En defensa de Marcelino Perelló ¿se podrá?

Publicado en Perspectiva el jueves 27, abril, 2017

Por Rodrigo Santillán Cárdenas

 

Para empezar y para que quede claro: no vamos a defender aquí las evidentes y groseras posturas misóginas de Marcelino Perelló, ni tampoco avalamos su actitud de desprecio hacia el empoderamiento de las mujeres. Pero tampoco nos vamos a trepar al linchamiento, la cometario facilón ni la actitud hipócrita que se amancebó en contra del ahora ex académico de la UNAM.

Para quienes desde hace años escuchamos los programas de Radio UNAM, ya sea en la frecuencia analógica o por internet, no es un secreto que en su programa de “Sentido Contrario”, Perelló se la pasa comentando sandeces, haciendo análisis superfluos y esbozando actitudes que rayan en la  más repudiable misoginia y posturas retrógradas. Solo hasta ahora, que se viralizaron sus deleznables comentarios respecto la denuncia de Daphne Fernández contra los Porkys, fue que se puso al programa de Perelló en el ojo del huracán.

Las frases del ex integrante del Movimiento Estudiantil del 68, retrata su mente enferma: “Eso de que te metan los dedos tampoco es para armar un desmadre estrepitoso (…) si no hay verga no hay violación”.

Después de esos comentarios, las redes sociales se erigieron en el tradicional patíbulo incendiario, desde donde se pidió el cadalso y la persecución en contra de Perelló. A las pocas horas, Radio UNAM decidió cancelar su ya de por sí sesgado y poco escuchado programa, y a los días, la Facultad de Ciencias, en donde impartía clases, optó por suspender su programa académico, hasta que las aguas se tranquilicen.

En un primer momento, Perelló guardó silencio, pero a las dos semanas de haber salido del aire, el académico dijo en una entrevista con Ciro Gómez Leyva, que por el momento ya no seguiría impartiendo sus clases. “Se me pidió que dejara de dar clases en la facultad, debido al peligro que existía de que hubieran agresiones físicas”, comentó.

Previó a esto, surgieron una infinidad de voces condenando sus dichos: desde políticos, académicos, periodistas, alumnos y hasta el Comité 68 ProLibertades Democráticas, optó ya por desconocer a su antiguo compañero de bregas y víctima de represiones autoritarias.

Las redes sociales demostraron –una vez más- su capacidad de influir en la vida real, pero a su vez, exhibieron-también una vez más- el talante autoritario y la más manida hipocresía en la que se suelen manifestar muchas de las posturas controversiales en este país.

Sin duda Perelló exhibió lo peor de su persona, e inmoló con su lengua su trayectoria y su pasado de líder estudiantil. Pero el viejo académico, en los pocos foros que se le han abierto para exponer su versión de los hechos: con Gómez Leyva, Perelló ofreció una disculpa a quienes se ofendieron por sus comentarios, pero dijo no arrepentirse de haberlos hecho. También mantiene su creencia de que una violación solo se puede clasificar como tal si hubo penetración anal o vaginal con un pene.

Hasta aquí, la santa inquisición digital tiene razón: Perelló es culpable y debe sufrir el descrédito, el desprecio y el cese laboral por sus comentarios.

Sin embargo, en el juicio sumario de las redes sociales, se pasa por alto que es fácil colgar a una persona de lo más alto del patíbulo, claro desde la comodidad de un Smartphone, de un Ipad, de una computadora y desde el anonimato que permiten las redes sociales.

Asimismo, en muchas ocasiones, la radicalidad de una postura se responde con la misma verticalidad y el mismo nivel de odio contra quien lo dijo: si Perelló fue un misógino, también se erigieron voces que pedían las penas más graves, con un gran dejo de misandria y/o androfobia, la cual nunca es exhibida como tal.

Las redes sociales en la actualidad están demostrando su talante más totalitario, la mayor de las cerrazones, y se advienen en un sanedrín hipócrita, en donde es fácil lanzar acusaciones incendiarias, muchas veces falsas, y que en realidad sirven para ocultar actitudes reaccionarias y  obcecadas.

El escritor, director de cine y periodista David Trueba, dijo hace poco que en las redes sociales hay una “tentación totalitaria” de impedir a los demás que se expresen de forma diferente a la de uno mismo y se pregunta por qué hay “un ejército de débiles al servicio del fuerte”.

Las redes transformaron las llamadas mayorías silenciosas, en mayorías estridentes, en donde sin el menor rigor y mucho menos con sentido común, un ejército de opinadores se asumen como jueces y tribunales, y a la menor provocación condenan aquello que no les parece, o simplemente se suben al tren del mame y despotrican sin saber siquiera del tema que se está tratando.

Esa horda que enciende antorchas y condena a actores públicos, o incluso a personas que han sido víctimas de diversos delitos – como fue el caso de Karla Saldaña, quien falleció en el terrible choque en la avenida Reforma y a quien los usuarios de redes la lincharon y la llamaron putita– y asumen posturas ideológicas, morales y hasta políticas, para dictar lo socialmente correcto.

En conclusión: no fue posible defender a Marcelino Perrelló. Pero también, es más que evidente que nos encontramos en la edad media digital, en donde los habitantes de las redes sociales son igual de supersticiosos, prejuiciosos, temerosos, ladinos, discriminatorios e hipócritas que aquellos que mandaban a mujeres y judíos a ser condenados en la hoguera. Al tiempo.