La loca carrera de los “zapatos caros” por Toño Aguilera

Publicado en Perspectiva el jueves 19, enero, 2017

“El amor no basta”.

Sue Klebold, madre de Dylan Klebold, quien junto a Eric Harris asesinaron a personas en la escuela de secundaria de Columbine.

 

Han pasado casi dos décadas desde que Dylan Klebold y su amigo Eric Harris asesinaran a 13 personas en la escuela de secundaria de Columbine y luego se suicidaran. La razón oficial que los llevó a cometer el multihomicidio, en términos pedagógicos, fue el acoso escolar, lo cual era detonante de violencia. Desde entonces, el sistema educativo de los Estados Unidos ha cambiado. El acoso escolar es ahora una prioridad para los responsables de los centros y se han impulsado medidas y protocolos en todo el país para evitarlo. Se le identificó como Bullying.

Sin embargo, los asesinatos continuaron en ese país, y cada vez más graves y más violentos, y entonces ya no fue el acoso escolar la causa. Columbine fue la punta del iceberg:

 

Octubre 2, 2006. Charles Carl Roberts disparó en una escuela en Filadelfia, Pensilvania. Mató a cinco niñas y cinco personas más resultaron heridas. El atacante se suicidó luego de los hechos.

 

Abril 16, 2007. Un estudiante surcoreano abrió fuego y mató a 32 personas en el campus de Virginia Tech, en Blacksburg. Esta es la masacre más grande en una institución educativa registrada en Estados Unidos.

 

Febrero 14, 2008. Un joven ultimó a tiros a cinco personas en el campus de la Universidad del Norte de Illinois, en Michigan. Se suicidó luego del ataque.

 

Diciembre 14, 2012– Un hombre disparó en la escuela primaria Sandy Hook, en Connecticut, causando la muerte de 20 niños y 7 adultos. La madre del atacante trabajaba en la institución educativa. Esta es la segunda masacre más grande registrada en una escuela de Estados Unidos.

El debate en Estados Unidos se concentró en el control de armas. Cabe destacar que las peores matanzas en la historia de ese país, se registraron justamente en la presidencia de Barack Obama, el único presidente que no solo no fue apoyado por la poderosa Asociación Nacional del Rifle, sino que trató de boicotear su triunfo. Sin embargo, los alegatos de Obama y la muerte de tantos jóvenes y niños en Estados Unidos, han sido infructuosos.

En México todo esto parecía a la distancia, tan lejano y e irreal como una de las decenas de películas, documentales y canciones que se han basado en la masacre de Columbine, que es ya el símbolo de este tipo de crímenes.

Sin embargo, este 18 de enero de 2017, México despertó abruptamente de su adormidera:

8.52 de la mañana del miércoles . Un menor de 15 años entra en su salón, busca en su mochila una pistola y sin mediar palabra dispara a la joven maestra. Después dispara a tres alumnos más. Finalmente se dispara a sí mismo y muere. La maestra y los 3 alumnos se encuentran es estado muy grave. Se trata de la primera vez que en México ocurre algo parecido a lo que ya nos acostumbrados a ver en las escuelas del VECINO país del norte.

Según los múltiples reportes de los medios de comunicación, el menor atacante, Federico Guevara, tenía problemas psicológicos y sufría de depresión. Aquí pareciera que terminara el problema, es decir, plantear la posibilidad de que el atacante fuera un lobo solitario con problemas de depresión. Fue el mismo argumento que se manejó para explicar la virulencia de Dylan Klebold y Eric Harris, en Columbine.

No era un monstruo

Sin embargo, la madre de Klebold, Sue Klebold, tiene otra versión de esos hechos, que pueden ser aplicables al caso de Federico Guevara.

Tras la masacre en Columbine, la administración de Clinton se avocó a controles rigurosos, más de tipo policiaco: mochila segura (¿se les hace familiar?), arcos detectores de metales en escuelas, simulacros de cierre, creación de departamentos de psicología en las escuelas. Todo eso cambió en Estados Unidos. Lo que no parece haber cambiado es la percepción de que la culpa de que un adolescente mate a sus compañeros de clase es de sus padres, o mejor dicho, de la madre. “Una madre debería haberlo sabido”, reconoció Sue Klebold.

La madre del multihomicida de Columbine derrumbó el mito del joven víctima de bullying y maniaco depresivo: tras la tragedia, Sue Klebold afirmó que ella y su marido ignoraban que el adolescente que vivía bajo su techo estaba profundamente deprimido, que había comprado ilegalmente un arma y la había escondido en casa para preparar junto a su amigo Eric una masacre.

Durante años, ella también fue muy dura consigo misma. “La descripción más amable que los medios de comunicación hicieron de nosotros fue que éramos unos inútiles”, escribe en su libro titulado A mothers Reckoning (El juicio de una madre). “Según otras versiones, habíamos estado protegiendo a un racista odioso y habíamos preferido ignorar el arsenal que había construido en nuestro propio hogar, poniendo en peligro a toda la comunidad”, explica en ese libro.

Sin embargo, la sociedad nortemamericana no quiso abordar el tema de  fondo: el control de la venta legal de armas. Dylan Klebold y Eric Harris compraron armas en una tienda y las municiones en un K Mart a dos cuadras de la escuela.

