Un sablazo en las santas nalgas: las andanzas del padre Hilario Cavero en Morelia

Publicado en Perspectiva el miércoles 13, julio, 2016

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Los borrachos, que de borrachos confundían el agua con vino y guturaban en lenguas que sólo ellos eran capaces de definir, le adivinaban la sotana desde lejos y despertando de pronto  preparaban la cuchufleta. “Padrecito”, le decían, “véngase a consagrar este vinito”. Recién entrado al Puerco sin Cola –la cantina de Don Goyo, ubicada por los rumbos de la Calle del Mosaico y conocida por todo alcohólico sincero en la ciudad–, el padre Hilario Cavero no se arredraba.

“De la puerta hacia afuera soy un santo varón”, decía quitándose la capa. “De la puerta hacia adentro soy uno más de ustedes, jijos de su chingada, y ay de aquel gallo que quiera pelea que de inmediato salto yo a la gallera”. El argumento era inapelable: ningún gallo era capaz de parársele al iracundo.

En plena capilla de los Mártires de la Catedral de Morelia, en pleno centro de la ciudad o en los barrios de la Gachupina, del Pito Real o del Tropezón, en las cantinas más recónditas o en cualquier lugar bueno para batirse a balazos tenía sus rumbos el peleonero, dadivoso, popular, y bienamado padre Cavero, el terror de los herejes cuando estaba de buenas y muchísimo más si el pecador pertenecía también a la Logia del Aguilar Descalza o a cualquier otra en el mundo.

Hasta él llegaban los señorones. “Que acúsome de mis pecados, mi buen padrecito”. “Que cuáles serían esos”, preguntaba el padre, poniéndose la capa. “Pos los que usté ya sabe”, afirmaba el incauto, viejo conocido del eclesiástico. “Que me digas tus pecaditos o te vas mucho a la chingada”, torcía el padre. “Acúsome de ser masón”. “Tú serás puritito cabrón y malo”, sentenciaba don Hilario, dando fin la ceremonia y saliendo a los andurriales, con caricias a sus cartucheras. El tiempo era poco y la labor arreciaba.

En la ciudad todos conocían su característico fervor religioso, que lo llevaba a acometer con furia contra cualquier mal nacido que disparara contra los santos, y su gusto por lanzar cuentos, refranes y chistes picantes y de todos los sabores que provocaban el gozo de la clientela. También era conocido por su otro gusto: cargar dos cartucheras con todo y revólver cada una, para cuando la palabra no bastara.

Entonces la ciudad hervía de apóstatas, maromeros, herejes de todo tipo, delincuentes, criminales, ateos, bígamos, beodos irremediables y hasta de masones, quienes –éstos últimos– más urticaria provocaban al ya consabido mal genio del padrecito. Lo que tuviera solución eclesial, a la Capilla de los Mártires. Ora que si no se les hacía suficiente con eso de que son tan machitos, decía el padre quitándose la capa, a balazo limpio se limpian cuitas.

El entonces señor Arzobispo de Morelia, Monseñor Clemente de Jesús Munguía y Núñez, también sabía, y en concordancia con el ejemplo cristiano llamaba al buen rumbo al furibundo. “¿Es verdad que portas pistola?” “¡Y no una, sino dos!”, decía don Hilario. “Aquí las tiene usted por si se ofrece dispararlas”.  “Déjate de venganzas y pórtate como buen cristiano”, insistía el Arzobispo. Pero no: lo valiente, peleonero, lenguaraz y farrero no se le habría de quitar jamás. “Dame acá esa pistola y ahí te dejo la otra”, concluía el Arzobispo, sabedor por oficio de casos perdidos.

 

Los buenos, los malos, los masones

La inquina del padre Cavero hacia todo lo que oliera a logia venía de hacía tiempo, pero desde los días de la instauración de la sucursal moreliana del Benemérito Rito Nacional tenía mejor sustento. El 15 de marzo de 1859 se inauguraba la versión local del grupo y para ello se consiguió un espacio del Convento de San Francisco, sede que tras siglos de adoración al cielo era asaltado por hordas de herejes sin corazón.

