Crónica de un Asalto

Publicado en Perspectiva el miércoles 22, marzo, 2017

Por Rubén Rossovich

 

Era una noche cualquiera en la ciudad de Morelia, Michoacán. En nuestro domicilio había tres personas habitando: mi hermano menor, un amigo y yo.

Mientras platicábamos y gozábamos de la complejidad que sólo una partida de Black Ops II puede ofrecer, mi hermano y yo decidimos que teníamos hambre. Siendo un hogar compartido por tres sujetos en sus 20’s, no había nada de comida en el refrigerador, o la alacena, o en el piso; por lo que velozmente se tomó la decisión de ir por unos deliciosos e increíbles tacos al pastor. El viaje era de aproximadamente ocho minutos al magnífico establecimiento.

Sí, me encantan los tacos al pastor.

Nuestro amigo no tenía apetito así que optó por no acompañarnos. Salimos entonces mi hermano y yo de casa con nuestras carteras y celulares aproximadamente a las 9pm. Éramos “La Comunidad del Taco”.

Tomamos la ruta que siempre usábamos: directo a una avenida principal de la ciudad y luego hacia la gloria. No podía esperar a llegar y percibir el olor de la carne obscenamente naranja.

Vimos al grupo criminal con bastante anticipación, sin embargo, estaban justo en la ruta que era más cómoda de tomar; así que sólo le dije a mi hermano: “aguas con estos güeyes”. Esto, mientras nos dirigíamos directamente hacia ellos. La ironía de los siguientes párrafos se explica sola.

Pasaron máximo 15 segundos desde que nos acercamos cuando los tres sujetos empezaron a gritar, uno me separó de mi hermano a empujones y los otros dos imbéciles se quedaron con él.

En cuanto sus manos ejercieron presión contra mi pecho supuse qué estaba pasando, pero no había mucho que hacer. Recuerdo algo de su educada introducción: “órale hijo de tu puta madre, dame el celular porque soy de la maña y te voy a meter un plomazo”. Estoy parafraseando, seguramente el diálogo original fue más cabrón.

En este punto, me siento obligado a hacer una aclaración: crecí viendo películas de Hollywood donde los héroes siempre tienen una respuesta sarcástica contra las amenazas de los villanos y siempre quise tener una oportunidad de mostrar ese incendiario ingenio en mi vida diaria, pero normalmente cuando me ofenden sólo me enojo y los pensamientos se atoran. No en esta ocasión.

Mientras el sujeto amenazaba estaba empujándome hacia atrás usando sus dos manos extendidas; esto me permitió percatarme de que no contaba con ningún objeto apropiado para “meterme un plomazo” entre sus posesiones inmediatas. Tomando esto en consideración pensé en responder: “¿con qué?”.

No lo hice. Desperdicié mi momento Duro de Matar.

Luego, el criminal terminó poniéndome contra una pared y volteé hacia mi hermano, otro pendejete había salido de no sé dónde y ahora tenía a tres rodeándole. Pelear o correr no era una opción.

El otro cabrón seguía gritando… y gritando… y gritando…

No me molestan las cosas que alcanzan muchos decibeles siempre y cuando esté justificado, como un concierto o la música en una fiesta. Este no era el caso. Era un mocoso revelando su hipotética afiliación con un cártel y su intención de matarme por un celular con la intensidad de una realidad colapsando sobre sí misma. No se callaba.

Desorientado y aceptando mi derrota le dije: “ya, tranquilo”. Sobra decir que no lo tomó de buena manera, me imagino que sentirte muy rudo y que te respondan como lo haría tu abuelita cuando lloras porque no pudiste ver las caricaturas es una de las razones.

Tomó el celular de mi bolsillo y volvió a empujarme contra la pared, como para reafirmarse el colosal tamaño de su pene.

Una fracción de segundo después mi hermano al fin pudo acercarse y el gritón (aprovecharé ésta oportunidad para declarar su apodo criminal como “El Decibeles”) nos dijo: “caminen hacia allá y no se volteen”. Caminamos en esa dirección, curiosamente, era de regreso a casa.

Nos tomamos unos segundos para recapitular qué mierda había sucedido y asegurarnos de que estábamos bien. Ninguno con daño físico.

Alrededor de un minuto después, los Adolescentes Narco Asaltantes pasaron justo en frente de nosotros en su vehículo de huída: una mini van. Así es, los peligrosos criminales “de la maña” estaban usando la camioneta de su mamá para escapar de la escena… Olvidamos checar las placas.

Unos pasos antes de llegar a casa noté algo interesante: El Decibeles olvidó tomar mi cartera. “¿Aún quieres ir a los tacos?”, le dije a mi hermano sonriendo como idiota al considerar una victoria el aún traer mi efectivo.

“No”.

La carne naranja con piña en la cima se quedó girando sola y oliendo deliciosa…