El veganismo y sus límites políticos

Publicado en Perspectiva el Miércoles 20, Abril, 2016

Por Fabrizzio Guerrero

En ciertos círculos de la Ciudad de México, y en menor medida del resto del país, han comenzado a proliferar espacios veganos y vegetarianos que comprenden desde puestos de comida callejera, pasando por tiendas de productos vegan-friendly, hasta llegar a verdaderos centros de reunión  de una incipiente pero cada vez más real comunidad veggie –y, si no me creen, visiten algunos de los puestos de tacos y tortas de carnitas veganas que ya proliferan–. Dicha comunidad se mantiene todavía muy concentrada en barrios como La Roma, La Condesa o Coyoacán pero lentamente va extendiéndose a zonas menos hipsters.

Sin embargo, el veganismo es visto por muchos como una suerte de estética culinaria que exhibe los patrones de consumo de un sector socio-cultural más o menos acomodado y no tanto como una ética de la alimentación que se engarza con preocupaciones ambientales legítimas. Es decir, se le percibe más como un movimiento de niños y niñas bien y no tanto como un movimiento de carácter político y ético; se le figura como un discurso moralizante que emana de cierto privilegio que se permite juzgar a propios y extraños alegando un compromiso con el bienestar animal que termina por metamorfosearse en un etiquetamiento de aquellos que son “conscientes y progres” y aquellos que no lo son.

Quizás ello se debe a la forma en la cual se ha articulado el discurso vegano hasta ahora. Por un lado, ser vegano ha comenzado a ser un elemento identitario que marca no solo cierta pertenencia a un estrato social que se presume crítico sino que, además, se estructura en términos de un sector del mercado que no únicamente es pudiente sino que aspira abiertamente a ser verde –ecológicamente responsable y comprometido con el bienestar animal–. Por otro lado, el veganismo suele ser presa de cierto chovinismo de tintes imperialistas que sufre de lo que algunos filósofos ambientales denominan el síndrome del “Alma Bella”; este término, acuñado por Hegel, remite a esta estetización del propio sujeto vegano que inadvertidamente se beatifica a sí mismo.

Con respecto a lo primero, su cada vez más clara relevancia identitaria, se podría observar, por ejemplo, que no es un accidente que haya cierta asociación entre las juventudes urbanas cercanas al feminismo y el colectivo LGBT y el veganismo. O entre este último y cierto liberacionismo animal que defiende a gatitos y perritos maltratados mientras ejerce una misantropía característica de ciertas clases medias. O, finalmente, entre el veganismo y las culturas del cuerpo, la salud y el ejercicio auto-creativo –el yoga, por ejemplo– que se gestan bajo el amparo tanto del New Age como de la cultura de la medicalización que nos arroja a todos a vivir bajo el imperativo de la salud.

Todos estos son distintos veganismos. Y es que no es lo mismo ser vegano por motivos espirituales que nos hermanan con los animales a ser vegano por motivos que invocan a la salud. Ni tampoco es esto equivalente a ser vegano por razones que aducen la dignidad animal o, incluso, los vínculos entre el especismo y el racismo o sexismo. O, ya de plano, las relaciones entre el consumo de carne y el calentamiento global, la pérdida de suelos y el enorme costo ecológico de producir un kilogramo de carne.

En todos estos casos el veganismo se vuelve un elemento identitario cada vez más central en la vida de los sujetos. Se traduce, incluso, en una suerte de habitus que moldea no solo qué comemos sino dónde y con quién comemos; puntos que en cualquier caso están atravesados por dinámicas económicas y socioculturales. Y, a través de esta práctica alimenticia cruzada por identidades, se configura un sujeto que no sólo ejerce sobre sí cierto auto-cuidado sino que se reviste a sí mismo de una serie de imperativos morales que miran con recelo –o con clara distancia– a aquellos cuya alimentación no se ve estructurada por esos mismos imperativos morales.

Cabe aclarar que ese auto-cuidado, esa producción del Yo, no únicamente opera al nivel del cuerpo y la salud sino en términos de la construcción de un sujeto ético que, de menos, vela por su propio bienestar físico o, en la mayoría de los casos, busca activamente expandir la esfera de cuidado moral para incluir a animales no humanos. De nuevo, recalco, los motivos para llevar a cabo esta expansión moral son varios y pueden verse justificados por una variedad de posturas de abarcan desde el New Age, ciertas prácticas religiosas, el combate a todas las formas de opresión, un militante compromiso con el liberacionismo animal y/o el ambientalismo.

Sea como fuere, es claro que el veganismo expresa una crítica a las relaciones que tenemos tanto con nuestros propios cuerpos como con otros seres vivos –los animales no humanos– pero esta crítica nace de elementos culturales específicos y de privilegios que permiten actuar en consecuencia. Al configurar un sujeto que se comprende a sí mismo a la luz de este prisma, se corre el riesgo de perder de vista las condiciones de posibilidad y coherencia de tal práctica; se corre de igual manera el riesgo de edificar una imagen idealizada del Yo que termine por descalificar a los no veganos, que lleve a señalarlos como “los malos”.