Ese día, además, había partido mal, y en realidad habían partido mal la semana y la década completa. A las 11 de la mañana el H. Ayuntamiento de Morelia daba su aprobación oficial a la Ley de Matrimonio Civil; mientras, desde la Constitución de 1857 los liberales, con Benito Juárez a la cabeza –masón, por más señas– lograban reglamentos cívicos que disminuían el poder de la Iglesia y abrían paso a la laicismo en la educación y en otros asuntos.

Todo lo anterior había terminado por colmar la paciencia del buen don Hilario, y más aún cuando por esos días de 1859 presenciaba con pavor la llegada de nuevas y más radicales leyes civiles que, según sus impulsores, terminarían de completar la Constitución. La cosa ya es personal, pensaba: que así no se habrá cristiano que aguante y había que hacer algo, aunque sea para desquite.

Un único consuelo le quedaba al buen don Hilario: en esa misma Carta Magna había llegado el permiso de portar armas libremente. Y la ley es para respetarla, habrá decidido el curita, no decidido aún a cotizar revólver pero ya comenzando a tramar su venganza.

Las armas quedarían en suspenso. En cambio, el padre echó mano a sus conocidos tras miles de horas de aplanar las calles de la ciudad y poniéndose la capa proyectó el ataque con un grupo de cuidado, bonitamente compuesto por buenos: sacristanes, acólitos, hermanos y hermanas varios, estudiantes, cargadores, aguateros, mandaderos y un perro chihuahueño enemigo acérrimo de la incredulidad; y malos: hampones, malvivientes, mujeres de vida galante, ociosos, vagabundos y malentretenidos.

Entre pedradas, mentadas de madre y otros denuestos, arremetió la tromba. El Comandante de Infantería, don Amado Guzmán, tenía negocios con los masones y se enteró de la noticia. Al desembocar la tropa por la esquina del convento se encontraron de frente con el Comandante Guzmán y sus once pelotones. El desenlace fue rápido, y el propio curita y otros cuántos líderes  fueron a dar directo al cuartel.

Cuentan las crónicas que esa noche el sargento Guzmán honró su prosapia liberal y ordenó a sargentos, cabos y tenientes dar una buena madriza a los piadosos, reservándose él mismo el privilegio de marcar con un sablazo las consagradas nalgas del padre Cavero. Tras su humillante salida dedicóse el cura a expedir manifiestos, periódicos, cartas abiertas y versos satíricos en contra del hechor, hasta que el mismísimo Benito Juárez, previendo el conflicto con el clero, envió para siempre al Comandante Guzmán a Veracruz.

El padre había ganado la batalla. Sin embargo, los militares se retiraron pero sus aliados quedaron, y previendo el curita la clase de facinerosos que lo tomaron por enemigo comenzó a cotizar lo necesario en pleno Baratillo de San Juan de Dios y así, a módico precio, se hizo de dos caballos de Cumuato, cinco garrotes aztecas, cuatro dagas toledanas, un sable de caballería, un bóxer de acero, un bolo terracalenteño, un traje de charro y las ya consabidas pistolas que provocaban el espanto de su superior.

La concurrencia a los andurriales ocupaba tiempo y el padrecito volvía ya bien entrada la noche a la Catedral, pero eso le servía para practicar la prédica y a veces la puntería. Si se puede con esos facinerosos cómo no contra los masones, pensaba el sacerdote Cavero, y pistolas en mano ahí estaba otra vez, pugnando con el señor Arzobispo para que no le impidiera usar su carga. “Le aseguro a usted que acabandito de darle al primer masón que me provoque, las vendo”, argumentaba el buen don Hilario, poniéndose la capa y con honesta convicción.

Hasta el convento de San Francisco llegó una vez el querido padre Cavero, con el objetivo declarado de cazar a los masones del Benemérito Rito Nacional