Jarmusch entrega una película perfecta como un palíndromo

Publicado en Magazine el Martes 17, Mayo, 2016

Un poeta llamado Paterson en Paterson (New Jersey). Un poeta obsesionado con la poesía de William Carlos Williams, autor del monumental palimpsesto titulado precisamente Paterson. Un poeta, además de cineasta, llamado Jarmusch perdido en la diminuta inmensidad del planeta Jarmusch (sito ahora mismo en Cannes). Y así. Los palíndromos son adictivos y se contagian entre ellos la enfermedad de la simetría; la perfección tal vez. Por ello, la película que hoy presentó en la Croisette el más veterano y con el pelo más blanco de los directores independientes tenía que ser como finalmente fue: perfecta.Recapitulamos. Jim Jarmusch comparecía con Paterson, protagonizada por Adam Driver. La película narra una semana en la vida de un conductor de autobuses. Se levanta temprano, desayuna cereales, besa a su mujer, camina hasta el trabajo, trabaja, pasea al perro y se toma un una cerveza en el bar. Además, escribe poemas.

Y lo hace sobre la utilidad y belleza de las cerillas, por ejemplo. Y sobre lo mucho que quiere a su mujer, por ejemplo. Y sobre cómo sería la vida si fuéramos peces, por ejemplo. Would you rather be a fish?.Y así, de ejemplo en ejemplo, el director completa una película empeñada en levantar un universo en cada frase; entregada a la labor de reconstruir desde su pulsión más íntima el sentido profundo de cada una de las acciones que configuran una vida cualquiera. Todo importa. Desde el paso cansado de la mañana a la caricia tenue e inconsciente de la piel recién despierta. Toda la película está construida con leves simetrías dedicadas no tanto a recordar la mecánica de lo anodino como como la belleza de lo único. Todo ocurre por primera vez. La película se puede leer como un compendio de toda la filmografía del director de Extraños en el paraíso; siempre pendiente del vacío que se abre al final de cada plano. Y, de alguna manera, lo es de forma consciente desde el momento preciso en que el elegido como inspiración y excusa es el poema de William Carlos Williams que, justo después de la Guerra Mundial, entre 1946 y 1958 se empeñó en encontrar el “idioma americano”. No tanto describirlo como fundarlo, crearlo desde el instante en que es nombrado.

El poema con aspecto de catedral se llamó Paterson, como la ciudad en la que vivía, convencido de que todo lo que sucedía, desde cada acontecimiento histórico al detalle más personal, como las cataratas del Passaic de las que habla, arrastra a su paso cualquier pecio, incorporándolo a su cauce.Pues bien, la película se comporta exactamente igual. Dividida en capítulos, cada acto es un día de la semana. Todo se repite, todo es igual hasta que un poema, o la propia película devenida poema, lo toca. En ese instante, la piel de la pantalla se eriza en un escalofrío tan delicado, tan cálido, tan sorprendente que todo se quiere diferente. Es como si los personajes de Jarmusch que se han pasado tanto tiempo buscando su alma vampirizada por un tiempo extraño (el nuestro) se dieran cuenta de repente de que el misterio de su silencio se encontraba en la brillante inanidad de una caja de cerillas. Es cine que, en efecto, lo ve todo por primera vez. Y lo crea en el momento justo de nombrarlo. Como el poema.

En un momento de la película, Golshifteh Farahani, la actriz que interpreta a la mujer de Paterson, decide que la pareja celebre un éxito rotundo en la venta de muffins con una tarde de cine. En la oscuridad de la sala, el protagonista se detiene en el rostro iluminado de los espectadores. Todos contemplan La isla de las almas perdidas, la película de Erle C. Kenton de 1932 en la que Charles Laughton juega a ser un semidios empeñado en crear criaturas extrañas mitad bestias la otra mitad humanas. Importa el momento en el que las parejas, sin dejar de mirar la pantalla, se dan la mano; se tocan, se reconocen… Y entonces todo cobra sentido. Eso es Paterson, un artefacto diseñado para que las cosas adquieran el tacto de lo real, para que los palíndromos otorguen al mundo el privilegio de la perfección.

Una perfecta Palma de Oro.Amor interracial A su lado, Jeff Nichols presentó Loving. Y, de nuevo, un milagro. Pocas veces Cannes ha dado tanto de sí en tan poco tiempo. Sobre el papel estamos ante la historia real de Mildred y Richard Loving. Ella es negra y él, simplemente pelirrojo. Además, son marido y mujer y, además, se aman. Hay apellidos que condenan. Su caso cambió las leyes del Estado de Virginia que prohibía los matrimonios interraciales en 1967. La Corte Suprema dictaminó que el matrimonio es un derecho natural o inherente. El director se encargó de recordar en la rueda de prensa que en algún Estado la prohibición se ha mantenido hasta el año 2000.La pregunta es: ¿cómo convertir un argumento y un caso tan carne de telefilme de sobremesa en una película de una claridad y belleza incuestionable? Imaginamos que esa cuestión le tuvo que quitar el sueño más de una noche al director de Take shelter. Hasta que lo consiguió.Loving es básicamente un ejercicio de sutileza.

La idea no es sólo evitar los peligros evidentes del melodrama rancio, reiterativo y llorón sino convertir la cotidianidad de una pareja acosada en la piel misma del sufrimiento. Cada plano busca el rigor con desesperación; cada gesto pugna por no escaparse y permanecer en el estrecho margen de la incomodidad rutinaria de vivir día a día con el único deseo de salir adelante, y cada fotograma duele. Pero sin ofender. El resultado es una pieza clásica, conmovedora, extremadamente pudorosa y deslumbrante.Sin duda, se trata del trabajo menos arriesgado de un director que se ha atrevido a reformular géneros desde sus cimientos (Midnight special) o reinventar infancias enteras (Mud). Y por ello, se aprecia aún más la maestría. Lo que consigue es una lección de cine que, de golpe, desnuda el argumento vivido de forma cotidiana en la televisión y en el cine más comercial de que la imagen o es mercancía o está agotada. Falso y ahí está el milagro de Loving para demostrarlo. Por último, la sección paralela Semana de la Crítica experimentó el raro placer (en este caso era placer, sin duda) de ver una película española en su programación. Mimosas es el nombre de la cinta que trae por segunda vez a su director, Oliver Laxe, a Cannes. Primero fue Todos vós sodes capitáns, un viaje iniciático a la textura primaria del cine que mereció con justicia el Premio de la Crítica, y ahora lo hace con un western.

Tal cual. Si se quiere añadir un adjetivo que sea el de espiritual: Western espiritual, pues.La película cuenta la odisea de un grupo de hombres que buscan enterrar a un anciano donde éste último ha dejado dicho. Para cumplir su cometido tendrán que atravesar montañas, huir de ladrones y, ya puestos, intentar dar un poco de sentido a todo esto. Ya saben, la vida, la muerte, la fe, el mito como constructor de realidades… El resultado es una obra que vibra en cada plano siempre tan pendiente de lo que busca como del lugar del que huye. Es cine vocacionalmente diferente que se niega a renunciar al molde de la tradición con la misma fuerza que se dirige hacia lugares nuevos. Cine mestizo, cine envenenado de vértigo. Ahora es el momento de preguntarse por qué el director ha tardado, a pesar de los premios y reconocimientos, casi seis años en su siguiente proyecto.Y así se fue un día pleno, un día simétrico, un día que Jarmusch se lo dejaría contar a William Carlos Williams. El mundo hoy es Paterson.