Día Mundial del Libro o el poder de la palabra

Publicado en Perspectiva el sábado 23, abril, 2016

Dicen que la palabra es el reemplazo inevitable en “cualquier forma de actividad, conducta o proceso que involucre signos y la creación de un significado” (semiosis). Una imagen podrá valer por un millar de ellas, pero esa es una certidumbre que solo puede ser expresada con palabras.

“La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”.

Luis Cardoza y Aragón

De esa condición proteica del término se nutre la poesía (de la voz griega para “creación”), se nutren también no pocas cosmogonías que hacen de la palabra el origen de todo lo creado.

De la realidad a la ficción

Hacia octubre de 1915 la revista “Die weissen Blätter” publicó un relato cuyo inicio marcaría para siempre el rumbo de la literatura occidental en el siglo XX. “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”.

Tras aquella ficción, en la que se develaban en clave literaria experiencias personales del autor, se encontraba Franz Kafka, un escritor de origen judío cuya obra posterior se vertebraría en torno a situaciones absurdas, irreales, en las que desaparecían por completo las reglas vulgares de la cotidianidad para dar paso a un mundo sometido a principios arbitrarios que el protagonista nunca llegaba a conocer. Hoy, gracias a él, describimos una realidad así con un solo adjetivo, “kafkiano”, extraña forma de trascendencia para quien dejó instrucciones precisas a un amigo sobre qué hacer con todos sus manuscritos: condenarlos a la hoguera del olvido.

En pareja gloria abreva el creador de esa obra maestra de la literatura italiana que es la “Divina Comedia”, un extenso poema de Dante Alighieri, colmado de alegorías y misticismo, donde el autor describe su tránsito por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. En la primera de las cánticas, Dante conoce los nueve círculos del Infierno y a quienes lo habitan por no haberse arrepentido de sus pecados. Su vívida descripción de los castigos y torturas que padecen los penitentes —las picaduras de avispas que abruman a “los indiferentes” mientras corren desnudos, la brea ardiente en la que están inmersos los “estafadores”, las heridas por espada que reciben continuamente quienes en vida sembraron discordia, la cabeza de Judas que mastica “ad eternum” Satanás…- hicieron de la voz “dantesca” no solo un término relativo al poeta toscano y a su obra, sino también un adjetivo con el que se describe “una escena, una imagen o una situación que causa espanto”.

De la ficción a la realidad

El 17 de enero de 1775 Richard Brinsley Sheridan estrenó en Londres, su primera obra teatral, “Los rivales”, una comedia de costumbres en cinco actos que si bien tuvo de inicio una pésima recepción con el tiempo acabaría siendo considerada una de sus obras maestras.

Muy pocos recuerdan hoy al señor Sheridan; y si su estreno como dramaturgo ha pasado a la historia del teatro ello se debe menos a las virtudes del texto que a una de esas extrañas formas que adopta la trascendencia literaria. La señora Malaprop, un personaje secundario de la obra, que confundía palabras de sonidos semejantes y terminaba por decir cosas diferentes a las que quería expresar, sirvió para dotar a la lengua inglesa de un nuevo sustantivo, “malapropism”, con el que se define “el uso incorrecto de palabras parónimas”. “Me puso entre la ‘espalda’ y la pared” o “quiero que me pagues con dinero ‘cantante’ y sonante” apenas si son un par de ejemplos de ello.

Resulta innegable que tales dislates, u otros por el estilo, existían antes de Sheridan y su señora Malaprop, pero la fuerza del personaje obró el milagro de convertir en referente cultural lo que nació sin ese objetivo en la imaginación del autor, prodigio también logrado por autores como Rabelais, Switf y Cervantes. Al francés debe el idioma un adjetivo que se aplica “a las cantidades excesivas de comidas en relación con el número de comensales”. Cenas así habían existido antes de François Rabelais, pero con Pantagruel, el personaje principal de la obra a la que además sirve de título, el idioma francés dispuso de otra palabra, “pantagruélica”, para designar a lo desmesurado y exorbitante. Lo mismo sucede con el irlandés Jonathan Switf, quien convirtió a los habitantes de la ficticia isla de Liliput en arquetipos de las personas “extraordinariamente pequeñas” (el término también se aplica a un queso típico de Polonia). Cervantes, por su parte, dio al mundo un protagonista cuyo comportamiento detalla el de una persona “que obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas. “Quijotesco”, “quijoterías”, son hoy sinónimo de “idealista” y luchar, como el manchego de la ficción, “contra molinos de viento”, una expresión de alude a batallar contra enemigos imaginarios.

Existe una forma de trascendencia literaria que busca el reconocimiento: el de los críticos, el de los lectores. El fervor de los lectores cambia con las épocas, como lo atestigua el polvo de la desmemoria acumulado sobre la obra de no pocos recompensados con el Premio Nobel. La subjetividad de los críticos ha hecho del “Fausto” una obra maestra para los alemanes mientras que en otras latitudes es considerada “una de las formas del tedio” (la observación es de Borges).

Puede que me equivoque, pero no encuentro una forma más hermosa de trascendencia literaria que la lograda por los escritores referidos: ofrecerle al idioma que sustentó sus libros el modesto tributo de una nueva palabra.

Después de todo, “en el principio era el Verbo”.