103 años del asesinato de Madero y Pino Suárez

Publicado en Magazine el Lunes 22, Febrero, 2016

¿Tendrán la insensatez de matarnos? Nada ganarán,
pues más grandes seríamos en la muerte que hoy somos en vida.

José María Pino Suérez, 20 febrero de 1913.

Así ha sido llamado el lapso de diez días —9 a 19 de febrero de 1913—en el que llegó a su culminación el acoso permanente de que fue objeto el gobierno legítimo y popular de Francisco I. Madero. La legitimidad y popularidad del Presidente no bastaron para protegerlo de los ataques del congreso y la oligarquía porfiristas, la prensa díscola y los antiguos partidarios resentidos.

Las rebeliones de Pascual Orozco y Félix Díaz en 1912 no habían sido más que anuncios estentóreos de lo que sucedería en ese febrero de 1913, triste y aciago para Madero y para México.

Decena Tragica 4La vacilación de Madero en la atención de los principales problemas del país; sus promesas incumplidas; su negativa a reprimir, incluso de manera legal, a sus atacantes; el distanciamiento con Pascual Orozco, Emiliano Zapata y otros antiguos partidarios; su confianza incondicional en Huerta y otros infidentes, y la sucia intervención del embajador norteamericano, Henry Lane Wilson, fueron las causas más visibles de la tragedia.

Enseguida una breve reseña de aquellos diez días aciagos.

9 de febrero. Varios militares se sublevan contra Madero y liberan a Félix Díaz, “el sobrino de su tío”, y Bernardo Reyes, exministro porfirista, que estaban presos por insurrectos. En el intento de toma del Palacio Nacional, Reyes muere a las puertas de éste. Félix Díaz y sus seguidores se apostan en La Ciudadela, a escaso kilómetro y medio.

En una decisión suicida, Madero designa a Victoriano Huerta, ya involucrado en la intriga, Comandante Militar de la Plaza, en sustitución del General Lauro Villar, quien había sucumbido en la defensa del Palacio Nacional.

En los primeros combates hubo cientos de víctimas, la gran mayoría de ellos, civiles.

10 de febrero. Félix Díaz y un agente de Huerta llegan a acuerdos para continuar con la revuelta.

Madero intenta nombrar a Felipe Ángeles como Jefe de la Plaza, pero el Ministro de Guerra impone a Huerta argumentando el respeto al escalafón. En otro acto suicida, Madero accede.

11 de febrero. Félix y Huerta se reúnen directamente en una casa de la colonia Juárez, y el embajador Wilson visita al presidente de la República; le expresa sus simpatías por Félix Díaz y lo amenaza con la intervención militar en caso de cualquier daño que se cause a los extranjeros.

12 de febrero. Se suspende la energía eléctrica en la ciudad.

Huerta disimula para no causar daño a las fuerzas de Félix Díaz, las que continúan amagando a las fuerzas leales a Madero; desea demostrar que el gobierno de Madero es incapaz de frenar la sublevación.

Cunde el pánico entre la población.

13 de febrero. Los cañones de los golpistas destrozan la “Puerta Mariana” del Palacio Nacional.

El embajador Wilson envía al Presidente Taft informes alarmistas y exagerados sobre lo que estaba sucediendo, para promover la intervención.

14 de febrero. A pesar de las artimañas de Huerta, los sublevados ya se encuentran sitiados.

Madero envía una carta al Presidente Taft en la que le explica la situación para prevenir el desembarco en Veracruz de tropas estadounidenses, que ya se rumoraba.

15 de febrero. El embajador Wilson intriga entre el cuerpo diplomático europeo haciendo hincapié en la incompetencia de Madero para resolver el conflicto.

Pedro Lascuraín, Ministro de Relaciones Exteriores, y 24 senadores de oposición solicitan a Madero su renuncia, pero el Presidente los rechaza. Madero, otra vez suicida, permite a Huerta designar a su cómplice y ya conocido sanguinario Aureliano Blanquet como jefe del resguardo del Palacio Nacional.

16 de febrero. Se pacta un armisticio por 24 horas. Los rebeldes lo violan. Madero reclama a Huerta su inefectividad.

Advertido por varios de sus colaboradores de que Huerta está pactando con los insurrectos, Madero, ya en autoinmolación desenfrenada, le ratifica su confianza al traidor.

