Toma de la UMSNH: ¿estamos entendiendo bien el conflicto?

Publicado en Perspectiva el miércoles 19, octubre, 2016

Por Eduardo Andrés Pérez Arroyo

De vez en cuando en Michoacán sucede algo que hace que sus habitantes se dividan en bandos. Esta vez fue el proceso de toma y liberación de la Universidad Michoacana.

Estos son dos comentarios reales, extraídos de Facebook. Fueron publicados la noche del martes con pocos minutos de diferencia. Los autores, ambos, son profesionistas jóvenes, talentosos y asertivos. Ambos salieron de la Universidad Michoacana. Ambos afirman ubicarse en el polo progresista –digamos, un poco a la izquierda– en términos políticos; ambos, aseguran, aman a su universidad.

“El rector pide nuestra presencia en las instalaciones universitarias, para continuar honrando nuestra institución con nuestras actividades para lo que fue hecha y existe. Que nunca más que los bajos intereses se apoderen de nuestra casa de estudios. Hagámosles saber que la próxima vez les saldrá muy caro” dice uno de ellos, apuntando directamente a los que mantuvieron tomadas las instalaciones.

“Jóvenes indígenas que han sido sistemáticamente discriminados, que lo único que exigen es su derecho a estudiar, son excluidos una vez más; las autoridades nicolaitas en lugar de escuchar prefieren derribar puertas” dice el otro, exculpando por completo a los que cometieron los desmanes y apuntando a una estructura que los violenta y los abandona.

¿Quién tiene la razón? ¿Quién se equivoca en su diatriba? Ambos, y ese es el punto. Ambos están errados y ambos tienen razón.

Sucede que ambas posturas apuntan correctamente al tema de fondo, pero les falta eso, un poco de fondo. Una descalifica a los rechazados con frases que rayan en el totalitarismo (entendido como la adscripción total a un solo esquema de pensamiento); otra avala las evidentes faltas, cuando no delitos, bajo la óptica burda y trasnochada de la lucha emancipadora de víctimas inocentes contra un sistema opresor y burgués.

Lo dicho: ambos extremos aciertan, pero pecan de levedad. Se trata de un asunto demasiado vasto, demasiado amplio, demasiado inabordable para resumirlo en unas pocas líneas; difícilmente un solo gobierno podrá resolverlo de fondo. Sin embargo –y este es el tema–: parte de la solución es comenzar a entender las sutilezas, los detalles, la distinta escala de grises entre los dos extremos opuestos. Y eso implica, necesariamente, partir por entender que el tema no se debe reducir a un juego de malos contra buenos. Cuando Michoacán –sus políticos, sus maestros, sus artistas, sus intelectuales– entiendan que no se trata de un asunto de blancos y negros, que hay bemoles, un gran paso habremos dado.

Yerran quienes defienden a rajatabla a los jóvenes. No hay motivo para tolerar los robos, saqueos, ataques a morelianos de a pie y a la prensa, amenazas directas al rector y hasta la franca sandez de quienes desean entrar por la fuerza quitando espacios legítimos a quienes están mejor preparados o tienen más talento. Pero, y esto complica el tema, también yerran quienes piden las penas del infierno para ellos. Tampoco hay motivo para tolerar la endémica postergación de los sectores indígenas y campesinos de Michoacán y del país, mientras otras estructuras supuestamente al servicio del pueblo derrochan el erario a manos llenas.

Algunos sí entienden el tema de fondo. Así se explica, por ejemplo, la mesura del rector Medardo Serna, un hombre de ideas, cuando se opone a los termocéfalos que piden la represión policial sin más. De la misma manera se explica su energía a la hora de oponerse abiertamente a los ingenuos que defienden sin condiciones a los jóvenes que toman las instalaciones sin motivos racionales ni razonables.

El conflicto en la Michoacana es apenas un atisbo de un esquema de honduras mucho más profundas y compelas. Se trata, básicamente, de la añeja dicotomía entre tradición v/ modernidad. El tema ha sido tan estudiado que los antropólogos tienen una categorización para comprender estos polos opuestos: distinción emic, que es comprenderlo desde adentro (nosotros tomamos la universidad para hacer patente la injusticia de que no se nos entregue la formación que nos permite acceder a ella) y distinción ética, que es comprenderlo desde afuera (ellos toman la universidad porque son unos porros que no quieren someterse a los exámenes a los cuales nos sometemos todos). Sólo tras comprender ambas dimensiones se podrá, recién, tantear un atisbo de solución. Por lo pronto, esa es la tarea.