Nos quieren obligar a gobernar, ¡no caeremos en esa provocación!

Publicado en Perspectiva el martes 16, mayo, 2017

Esta consigna apareció en alguna pared de la Oaxaca insurrecta de 2006 y hoy, a nueve años de aquel asalto al cielo, la provocación sigue vigente. El próximo mes de junio se llevarán acabo elecciones para diputados federales y nueve gobernadores, tema que ha estado en la boca-teclado de muchas y muchos. Son dos las posturas en torno al tema electoral: la de aquellas y aquellos que creen que el voto sigue siendo una herramienta “ciudadana” con la cual se puede poner un alto al vórtice de violencia que se ha cobrado la vida de más de 80,000 mexicanas y mexicanos, sin olvidar la desaparición de los 43 normalistas de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa en el sureño estado de Guerrero; y la de aquellas y aquellos que creemos que el voto no es más que una forma de seguir sosteniendo un estado de las cosas que sólo beneficia tanto a la clase política como a la empresarial, alianza que no ha dudado en demostrar su desprecio hacia nosotras y nosotros los de a pie. Las ruedas de prensa dadas por el ex procurador Murillo Karam y las declaraciones de Roberto Servitje para quien “(…) se ha dado una dimensión mayor a la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa (…)” son la muestra de su desdén.

 

Bimbo_tiradero

La indignación ante el montaje de la PGR y lo dicho por el fundador de BIMBO ha desbordado las calles del país, dando paso a distintas propuestas organizativas tales como la asamblea interuniversitaria, la Constituyente Ciudadana-Popular y la Asamblea Popular en Ayotzinapa; espacios en los cuales se han reunido individuos, organizaciones y colectivos con el fin de discutir los pasos a seguir en la difícil senda que es la exigencia de justicia en un país que se desangra por esas venas abiertas que son las fosas comunes.

 

Poder y representación [El Congreso de la Unión, un salón de linda madera]

 

Ayotzinapa es una corriente que vino a remover el sedimento político que significó  Atenco, #Yosoy132, el asesinato de Francisco Kuykendall [por el impacto de una granada de humo de la policía federal aquél 1º de diciembre del 2012] y muchos más retazos de una memoria subversiva que se remonta a la segunda mitad del siglo XX, en la que el PRI empezaba a entrar en una crisis de representación y por ende echó a andar una maquinaria de represión para acallar a todo aquél que se manifestara en contra suya. Este brutal episodio de nuestra historia se conoce como la Guerra Sucia, en la cual mujeres y hombres que exigían reformas democráticas en un inicio, y que con el paso del tiempo algunas y algunos de ellos radicalizaran sus posiciones, fueron secuestrados, torturados y desaparecidos a manos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA). Hoy, a 55 años del asesinato de Rubén Jaramillo, del Consejo Nacional de Huelga (CNH), del asalto al Cuartel Madera en Chihuahua, de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez en Guerrero, de la colonia “Rubén Jaramillo” creada por el Güero Medrano y su gente en Morelos; las madres y padres de los estudiantes normalistas exigen la apertura de los cuarteles militares y se pronuncian por el boicot electoral, postura que ha puesto los puntos sobre la íes, ya que trae la crisis de la representación al centro del debate.

 

¿Qué tiene que ver la crisis de la representación con el voto? ¿De qué forma afecta esto al poder? Cuando el electorado asiste a las urnas para elegir a sus representantes deposita en ellos parte de su soberanía porque supone que será representado (se hablará en nombre suyo). Esto quiere decir que el presidente, los diputados y senadores, el jefe de gobierno, los gobernadores y demás puestos (poder judicial, secretarios, etc.) que derivan de las decisiones de los representantes cumplirán con lo que el pacto social dicta, es decir, están obligados por ley a ver por el bien común de la población. Es aquí en donde la representación se hace del poder, entendido como “(…) estar en situación de ejercer una acción sobre algo o alguien; no actuar o hacer sino estar en potencia, tener esa fuerza de hacer o actuar (…) una reserva de fuerza que no se gasta sino que se pone en estado de gastarse.” [Louis Marin en “Poder, representación e imagen”, en Prismas. Revista de historia intelectual, Nº 13] Será la representación la que modulará por medio de sus signos (Ley) al poder. Es decir, de forma simbólica esta fuerza se ejercerá en los sujetos de derecho (y obligaciones) constituidos por la soberanía, o sea sobre los “ciudadanos” (ejerzan o no puestos de elección popular) y es por medio de la ley que la representación se legitima. ¿Pero qué sucede cuando esa Ley no se aplica a todos por igual y el estado de derecho se ejerce en contra de aquellas y aquellos que no pertenecemos a lo que se ha denominado “clase política”, cuando las obligaciones predominan sobre los derechos? A los ojos de la mayoría la Ley y por ende la representación, dejan de ser legítimas y empiezan a ser cuestionadas de distintas formas. Cuando la ley y la representación son cuestionadas el poder se desborda y la fuerza se gasta (se rompe el orden simbólico y se entra al terreno de lo real), empezamos a ser sujetos de detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones forzadas, ya que es solamente por la fuerza, que no por el poder, que el régimen puede hacerse obedecer.

