La historia del Viejo Paulino

Publicado en Música el martes 16, mayo, 2017

Por Jesús Solís

Los dioses y los héroes nos han cautivado con sus hazañas desde tiempos remotos. Sin ellos y sus capacidades sobrenaturales, nos aburriríamos en monótonos relatos de eventos indignos de ser recordados, indignos de pasar a la historia y de inmortalizarse en cantos y poemas. Sin la diosa que canta la cólera del pelida Aquiles, sin las musas que cantan la voluntad de Zeus, el mundo sería un error.

Sin embargo, en las cuestiones divinas, el qué y el cómo adquieren la misma importancia. Tanto la proeza como la forma de contarla son elementos indispensables que contribuyen a la gloria del protagonista. Sin el poeta, la gesta se perdería para siempre en la oscuridad de los tiempos. Aquí radica la importancia de los que son capaces de transformar una anécdota en un canto, pues el canto será, si no inmortal, por lo menos duradero; es esta la importancia de Homero, de Hesíodo y del Viejo Paulino.

En una época en la que todos los dioses han muerto, nuestros héroes ya no son los hijos de aquellos, ya no tienen en sí la chispa divina que los impulsa y los justifica: los de ahora son simples mortales que por una u otra característica nos hacen creer en algo más grande que nosotros. Aquí radica la esencia del nuevo “poeta”: Nosotros, contemporáneos, que hemos matado todo lo que era grande –a dios, al arte y a la razón– ¿qué consideramos más grande que nosotros? A la nostalgia, al pasado, al origen.

Los valores de nuestros antepasados, más grandes que los nuestros vistos a través del lente de la nostalgia, son los valores del macho alfa, del todasmías que no se asusta con la violencia porque tal es su forma de vida, del que es violento hasta con sus amigos:

—Adiós don Francisco. —Adiós don José.

—¿Pasó por mi casa? —Por ahí pasé.

—¿Vio usted a mi vieja? —Con ella gocé.

—Pos chingue a su madre. —Pos chínguela usted. 

Don Pepe y don Pancho

           

Acostumbrados como estamos a lo “políticamente correcto”, a lo neutral, a lo que busca evadir a toda costa la ofensa –que en nuestra sociedad de correctillos, la diferencia es una ofensa–, las letras de las canciones de Julián Garza “El Viejo Paulino” nos resultan chocantes, como sacadas de otro mundo en el que interactúan seres míticos, “de los que ya no hay”, es decir, hombres en el sentido amplio de la palabra, hombres que no se preocupan si hieren susceptibilidades, que hablan desde su primitivismo, su originalidad; son cantos sobre un mundo en el que todo está permitido: la ofensa, el instinto, el orgullo de “ser macho”, la misoginia.

Yo aquí bailando con viejas que ni conozco

arriesgándome a que me asalte un pela’o mañoso.

Qué barbaridad, ella echada y yo en lo peligroso.

¿Quién lo va a negar?: le tocó una chulada de esposo.

Las cuatro de la mañana

Estos seres que para el civilizado contemporáneo no son otra cosa que vulgares salvajes, usan el lenguaje de forma distinta, hasta en el saludo se les nota la rudeza, la falta de evolución, de civilidad, y por ello se hablan de esta forma:

Buenos días, señores,

¿cómo están ustedes?

Chinguen a su madre,

hombres y mujeres.

            Y se despiden de la misma forma vulgar, es decir, honesta:

Ya me voy, señores;

se acabó este baile,

váyanse a su casa

a chingar su madre. 

El mono de alambre

Desde luego que la característica principal de nuestro héroe, el enfoque principal de nuestro bardo, va a ser el trato que le da a la mujer, pues en nuestro mundo de equidad ya no se permite la supremacía del macho, que para este ser es natural:

Quisiera a veces, de veras, agarrarte de las greñas,

darte un par de cachetadas y arrastrarte por las piedras

pero todo se me olvida cuando te miro las piernas. 

Todo se me olvida

En resumen, ahora que ya no tenemos héroes divinos a los cuales aferrarnos, ahora que se nos ha terminado toda señal de grandeza, que la medianía reina en el mundo y creemos que no hay a quien cantarle hazañas, los bardos contemporáneos como el Viejo Paulino nos recuerdan que todavía existe un último héroe a quien dedicarle nuestra admiración. Y no sólo le canta, además lo encarna y nos hace tener la esperanza de que tal ser admirable existe. Sí: era cabrón el viejo.

Venía bajando del cerro en su cuaco cimarrón

huyendo de aquel teniente al mando de un pelotón.

Lo que no sabían los guachos es que el viejo era cabrón.

Era cabrón el viejo

 

Créditos de foto: MaloMalverde