Historias universitarias: La legendaria Generación del 13 en Morelia

Publicado en Perspectiva el viernes 15, julio, 2016

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Entonces el Colegio de San Nicolás vivía días agitados. Desde inicios del siglo los detentores de las ideas más adelantadas prevalecían en las charlas y utilizaban al positivismo y sus respectivas ideas de progreso inevitable y permanente de la raza humana como bandera. Cuba había pasado del dominio español al dominio estadounidense. Los imperios ruso y japonés perdieron a miles tras las ambiciones imperialistas de ambos. El mundo se movía. El Colegio también debía moverse.

Las facultades de todas las áreas hervían en luchas, manifiestos, contramanifiestos, cartas abiertas, sentencias y argumentos de todo tipo, contrarrestadas limpiamente por otras luchas, manifiestos, cartas abiertas, sentencias y argumentos. Las ideas políticas de izquierda, basadas en el más estricto racionalismo materialista, se abrían el paso para generar los nuevos tiempos, y apenas avanzado un tramo recibían también el rechazo de muchos.

De uno y otro bando se erguían defensores, que enriquecían –a palabras, a golpes– la discusión. Los estudiantes michoacanos tenían sus propias querellas. Entonces, a principios del siglo XX, el Colegio de San Nicolás vivía sus últimos días de romanticismo para dar paso a la razón. Adscribiéndose a la corriente en boga por la época, todos los estudiantes pertenecían a la escuela positivista. Desde temprano destacaron varios.

Había poetas que escribían de política y prosistas en la poesía. Los políticos se unían a vanguardias artísticas, los estudiantes no estudiaban y otros se convertían en soñadores de todo tipo. La energía juvenil se desbordaba. Hacían falta muros en las sedes estudiantiles, papel para las revistas y espacio en las conferencias para dar abasto.

Había que canalizar ese laberinto. Desde sus inicios la Flor de Loto, la revista literaria dirigida por Isaac Arriaga, Cayetano Andrade, Felipe Calderón y Francisco Romero, con el apoyo de otros amantes de las letras como Francisco Mújica, Rubén Romero, Agustín Arroyo y Jesús González Valencia, dieron resguardo a cada alma poética y política que quisiera hacerse parte de la marcha de los tiempos. Por esos años esos fundadores fueron los alumnos más destacados. Más tarde pasarían a la historia como La Generación del 13, la legendaria.

De la mano con la fama

Los estudiantes estaban inconformes. El gobierno de Porfirio Díaz se alargaba y con él se alargaba el impulso al empresariado y el comercio y no a las áreas que a ellos urgían. Las tareas urgentes que encargaba el socialismo quedaban postergadas cada año, y había que hacer algo. En el seno del grupo pronto germinó la idea política anti reeleccionista y sus integrantes se cuadraron contra don Porfirio.

Mientras, el proselitismo no cesaba. El 12 de noviembre de 1910 los estudiantes –Arriaga, Andrade y Sidronio Sánchez Pineda a la cabeza– marcharon por el centro de Morelia para protestar contra los Estados Unidos tras el linchamiento en Texas del mexicano Antonio Rodríguez. Los discursos fueron vehementes, y el patriotismo rojo de los entusiastas acarreó la ira del gobierno porfirista. Para ese año los estudiantes ya tenían bien ganada fama en la ciudad. La voz de los directores de Flor de Loto se hacía sentir en todo acontecimiento de resonancia en el Estado. Desde el interior muchos llegaban a ellos para buscar apoyo. Desde la ciudad muchos se cuidaban sabiendo lo que se les venía si decidían enfrentarse a ellos.

La popularidad trajo consecuencias. Los intereses superiores del país necesitan del apoyo de todos y cualquier oposición es un acto de antipatriotismo, clamaba la autoridad. México necesita voces punzantes que enriquezcan la política para que el progreso llegue a los sectores más desposeídos, clamaban los estudiantes. Previendo que se decía cortar la amenaza de raíz, las autoridades del gobierno ordenaron su expulsión del Colegio.

La noticia corrió rápido: los líderes estudiantiles quedaban fuera. El gobierno respiró tranquilo, sin dimensionar el alcance de lo que había provocado. La ciudad se volcó en apoyo de los exonerados. Hablaron maestros, académicos, obreros, políticos y comerciantes de izquierda.

Marcharon agrupaciones civiles y partidos políticos, mientras solapadamente otros tantos iniciaban gestiones.

En abril del 1911, tras las reiteradas labores del maestro nicolaita Romualdo  Quéchol, el Gobierno del Estado levantó el castigo y les concedió examen a título de suficiencia para que regularizaran sus estudios. La batalla ganada confirmó las convicciones de los estudiantes que lejos de moderarse radicalizaron sus principios, mientras su fama aumentó como la espuma.

