartem”. El listado continuaba y aquí fue cuando Mata-Hari aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo se acostaba con ellos por placer, no para sacarles información.

Es muy probable que esa fuera la única verdad que dijo en su vida. El tribunal francés la acusó de alta traición y la condenó a muerte sin pruebas concluyentes. En parte, para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes.

Murió con una serenidad inusitada el 15 de octubre de 1917. Vestida y maquillada como para una gran ceremonia, no permitió que le taparan los ojos y miró sin rencor a los oficiales del pelotón de fusilamiento. Nadie reclamó su cadáver.

Una danza para recordarla

Casi un siglo después de ser ejecutada en Francia por espionaje, la legendaria bailarina exótica holandesa Mata Hari revive en un ballet que evoca la vida de esta pionera del erotismo.

El Ballet Nacional holandés honra a este ícono de la sensualidad desbordante y, finalmente, de la traición a partir del 6 de febrero.

Con sus danzas orientales, se la consideró como una de las primeras bailarinas exóticas de renombre.

“Quería hacer un ballet dramático (…) por eso busqué un tema que tuviera un vínculo con la danza”, explica Ted Brandsen, director del Ballet Nacional holandés y coreógrafo del espectáculo.

La idea de crear un nuevo ballet de envergadura germinó hace cuatro años, y cuando Brandsen compartió la idea con el compositor británico Tarik O’Regan, nominado dos veces a los premios Grammy, el proyecto cobró vuelos.

En el espectáculo, de dos horas de duración, más de 60 bailarines aparecen en escena para contar la agitada vida de Mata Hari, y en particular sus años en París, donde tuvo muchos amantes, entre ellos, al parecer, el compositor italiano Giacomo Puccini.

“Mata Hari vivía a una velocidad de locos; queríamos contar su vida de la misma forma”, destaca Brandsen.

La prestación de los bailarines queda realzada por un vestuario de más de 300 trajes, que requirieron tres años de trabajo.

“Tocar tan de cerca la historia de su vida es una oportunidad de conocerla mejor”, dijo a la AFP la rusa Anna Tsygankova, formada en el teatro Bolshoi de Moscú, y encargada de interpretar el papel de la famosa espía.

“Para mí sigue siendo un enigma. ¿Era sólo una bailarina? ¿era realmente una espía o sólo una víctima de las circunstancias? ¿quién puede decirlo?”, se pregunta y nos preguntamos todos, 100 años despúes.