Es aquí donde opera el síndrome del Alma Bella. Uno comienza a pensar que uno mismo es el ejemplo de un alma bella que conjunta en sí buenas prácticas y buenos valores. Uno se romantiza a sí mismo y se eleva por sobre los demás. Uno se erige a sí mismo como el estándar de medida de aquello que es correcto. Uno se declara “más allá de la decadencia de este mundo”, se exculpa a uno mismo de tales o cuales problemas y se los achaca a “los otros”. El síndrome del Alma Bella no es desde luego privativo del veganismo, lo encontramos en muchos núcleos de activistas que inadvertidamente descalifican o menosprecian a los que no comparten sus prácticas y valores.

Si el veganismo busca evitar ser presa de tal síndrome, tendrá que permitirse una crítica mucho más radical de la que normalmente se encuentra en estos círculos. Y es que una cosa es no consumir productos de origen animal y otra es ser un paladín de la justicia. No lo digo por contradicciones más o menos evidentes, por ejemplo, el hecho de ser vegano pero ejercer un claro privilegio de clase, de género, de “raza”, de lenguaje, etc. como condición de acceso a esta ya descrita comunidad veggie.

Lo digo porque el consumo de algunas alternativas a los productos de origen animal no termina de romper con prácticas agropecuarias de alto impacto ecológico –los monocultivos con agroquímicos y fertilizantes– y que son solamente viables dentro de esquemas capitalistas de producción; esquemas que el ambientalismo ha denunciado una y otra vez no sólo porque no producen más comida sino porque degradan el ambiente de formas más veloces.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la producción en masa de soja transgénica que no sólo conduce a la pérdida de bosques y selvas sino que demanda altos insumos en términos de capital y tecnología y que, por tanto, sólo es posible cuando el campo es entregado a grandes empresas en detrimento del pequeño productor.

¿De qué sirve ser vegano si se compran alternativas extraídas de monocultivos que fueron sembrados y cosechados por consorcios transnacionales que muestran que el despojo de tierras descrito por el marxismo aún no ha terminado? ¿De qué sirve ser vegano si los productos que se consumen son traídos desde zonas sumamente remotas, generando una huella ecológica innegable en ese acto de traslado?

Si el veganismo se articula como un mercado verde que proporciona productos de lujo a una comunidad elitista, entonces claramente ha fallado como una apuesta ética no sólo porque reproduce mecanismos sociales de opresión sino porque el costo ecológico de tal mercado de hecho no disminuye el sufrimiento animal ya que la pérdida de ambientes así ocasionada implicará la muerte de millones de pequeñas criaturas.

Yendo aún más lejos, el veganismo es presa de un chovinismo imperialista del que casi nunca es consciente. Presupone que es posible dejar de consumir productos de origen animal y dar pie al consumo de productos alternativos que son, las más de las veces, más caros. Ello es perder de vista el propio privilegio de clase. No todos pueden darse ese lujo. Pero, adicionalmente, esto ejemplifica una ceguera cultural muy propia de las sociedades occidentalizadas: si el veganismo supone que el respeto se articula de una y sólo una forma, entonces es claramente incapaz de concebir una sociedad multicultural. ¿Qué pasa con el respeto que el cazador tiene con su presa en algunas de las Primeras Naciones de Abya Yala –es decir, América–? ¿Por qué ese acto habrá de ser juzgado como equivalente al hecho de matar vacas en un rastro?

A lo que voy es que el respeto al otro depende de cómo se entiende lo que es el respeto y esto no es un invariante cultural. Presuponer que la dignidad animal es la que el veganismo decreta es ejercer una ceguera ante otras formas de respeto propias de otras culturas. Y con esto no quiero otorgar una licencia que, en nombre de la diversidad cultural, permita atrocidades como la tauromaquia o las mega-granjas de pollos.

El reto del multiculturalismo es otro. ¿Cómo conciliar las siguientes tres proposiciones? Primero, el respeto no es una noción culturalmente invariante sino que se aterriza en prácticas diferentes dependiendo del contexto histórico y social. Segundo, el dolor del otro –y su muerte– no es nunca del todo subsumible ante nuestros propios valores; el respeto al otro implica un encuentro entre mundos porque tiene que conciliar la coherencia de nuestras acciones ante nuestros ojos con la forma en la cual el otro comprende su propio bienestar.

Tercero, las condiciones que hacen posible el respetar a otros no son igualmente accesibles para todos; en parte porque demandan comprender mínimamente al otro o emprender acciones alternativas que pueden resultar más costosas, acciones que están ellas mismas condicionadas por diversas posiciones sociales.

Si el veganismo aspira a ser un movimiento ético y político, deberá articular alguna clase de respuesta que reconcilie estas tres proposiciones. De lo contrario, seguirá siendo una estética culinaria que exhibe los privilegios, incluido el privilegio del etiquetar al otro en términos morales, de cierto sector de nuestras sociedades.

Hace poco, en una de esas muy raras discusiones en las redes sociales –que de hecho permiten el pensar colectivo–, me encontré con un reto interesante que partía de un argumento por analogía. Dicho argumento comparaba al veganismo con la masculinidad. Señalaba que, incluso si no todos los hombres son machistas, lo cierto es que la masculinidad –en sus configuraciones actuales– no parece articulable más allá del patriarcado; esto es, que la masculinidad produce una serie de privilegios que institucionalizan ciertas formas de violencia y que dichos privilegios son constitutivos de las masculinidades que el patriarcado ha construido. Bajo esta lógica la masculinidad no puede sobrevivir al patriarcado porque le es consustancial.

(Fuente: Horizontal.mx