Tras la masacre, explica en el libro, “pensaba que simplemente eran como mi hijo, que solo eran personas que, por algún motivo, tomaron una decisión horrible que los empujó hacia una situación terrible y desesperada. Cuando los informativos hablan sobre terroristas siempre pienso son los hijos de alguien”.

De Federico Guevara, los medios aún no retratan la versión de los padres. Las autoridades de Nuevo León los tienen resguardados a piedra y lodo, temerosos de la reacción violenta de la sociedad. Pero también para manejar un solo eje discursivo: su hijo estaba enfermo. Nada en el debate actual habla de la forma en que Federico obtuvo el arma con la cual atentó contra la vida de su maestra y compañeros. A él, con muerte cerebral, simplemente lo desconectaron. Les urgía enterrarlo, desaparecerlo de la memoria.

Al paso del tiempo, justamente a 18 años de los sucesos de Columbine, Sue Klebold, pide una reflexión más profunda sobre los motivos que llevan a los adolescentes a matar. Tras pasar los últimos 20 años reflexionando sobre este hecho y entrar en el mundo de la prevención de suicidios y de asesinatos con suicidio posterior, ha llegado a una conclusión que, de alguna manera, resulta más chocante que la noción de que ella fue una mala madre o Dylan era “malvado”. En su libro explica que daría la vida por recuperar “la de uno de los chicos que su hijo mató” pero no acepta la opinión generalizada de que su hijo era un monstruo. “Era un ser humano”.

 

Los hijos del odio

 

Sobre Federico Guevara se han escrito, publicado y dicho miles de cosas en las últimas horas: que si pertenecía a una secta de internet, que sí aceptó el reto de disparar a sus compañeros para pasar a la historia; que si había aceptado el sacrificio para poner el ejemplo, y un largo etcétera.

Lo cierto es que su crimen y su muerte puso en evidencia el submundo de las redes sociales: las cavernas de “trolls” de internet que hoy promueven hashtags como #MásMasacresEnMéxico y #SiCaigoYoCaenTodos.

Todos los medios de comunicación, y de manera masiva miles de mexicanos, se metieron de cabeza a un mundo paralelo de páginas, blogs, grupos de Facebook y twitter, que promueven mensajes machistas e incentivando la violencia.

Hasta el momento no existe una evidencia oficial que Federico Guevara pertenezca al grupo de internet llamado Legión Holk o 100tifikos. Todo son capturas de pantalla, links y demás tácticas de la viralización.

Lo que sí es posible observar, es que los miles de jóvenes que existen en esos grupos, están inmersos en una vorágine de mensajes y bombardeo mediático que los hace sentirse poderosos, y que quieren demostrarle a un país inmerso en el caos, la corrupción, la debilidad institucional y la falta de valores, que desde las laptos, de los celulares, de los videojuegos, pueden generar psicosis social, y lo están logrando.

En toda esta vorágine, una palabra ha cobrado mucha vigencia: Pumped Up Kicks, traducido como zapatos caros.

La frase pertenece a una pegajosa canción de la banda indie Foster the People, y que refiere indirectamente a la masacre de Columbine y también a todas las masacres escolares que ha tenido ese país y que ahora azotó trágicamente en México.

Con esa frase, se busca identificar a esos hijos predilectos del sistema: los hijos de familias pudientes o que disfrutan del bienestar social: zapatos de marca, ipads, juegos de video caros, juguetes nuevos, etc.

Sin embargo, en el caso de Federico, él también era un Pumped Up Kicks. El acto del niño de Monterrey es la expresión de una inconformidad en contra de la sociedad, pero desde el seno de la sociedad misma y del conformismo social. Lo más grave es que fue canalizado a través de un acto violento, incitado en una de las esquinas del mundo social: las redes sociales.

El crimen de Federico, llega en uno de los momentos más débiles que tenemos como nación, con una grave crisis de institucionalidad, de identidad social, de ausencia de valores, de corrupción generalizada, de inconformidad social.

Federico fue un instrumento de los intereses más oscuros, inescrutables e inentendibles que mueven la realidad de nuestro planeta: en Los Hombres que susurran a las máquinas, su último libro, el periodista español de investigación (o periodista topo) Antonio Salas, da cuenta del mundo de los hackers, de los trolls, de los boots, de los espías que trabajan para instituciones de seguridad e inteligencia de las grandes potencias, o de empresas, o de organizaciones de diversa índole.

El periodista refiere: “Mientras te sientes seguro en la intimidad de tu cuarto, o con tu teléfono móvil en el bolsillo, se producen un millón y medio de ataques informáticos al día. La mayoría de nuestros teléfonos y ordenadores ya están infectados. Los ladrones de vidas buscan suplantar tu identidad en redes sociales, acceder a tus fotos y vídeos, utilizar tu red wifi y tus correos para cometer delitos que la Policía te atribuirá a ti…”.

Internet desde hace años es el campo de una guerra, de la cual poco sabemos o no nos queremos dar cuenta, pero cobra sus víctimas, y como en el caso de Federico, tiene sus victimarios.