La Nueva Jerusalén, la última utopía religiosa del PRI

Publicado en Michoacán el viernes 19, febrero, 2016

En las épocas del partido de estado en México, el PRI configuró una estructura clientelar disciplina y cohesionada, para lo cual hecho mano de todos los elementos del aparato de estado que tenía a la mano, para mantener un control férreo sobre militantes, ciudadanos y todos los aspectos de la vida pública.

El sistema de control se dispersaba a través de las diversas organizaciones que el PRI dominaba: CNC con los campesinos; CNOP con los comerciantes y transportistas; CTM con los obreros, etc. Pero quizá una de las herramientas más anómalas e inhumanas, era el control a través de la religión, el cual -por efectos de mantener la apariencia juarista de separación entre iglesia y estado- era completamente clandestino.

El partido nacido de la institucionalización política de la Revolución Mexicana -de la cual no queda ya ni el recuerdo- impulsó la fragmentación de organizaciones religiosas en las comunidades indígenas, con el objetivo de mantener un vasallaje político sobre las etnias. Asimismo, toleró y dio pie al surgimiento de sectas regionales o escisiones del catolicismo -siempre emparentado con el PAN-, para evitar el control de la grey por el clero mexicano.

Una de esas sectas toleradas y controladas por el PRI, es el caso de la Nueva Jerusalén en Michoacán. Durante casi cuatro décadas el gobierno federal y sucesivos gobiernos michoacanos del PRI, han consentido los abusos e ilegalidades de los jerarcas de la llamada Ermita de la Nueva Jerusalén, pese a denuncias de asesinatos, producción, consumo y tráfico de drogas, violaciones, embarazos forzados, cárceles clandestinas y extranjeros sin permiso para residir en México.

La ermita, ubicada a la entrada de la Tierra, a unos 20 kilómetros de Tacámbaro y dos de Turicato, tenía hace 30 años una población de seis mil personas, divididas en dos grandes grupos: consagrados y vivientes; que a su vez se dividían  en lirios, varones, monjes y sacerdotes si eran hombres; y monjitas, cortesanas, doncellas, margaritas, piadosas y pasionarias, si eran mujeres; el color de faldas y velos indicaba su rango y en cuál de las seis colonias tenían sus casuchas.

Algunos hombres eran considerados “encarnaciones” de santos y ángeles, de modo que en pocos minutos de caminata se topaba uno con muchos miembros de la corte celestial, a los que los “vivientes” descalzos, mugrosos, pobres y sin gloria alguna, debían reverenciar.

Los “vivientes” pasaban los días en el atraso y la porquería, luchando contra las pasiones carnales, al margen de toda ley, obedeciendo a papá Nabor y sus secuaces con sumisión y rezando atareados el montón de rosarios necesarios para salvarse.

Para entrar a la ermita era necesario cruzar un puente encadenado, “frontera entre el mundo y la gloria”, y resguardado por judiciales, que también rezaban el rosario.

Cantos, rezos, humo y un olor parecido al de la mariguana, salían todo el tiempo del templo, que los vivientes debían visitar siete veces diarias y del que era fundador y Sumo Pontífice Nabor Cárdenas, nacido en 1910 en Coalcomán, ordenado sacerdote en Morelia en 1935 párroco durante 20 años en Arteaga y Puruarán, y excomulgado en 1973 por el obispo de Tacámbaro Abraham Martínez, quién no creyó su cuento de las apariciones.

De entre los “consagrados”, Nabor seleccionaba a los “pescadores”, cuya misión consistía en recorrer las colonias pobres del país buscando adeptos que eran trasladados a la Nueva Jerusalén, tras ceder a Nabor sus bienes.

Se encargaban también de las peregrinaciones dominicales y de la anual del 7 de octubre santo de la Virgen del Rosario, cuando llegaban a la ermita hasta 500 camiones repletos que pagaban derecho de entrada y cuyos ocupantes debían comprar estampitas, mensajes de la Virgen y rosarios de cuentas de colores que al igual que todos, se colgaban del cuello.

Viejos taxistas de Puruarán platicaron que Nabor empezó a construir la ermita en el cercano cerro de El Mirador, “pero luego nada pendejo, vio que la carretera no llegaba hasta ahí y la cambió…”

Cuando Nabor estaba de buen humor, los peregrinos de más recursos eran favorecidos con mensajes especiales de la Virgen del Rosario, cuya imagen fue pintada por una religiosa con las indicaciones de Gabina Romero, primer vidente y “vaso” de la virgen.

Los mensajes y respuestas que daban santos y hasta personajes de la historia eran increíbles; y variaban con las necesidades nacionales.

En la década de los 90 fue incorporado al elenco el general Lázaro Cárdenas; y su alma era sacada y regresada al purgatorio según convenía a Nabor y a los candidatos del PRI.

Ahí estuvo en su gira de campaña Víctor Manuel Tinoco Rubí, a quien pidió a papá Nabor suplicar a la Virgen que ordenara a los habitantes de la ermita, en su mayoría originarios del estado de Guerrero y sin credencial de elector, que votarán por él para gobernador de Michoacán; así lo hicieron.

Al no impedir que durante cuarenta años fueran violados por los jerarcas de la Ermita de la Nueva Jerusalén los derechos de sus habitantes, los gobiernos priístas fueron cómplices.

Además de jugar con los creyentes, la Virgen del Rosario daba mensajes grabados con voz de ultratumba para informar a Nabor lo que todos pensaban; y quiénes estaban endemoniados y debían ser azotados “para sacarles los diablos”.

Prohibía el libre tránsito, escuelas, radios, televisores, libros, periódicos, tomas de agua domiciliarias y relaciones sexuales, aún entre los casados.

Su principal preocupación era “la pureza, porque aspiramos a ser ángeles y nunca se ha sabido de ángeles con hijos”.

Las pruebas de que era desobedecida abundaban; y se les veía deambular descalzos o dormir en los brazos de sus madres, que alegaban eran producto de milagros; y procuraban no pasar frente a un mural donde un triángulo, un ojo gigante, una oreja enorme y una mano escribiente, advertían “Dios todo lo ve, lo oye y lo sabe”.

Los jerarcas ejercían derecho de pernada, en cuanto las niñas cumplían 12 o 13 años.

Antes de llegar a la ermita, los llamados “vivientes” habían sido vendedores ambulantes, franeleros, albañiles, jardineros, y aunque usted no lo crea, judiciales. Nabor los llevaba a ingenios y campos vecinos. El cobraba sus salarios; ellos aguantaban todo por ganarse el cielo, y eran considerados buenos jornaleros “por sumisos, carecer de vicios y estar acostumbrados a obedecer”.

Con los años y el deterioro físico de Nabor, se incrementaron los conflictos entre los “obispos” que aspiraban a gobernar la ermita y agarrar el suculento negocio que representaban peregrinaciones, ventas de rosarios, estampitas, novenas, salarios y bienes de los “vivientes”.

A su muerte continuaron las ilegalidades consentidas por el poder.