Golpes políticos y otros no tanto

En 1911 grandes sectores del país se movilizaban para cambiar el rumbo de la política contingente. El punto de partida del fueron las declaraciones del presidente Díaz a un periodista estadounidense, en las que afirmaba que el pueblo mexicano ya estaba maduro para la democracia y no deseaba continuar en el poder. Ese mismo año Francisco Madero publicaba La Sucesión Presidencial en 1910, que se convirtió en el manifiesto político de la oposición.

Las clases medias, los campesinos y los obreros urbanos, marcharon. Entre sus consignas destacaba la oposición a la reelección de Díaz, a las costumbres aristocráticas y al afrancesamiento dominante, a la política económica del colonialismo capitalista y a la falta de libertades civiles bajo el régimen dictatorial. Desde el inicio del movimiento, que se consolidó en pocos días, los estudiantes lideraron las discusiones. El doctor José Siurob, ex-nicolaita, gozaba de la simpatía de los redactores de Flor de Loto y llegó a Morelia en agosto de 1911, encomendado por el Partido Liberal Progresista, para realizar propaganda en favor del candidato José María Pino Suárez. De inmediato algunos líderes de la revista signaron su apoyo, mientras otros luchaban por la candidatura del doctor Francisco Vázquez Gómez, amigo del doctor Miguel Silva, candidato popular al gobierno del estado.

La fecha para la elección gubernamental volvía incontenibles las pasiones políticas en el estado. Los nicolaitas, que ya constituían una respetable fuerza política, se declararon partidarios de la candidatura independiente del doctor Miguel Silva e inmediatamente el Colegio fue clausurado. El pretexto fue la actitud de los estudiantes, quienes meses antes habían exigido en forma “tumultuosa” la renuncia del entonces rector –enemigo político del doctor Silva y quien había prohibido cualquier manifestación política en los intramuros del plantel– y al no encontrar respuesta atacaron sus oficinas. El Prefecto de la ciudad, acompañado de un fuerte contingente de la policía llegaron para apoyar a la autoridad. Los estudiantes no se arredraron. El funcionario intentó penetrar en el edificio. El rechazo fue unánime y el golpe político al señor Prefecto fue acompañado de otros golpes bastante más contundentes. Representando el sentir de la multitud, el líder Isaac Arriaga propinó una sonora bofetada al incauto; mientras, José González Herrejón atacaba por la retaguardia y le marcaba las nalgas con un preciso puntapié. El señor Prefecto se retiró sin haber penetrado al Colegio.

Los héroes mitológicos

El sonoro triunfo de los estudiantes llegó a oídos de toda la ciudad, pero no solucionó el problema mayor: la sede del Colegio continuaba clausurada. Tras años sometidos a las presiones de la política contingente y a superar con ideas los entuertos propios de la actividad los estudiantes debatieron, acordaron y ejecutaron, y secundados por sus maestros establecieron en otro local su centro de cultura. Así nacía el San Nicolasito. Durante meses en él estudiaron los alumnos. El lugar era pequeño, y tras la fama lograda por los líderes estudiantiles y el siguiente intento de muchos por ingresar a la institución el espacio se estrechaba aun más. Así permanecieron alumnos y profesores, hasta que el gobierno triunfante del doctor Silva restableció las funciones del Colegio. Al reiniciarse los cursos, en enero de 1912, los recientes sucesos aún perduraban en la memoria de los alumnos del Colegio de San Nicolás. Atraídos por las circunstancias, nuevos alumnos ingresaron al plantel y al hacerlo encontraban comentarios, rumores y debates generados por la presencia de los míticos Héroes del San Nicolasito, que durante el poco tiempo que les dejaba Flor de Loto a veces bajaban a los patios y los demás los podían ver en persona.

Siguiendo el ejemplo inspirador de esa generación muchos se esforzaron, y eso acarreó las mejores plumas e intelectos durante muchos años. Los más jóvenes de la época se sintieron parte de un momento único y décadas más tarde así lo reprodujeron en sus memorias, añadiendo más historias a la ya rica mitología urbana de la ciudad. Así se estudió en 1912 en el Colegio San Nicolás de Morelia. Durante meses no se habló de otra cosa hasta que la Decena Trágica arribó para monopolizar otra vez la energía de los estudiantes. Otra batalla recién comenzaba.

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Por estos pasillos circulaban  Arriaga, Andrade, Calderón, Romero y otros a veces bajaban a los patios y los demás estudiantes podían ver a sus líderes en persona.

 

Isaac Arriaga

 

En vida, un defensor real de la libertad hoy, carne de estatua