¿Cómo resolver esta crisis de representación? Como ya hemos mencionado párrafos arriba, existen dos vías: A) Un grupo de gente que se reúne en torno a cualquier partido político (PRI, PAN, PRD, PV, MC, MORENA, PANAL, HUMANISTA) y en consecuencia apuesta por el voto como vía para restituir la representación; B) Una constelación de individuos, colectivos y comunidades que desde nuestro caminar hemos comprendido que en la democracia liberal, a pesar del sujeto, el problema está en que la relación poder-representación ya no se juega en las “soberanías tradicionales” (ejecutivo y legislativo), sino que se desplazó al mercado, el sujeto de derecho devino en sujeto de consumo. En otras palabras, el Congreso de la Unión no es más que un salón con una linda madera en el cual ya no se juega esta relación.

Teniendo claro este desplazamiento y siendo conscientes de que el soberano es el mercado y no el político, lo cual significa que el interés privado prevalece sobre el interés común, el voto (cómo mecanismo instituyente de la representación) pierde toda utilidad. Esto, de manera irónica, nos lo confirmó la senadora Layda Sansores al romper su boleta en protesta a la muy cantada imposición de Eduardo Medina Mora como Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

 

Cheran reglamento

La vía partidista ha sabido sacar provecho de este desplazamiento y al parecer no le importa estar sometida al mercado. En cambio, hay varios colectivos y comunidades, la mayoría de ellas indígenas, que han optado por la autogestión y la autonomía con el objetivo de instituir otras representaciones y así modular el poder para que las leyes funcionen a los intereses de su población. Ejemplos de estos esfuerzos hay muchos: tenemos a las Juntas de Buen Gobierno del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y la comunidad purépecha de Cherán, que se gobierna por medio de sus concejos comunales y sin la presencia de los partidos políticos. En ambos casos los procesos fueron en un principio armados, ya que debían de contrarrestar la fuerza del Estado en colusión con el crimen organizado. En el momento en que lograron disminuir la amenaza exterior empezaron a generar mecanismos de representación que desbordaron a la democracia electoral, lo cual les está permitiendo generar autogestión desde la cual poder luchar por una autonomía que les permite resistir a un Estado que les ha declarado la guerra por medio del despojo.

El voto como síntoma

Yo he crecido en un ambiente urbano de características muy específicas (ya que existen urbanidades y no una urbanidad), el cual me ha llevado a pensar al voto como el síntoma de una falta de vínculos afectivos, que resulta en una imposibilidad de generar comunidad desde la cual se puedan construir otras formas de hacer una política sin intermediarios. Sin partidos políticos que nos vengan a prometer la “salvación de México” (López Obrador dixit) o “la oportunidad de ser el mejor profesor del gremio” (Peña Nieto dixit). ¿Cómo generar comunidad en una topografía de las individuales? Quizá sea apelando a una política de las afecciones, es decir, dejándonos afectar por el otro, sabiendo que en cada gesto (una sonrisa, un guiño, un beso) y en cada momento compartido (una fiesta, una charla), hay la posibilidad de vincularnos y así ser un nosotros habitando los mundos. Quizá también sea anulando cualquier programa y tecnicismo que nos impida desprofesionalizar a la política, para no caer en la provocación de gobernar.