El Paricutín y su tragedia de fuego y lava

Publicado en Michoacán el miércoles 6, julio, 2016

Uruapan, julio de 2016.-  Cada vez hay menos testigos de la erupción del volcán Parícutin. Menos en Caltzontzin. Menos en San Juan Nuevo. Menos en Santa Ana Zirosto. Menos en Angahuan. Los Hijos del Volcán, como los llamó alguien, que están ya en edad de morir. Pero sus descendientes directos mantienen vivo el recuerdo, como si fuera propio, del evento de lava y fuego de 1943, cuya irrupción se vivió de forma traumática.

Si bien no hubo personas calcinadas, aplastadas o arrasadas, a la manera de los desafortunados de Armero, en Colombia, en 1985; o de la mítica Pompeya que sucumbió al Vesubio en la primera centuria de la era cristiana, la salud y tierra de los lugareños sí sufrieron enorme daño, mientras que el hilo de sus historias se interrumpió en forma brusca, al grado que las comunidades enteras de San Juan Parangaricutiro y Parícutin, tuvieron que ser reubicadas a decenas de kilómetros, mientras que cientos de pobladores de asentamientos aledaños tuvieron que emigrar por propio píe en busca de mejores tierras y condiciones de vida, incluidos quienes enfilaron a los Estados Unidos de Norteamérica que para entonces emergía como gran potencia, con la Segunda Guerra Mundial en marcha.

Pero no todos emigraron tras la erupción, y los que lo hicieron no se fueron para siempre, pues ya que las tierras renovaron su promesa productiva regresaron, provocando roces abiertos y velados entre vecinos. Para la Procuraduría Agraria sin embargo, no hay litigio de tierras, pues cada uno de los núcleos agrarios, como Angahuan, Caltzontzin y San Juan Nuevo, reconocen sus linderos y, en todo caso, los conflictos presentados serían por otros factores ajenos a las tierras del coloso de fuego.

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LOS NÚMEROS DEL VOLCÁN

El Volcán de Parícutin nació el 20 de febrero de 1943, como fue asentado en su acta de nacimiento que de paso lo convirtió en el único volcán del mundo con semejante documento. Se atribuye a Dionisio Pulido, dueño de la parcela donde emergió la columna de gases y ceniza, el haber sido el primer testigo de este acontecimiento geológico que trastocó la vida cotidiana de miles de purépechas de mediados del siglo XX.

En la primera semana de actividad, el cono principal alcanzó una altura de 165 metros, y llegó a expulsar hasta dos mil 700 toneladas por minuto, que lo llevó a alcanzar una altura superior a los 400 metros. De hecho, las erupciones violentas iniciaron desde el primer día, y así continuaron hasta 1949 en que quedó inactivo por un tiempo, reactivándose posteriormente, hasta que en marzo de 1952 cesó su violencia, dejando una superficie cubierta estimada en 300 kilómetros cuadrados, que en principio quedó inservible para la agricultura, mientras que la ceniza, en realidad, se propagó por cientos de kilómetros, alcanzando incluso a la propia ciudad de México.

A la población de Parícutin se le trasladó en junio de 1943 a terrenos cedidos por el Ejido de Toreo, cerca de la estación ferroviaria “Caltzontzin”, a cinco kilómetros del centro de Uruapan; en tanto que Santa Ana Zirosto se le reubicó meses después a Nuevo Zirosto, mientras que en mayo de 1944 mediante un éxodo de tinte bíblico, los habitantes de San Juan Parangaricutiro, encabezados por la venerada imagen del Señor de los Milagros, salieron rumbo a las tierras de la ex hacienda Los Conejos, a 35 kilómetros, en donde fundaron el Nuevo San Juan Parangaricutiro, elevado a categoría de municipio en 1950. Además de estas poblaciones, también fueron afectadas de forma directa Zacán y Angahuan, aunque en realidad las cenizas oscurecieron el escenario de la sierra durante años, desplazando alrededor de tres mil personas de manera abrupta.

La vida silvestre por su cuenta, desapareció en los primeros días del suceso eruptivo, y se estima que más de cinco mil caballos, burros y reses murieron en las siguientes semanas.