17 de febrero. Gustavo A. Madero, hermano del Presidente, habiendo comprobado la traición de Huerta, con pistola en mano detiene a éste y lo acusa ante Madero. Huerta niega la traición y le promete al Presidente que en 24 horas detendrá a los rebeldes. Madero vuelve a confiar en él y lo libera.

18 de febrero. Huerta se desenmascara y se pone al frente de la sublevación. Ordena a Aureliano Blanquet que tome el Palacio Nacional.

El Presidente Madero y el Vicepresidente Pino Suárez son aprehendidos. Mientras, Huerta tiende una celada a Gustavo A. Madero en el Restaurante Grambrinus; lo detiene y entrega a Manuel Mondragón.

Una soldadesca de 90 o 100 esbirros, se burla del hermano del Presidente, lo insulta y lo martiriza. Uno, de apellido Melgarejo, con su bayoneta le saca el único que tenía. Gustavo, ciego, lanza alaridos de dolor y desesperación. ¡Cobarde!, ¡ojo parado!, ¡llorón!, le gritaban los asesinos. Finalmente lo masacran con marrazos, espadas y puñales. Ya yerto, su cuerpo destrozado recibió además la descarga de decenas de fusiles. Todavía su pobre cadáver fue mutilado y sus pertenencias despojadas.

19 de febrero. El embajador Wilson convoca a parte del cuerpo diplomático y recibe a los golpistas. Se redacta el Pacto de la Embajada o Pacto de la Ciudadela, en el que se desconoce al gobierno de Madero y se establece un gobierno provisional al mando de Victoriano Huerta. Se dan por terminadas las acciones bélicas. Doña Sara Pérez de Madero y los otros familiares del todavía oficialmente Presidente se refugian en la embajada japonesa. Se echan a vuelo las campanas de la Catedral.

Madero es obligado a presentar su renuncia. Solicita garantías para salir del país con su familia. El Congreso nombra Presidente a Pedro Lascuráin, Ministro de Relaciones Exteriores, quien  designa a Huerta Ministro de Gobernación y éste renuncia de inmediato para que éste último se convierta automáticamente en Presidente provisional. Estaba acordado que oportunamente convocaría a elecciones para que fueran ganadas por Félix Díaz.

Así terminó oficialmente la Decena Trágica, pero no las tribulaciones de Madero, sus familiares, amigos y partidarios.

El 20 de febrero Madero y Pino Suárez permanecen detenidos en Palacio Nacional, acompañados por el valiente embajador cubano Manuel Márquez Sterling, en espera de ser llevados al tren que los conduciría a Veracruz para embarcarse hacia Cuba.

El día 21, familiares y amigos de Madero, y los embajadores de Cuba, Chile y Japón, hacen gestiones ante Wilson para que pida a Huerta garantías para Madero y Pino Suárez. El embajador se niega aduciendo que como diplomático no podía intervenir en los asuntos internos del país.

Huerta ofrece una recepción al cuerpo diplomático, durante la cual Wilson pronuncia un discurso en el que lo halaga profusamente.

Madero y Pino Suárez continúan prisioneros, y acompañados por el embajador cubano Márquez Sterling para evitar que sean asesinados. Madero es visitado por su madre, Mercedes González Treviño, quien le comunica la muerte de Gustavo. El ya expresidente pasa la noche llorando en silencio.

Finalmente, el día 22 Félix Díaz, Manuel Mondragón, Aureliano Blanquet y Victoriano Huerta acuerdan deshacerse de Madero y Pino Suárez, con la anuncia del embajador Wilson. Ya dormidos, fueron despertados y se les informó que serían trasladados a la Penitenciaría. Se les trasladaba en automóviles separados. Cuando llegaron a Lecumberri, Francisco Cárdenas ordenó a Madero que bajara del coche; ante la negativa, lo mató disparándole en la cabeza. Pino Suárez intentó huir pero fue herido y rematado por Rafael Pimienta. Para simular un asalto, se hicieron disparos contra los vehículos. Momentos después, Huerta declaró en una conferencia de prensa que la escolta que conducía a Madero y Pino Suárez había sido asaltada por una turba enfurecida, y que se realizaría una investigación para esclarecer los hechos. Los asesinos fueron recompensados con el pago de dieciocho mil pesos.

Mientras Madero y Pino Suárez eran asesinados, don Porfirio, acompañado de su familia, contemplaba con asombro senil las cataratas de Asuán en las Márgenes del Río Nilo

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