SU ACTA DE NACIMIENTO

Se trata, ni más ni menos, del último volcán nacido en el mundo, el que además nació con hijo, en esa grieta secundaria de pronunciado tamaño, que ha despertado la imaginación de propios y extraños. De él quedó constancia firmada por el cabildo municipal que le concedió trato de bebé recién llegado. Una vez que Dionisio Pulido describió exaltado cómo reventó la tierra y salió de ella una columna de humo, ceniza y vapor, que después se convirtió en material incandescente, “una fogata que había resultado como a las 17 horas en la Joya denominada Cuitzyutziro”, el presidente municipal, Felipe Cuara Amezcua, citó de urgencia a los miembros de su gobierno para que observaran el lugar de los hechos, y a la mañana siguiente, con su cabildo en pleno, más Dionicio y el Jefe de Tenencia, Agustín Sánchez, levantaron el acta en la que hicieron constar, por si alguien tuviera duda, el nacimiento de un volcán, registrando que el testigo privilegiado había advertido horas antes “un fuerte temblor y estruendos en la tierra a lo que no hizo mucho caso”, pues desde cuando menos ocho días antes se había registrado la actividad sísmica, hasta que vino el humo y “largas lenguas de fuego, con fuertes humaredas y estruendos nunca oídos, por lo que presa del pánico más terrible, huyó” a contarlo a su pueblo. Seguidamente “se discutió el nombre correcto que deberá llevar el mencionado Volcán, y después de amplias deliberaciones y deseos de los pobladores de la región, por unanimidad se le denominó Volcán de Parícutin”, quedó consignado en el acta firmada y sellada.

TORPES PÁJAROS DE PLOMO

El escritor José Revueltas encapsuló en una bella crónica el estado de desolación que se propagó con la lava, los gases y las cenizas volcánicas, a la que tituló Un Sudario Negro sobre el Paisaje. Con la tinta en las palabras justas dio cuenta del estado de excepción de aquel momento.

“He visto los ojos de las gentes… y todos ellos tienen un terrible, siniestro y tristísimo color rojo. Parecen como ojos de gente perseguida, o como de gente que veló por noches interminables a un cadáver grande, espeso, material y lleno de extensiones. O como de gente que ha llorado tanto. Rojos, llenos de una rabia humilde, de una furia sin esperanza y sin enemigo… Sobre el paisaje ha caído la negra nieve. Sobre el paisaje y la semilla. Aquello es… un mundo solitario y acabado. Las casas están vacías y sin una voz… Tampoco hay pisada ya. Nada vivo… sino algunos torpes pájaros de plomo que vuelan con angustia y asombro, tropezando con las ramas del alto bosque funeral…”.

Por eso, Manuel Sosa Lázaro, investigador del Colegio de Michoacán y originario de Angahuan, sostiene, en entrevista, que no se puede reducir la experiencia del volcán al espectáculo, “al show y el festejo”, por lo que ha propuesto, sin resultados, que se celebren encuentros de tradición oral que permitan transmitir a las nuevas generaciones la vivencia de ese episodio histórico.

Miembro del Centro de Estudios Antropológicos del COLMICH, sintetiza: “el volcán fue sufrimiento, escasez de alimento y trabajo, que ligeramente se atenuó por la decidida participación del General Lázaro Cárdenas, quien ayudó en la reubicación de pueblos y hablando con el gobierno norteamericano para que diera facilidades para que la gente se fuera a trabajar allá”, y agrega que de alguna forma la nueva pequeña industria turística que nació entonces ha dejado beneficios.

QUE NO HAY PROBLEMA POR TIERRAS

Contra lo que expresan algunos comuneros de Angahuan y Caltzontzin, la Procuraduría Agraria, en voz de Sergio Amado Vidales, informa que el área del volcán está libre de reclamos, pues los linderos están bien definidos, con resoluciones presidenciales en regla y planos ejecutados, por lo que “jurídicamente no hay problema”. Asegura que la problemática registrada entre algunos comuneros deriva más por la disputa del turismo, recursos forestales o comercio, y no por la propiedad de la tierra. Asegura que una cierta inconformidad por el retorno de comuneros de San Juan y Caltzontzin, desde hace algunos años a sus viejas tierras, está resuelta porque ambos núcleos agrarios tienen reconocimiento en sus antiguas y nuevas posesiones.

Así, tras nueve años, 11 días y 10 horas de actividad eruptiva, aún continúan los efectos del volcán que no dejó víctimas a su alcance, pues la lava que escupió se deslizó con tal lentitud que dio margen incluso, a que se desarmaran las casas de madera y se evacuara a los pobladores y su tristeza. El volcán es, a estas alturas, un componente ineludible del paisaje natural y cultural del pueblo purépecha. (Martín Equihua)